Los días transcurren y la copa ya está en marcha. Los rusos no viven con efervescencia este torneo y en el silencio de un hostal universitario, ven como el anfitrión derrota, en San Petersburgo, por 2-0 a Nueva Zelanda.

En Kazán, algunos no tienen idea que Chile participa en la Confederaciones. De hecho, con suerte logran ubicar al país en el mapa. Aunque otros sonríen espontáneamente al escuchar ese nombre por su elevado nivel futbolístico.

Pero en realidad no me interesa enfocar la mirada en el campeonato preparatorio para el mundial.

Recorro el metro de la ciudad y después de ver algún aviso publicitario, me estremece observar una escena de la película “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin.

¿Alguna vez en Chile mostrarían algo así? ¿Será que para ellos ver a Chaplin es como para nosotros El Chavo del 8? ¿O tendrá algún otro contexto? Dentro de un país en donde decir comunismo o Stalin causa silencios incómodos, pero a la vez se ven estampados en poleras dentro de tiendas comerciales.

Y es que no se trataba de cualquier escena en la afamada película. El transporte público enfatizó en la toma donde Chaplin se transforma en un autómata que atornillaba y atornillaba la maquinaria, sin tener respiro, y finalmente colapsando.

En el país de Putin, supuesto “amigo” de Estados Unidos (como ahora dicen los rusos), mostraban a sus ciudadanos y extranjeros un filme sobre la explotación a la clase obrera por parte de la burguesía.

Y acá no hay vergüenza por el pasado como sí la hay en Italia, en donde no quieren destruir las edificaciones fascistas “para tenerlas presentes y no volver a repetir la historia”. Lenin surge entre estatuas como un verdadero héroe y palacios políticos con su rostro adornan las ciudades.

Comunismo en forma de helados -sí, helados soviéticos -, chapitas, poleras, monumentos y souvenirs es lo que queda de un legado que enorgullece a la nación.

Sin embargo, el legado de los soviéticos parece quedarse enquistado entre las paredes de las edificaciones, pues las generaciones jóvenes sin dudas ahora le rinden pleitesía al Kentucky Fried Chicken, la Coca-Cola, los celulares y a nuestra querida cultura selfie.

Pasan los días y comienzo a recorrer las calles de Kazan en las noches. La vida nocturna ofrece una gran variedad de bares y clubes donde pasar el corto periodo de oscuridad en el país, que ronda desde las 10.30 pm hasta las 2 am.

La bohemia chilena y la bohemia rusa

Los chilenos hacen acto de presencia en Kazán con sus particularidades clásicas. Bien portados en un comienzo, siendo cuidadosos con las reglas, silenciosos, analizando las situaciones y comportándose de forma correcta. Hasta que llega el alcohol.

Me encuentro en un bar cubano –especie de salsoteca para rusos– y acá conviven una decena de mexicanos y chilenos, quienes no quisieron salir de la zona de confort latina, al menos por una noche.

Los chilenos se apiñan y saludan afablemente para estar preparados ante cualquier ataque mexicano entre las rondas de tequila y “Cuba libre”.

Efectivamente, los mexicanos que llevaban más tiempo en el lugar, se adueñan del espacio y comienzan las provocaciones: “Chi-chi-chi-le-le-le en el mapa no se ven” eran alguno de los gritos que proferían los aztecas. En contrapartida los chilenos respondían haciendo alusión al 7-0 de la Copa América Centenario.

Las horas pasan y pocos rusos hacen presencia en el lugar. Ahora mexicanos y chilenos son amigos y cantan al unísono el “Cielito Lindo”. Se vive un ambiente ameno, algunos compatriotas se comienzan a retirar y otros conversan afablemente.

Pero cuando los mexicanos hacen abandono del recinto, la situación cambia radicalmente. Agarrando tintes en los que muchos vivimos cotidianamente.

Un grupo de camarógrafos y técnicos chilenos, de importantes canales nacionales, se apodera del lugar con un tono pedante al ser miembros acreditados para las competiciones.

Ya bien entrada la noche, los que se encuentran en el lugar están visiblemente borrachos. Y en este contexto, el chileno común y corriente entre su grupo de amigos, soltero (o sin importarle su pareja), hiperventilado( porque todo chiste es celebrado por el extranjero), adopta una actitud muy conocida.

Comienzan a aparecer machismos, acotaciones homofóbicas y explosiones de euforia, clásicos en los mundos barrísticos nacionales y alimentados no por una cultura como la de “Tiempos Modernos”, sino más bien del estilo de Kike Morandé.

[Lee también: Bitácora de un chileno en la Rusia de la Copa Confederaciones (parte 1)]

Nuevamente el espacio se transforma en un escenario de guerra. Un puñado de rusas son el objetivo de estos ilusos que tratan de llamar su atención, siendo lo más ruidosos posible, gritando a cada cinco minutos el “Ceacheí”, “¡hay que ponerla!” y molestándose entre ellos mismos.

Porque el ser chaquetero está presente incluso a miles de kilómetros de distancia. Cuando un chileno se acercaba a la mesa de alguna rusa, los amigos gritaban sin vergüenza: “anda a laar, negro camerunés”, “ojalá que la podái poner, mapuche culiao” o “mijita, no le haga caso porque este es maricón”. Siempre escudados en que nadie entendería.

Y cuando fallaban en sus intenciones de conquista, se volvían a reunir en la mesa. Para conversar, reírse y frecuentemente sacar a relucir los defectos de un amigo.

Pero les quedaba una última oportunidad para salvar la noche. Le rogaron al DJ que pusieran el tremendamente popular tema “Despacito”. Era la carta que les quedaba bajo la manga, la carta con la que muchos fácilmente pueden derretir a las rusas, embobadas con el calor latino y especialmente por la canción interpretada por Fonsi.

Y la música sonó, los camarógrafos y técnicos tuvieron su oportunidad, pero después de la última nota las rusas se volvieron a sentar, para después retirarse con sus acompañantes no chilenos.

Chilenos que seguían felices y desinhibidos por el efecto de “no estar en Chile”, pero que mascaban una rabia tremenda por no ser ellos los acompañantes de esas “Barbies” -como les llaman- que ni en sus sueños podrían alcanzar en territorio nacional, al menos que fuera pagando.

Finalmente terminaron concluyendo que la mejor opción sería ir a por las “Barbies” de paga. Pero otro día, porque ya eran las cinco de la mañana, el sol brillaba en plenitud y la borrachera era insostenible.

La noche nunca termina en Rusia, o quizá nunca empieza en el verano y entre los “beats” de sus fiestas al estilo Blondie, bailan en un ambiente amargo para el occidental. Pero no por la gente, sino porque la mente no logra asimilar que a las 4 am ya parece mediodía.

Son las 2 y media de la madrugada. Pago 3 mil pesos para entrar en un edificio construido antes de la Revolución de Octubre. Diversos galpones con distintos ambientes generan un clima de trance, para que los rusos bailen individualmente como les gusta: el frío pero sensible electro.

Vidrios rotos de los galpones y paredes a maltraer son el escenario perfecto para una música intensa y oscura.

Baños comunes, no hay diferencias de género en el lugar, pero no por un asunto de avances en temas de sexualidad, sino que la ilegalidad del evento no permite preocuparse por esos detalles.

Los rusos se me acercan junto a un colombiano, por nuestro aspecto latino y se comienzan a interesar. Directamente la conversación deriva en las drogas, las fiestas, el sexo y los estereotipos de cada país.

Sumergidos en elevadas dosis de alcohol, música y baile; la noche se les va, sin mayores novedades, sin borrachos desparramados en las calles, sin la clásica escena de la mujer acosada a la salida o la pelea entre ebrios descontrolados.

Llueve, sale el sol, vuelve a llover. Los días eternos de Kazán donde el fútbol se vive más elitizado que nunca. Al menos los chilenos -en su mayoría- gente de dinero, empresarios que no tienen problemas para viajar al otro lado del mundo y consumir a destajo.

Porque así se respira el fútbol en estas instancias de orden mundial. Con gente más preocupada de hacer la ola que ver el partido, de sacarse selfies con rusas para las redes, de ir vestidos a una gala, de consumir grandes cantidades de cerveza, comida, ropa y recuerdos.

Al fin, el deporte rey se transforma en la excusa perfecta para vivir todo tipo de experiencias y dejar para el final al fútbol.