La televisión, a diferencia de YouTube, ofrece un ritual. Ver TV es estar al tiempo de otro, es esperar un programa que empieza a un horario, que es bombardeado con publicidad y que no negocia sus contenidos. YouTube, por otro lado, nos libera y nos arroja a un mundo de contenidos infinitos, relaciones inimaginables e imágenes imposibles. Incluso, lo que aparece en TV reaparece en YouTube casi sin margen de retraso.

Así y todo, la TV no muere, y su supervivencia radica especialmente en el fútbol.

Un televisor es protagonista en los partidos de Chile. Marginales los que no ven un partido de la selección, o los que lo ven solos (que es lo mismo). Sin embargo, la tele se ha vestido con otro ropaje al ser bañada estas semanas por la política: debates, programas y franjas han empapado la televisión como nunca antes.

Uno podría imaginar lo que haría Pablo Larraín con todo este material: candidatos sentados en un cómodo sillón con Pedro Carcuro; enfrentados a encerronas morales en Aquí está Chile; acorralados por las mentes brillantes de Tolerancia Cero; desnudos ante sus aliados en los debates televisados.

La TV ha sufrido un paréntesis político que muchos miran en calidad de espectadores, donde la tesis según la cual todo ya es espectáculopalpita innegablemente. Sin embargo, habría que mirar estos diferentes espacios televisivos como oportunidades de hacer política en sí mismo, y no como meros fines encaminados a la elección primarias 2017. Lo anterior precisamente porque, aunque la TV se ha empapado de política, parece ser que la esta misma será la gran rival de la política. El mismo día de la elección, Chile podría disputar la final de la Copa Confederaciones, quizás el logro más importante que hayamos visto en la tele hasta ahora.

El asunto está en pensar cómo el uso de cada uno de los espacios ha sido pensado por los diferentes candidatos, cómo cada uno se ha hecho cargo de su discurso en relación con el medio donde aparecerán. Así es como mientras Piñera destacaba por aparecer con un misterioso reloj sport rojo gigante, Sánchez aparecía entre multitudes inacabables; mientras Ossandón confesaba saber nada, Mayol al día siguiente con Pedro Carcuro repitió infinitas veces yo sé”; mientras Kast presentó una franja rápida, juvenil y de laboratorio, Ossandón mostraba una imagen cruda de lo que la calle opinaba; mientras Mayol defendía un tren, Piñera miraba al resto desde su palacio de ex-presidente; mientras el Frente Amplio no se hacía daño en un mal llamado debate, Chile Vamos no hacía más que descuartizarse en otro mal llamado debate.

Piñera esta vez está en una posición similar a la de la Bachelet de la más reciente elección: no tiene que hacer nada para ganar. Lo que sí, se complica un poco el escenario cuando el pleito ya no es entre RN y UDI, sino entre él como representante de una vieja derecha, y otros dos adalides de una nueva derecha: por una parte Kast, el autodenominado campeón del liberalismo-conservador, espera que lo viejo muera para poder nacer; por otra parte, Ossandón apunta al caos, a la destrucción y al suicidio.

Ossandón me parece el caso más interesante. Mientras Piñera realiza una premonición aburrida y Kast ilumina una fantasía indeseable, el ex alcalde de Puente Alto sólo puede apuntar a la destrucción de lo político, a punta de desprestigiar aún más todo el aparato. La misión de Manuel José Ossandón es situarse en el podio de los honestos que apuntan las ruinas de lo que alguna vez fue la política. Su estrategia es apocalíptica, y con eso podemos entender como coherente que él nada sepa: sólo sabe que el fin de lo político ocurrirá, no tiene nada más por saber, porque todo saber de este mundo será inútil en el que viene. Es una especie de anarquista que profetiza el caos.

Por la otra mano, la alianza del futuro anticipa la política del después: si en algo coinciden las franjas de Mayol y Sánchez es en creer que en el futuro miraremos al pasado y pensaremos en lo equivocados que estábamos. Mientras Mayol es tratado como un autor de ciencia ficción, Sánchez es tratada como el rostro intransable del futuro. Ambos, sin embargo, se fortalecen con esas figuras, precisamente porque operan desde la posición de aquellos que vienen de un viaje al futuro. Y esa es la diferencia fundamental entre ellos y Ossandón: mientras el de derecha se arroga saber lo que pasará, los jóvenes izquierdistas nos dicen que ya vivimos ese futuro. Para la derecha hay algo por acontecer, para la izquierda algo que ya aconteció (y se llama 2006, 2011 ó 2045). Ante la figura del profeta de derecha, el viajero del tiempo de izquierda se asemeja al Doc de Volver al futuro o al Rick de Rick & Morty.

La TV, entonces, funciona de dos maneras: para la derecha como un libro que nos revela el futuro; para esta izquierda como un retrato del presente. Estas imágenes son intentos explícitos por congregar ojos, porque mientras más ojos, mayor el cultivo de votos. Y de eso se trata: la TV siendo usada para ciertos fines.

Pero pareciera que cuando la TV es usada para ciertos fines, más celosa se pone. Y con el fútbol no es celosa. El fútbol irrumpe quebrando la pantalla de la tele por dos: el fútbol no profetiza ni acelera un futuro hasta aquí. Los partidos de Chile son como el rayo que nos obliga a estar juntos, convirtiendo en una excusa lo que pase en la cancha. El fútbol no necesita mostrar nada para congregar todos los ojos. Por eso, la TV es el hábitat natural del fútbol y no de la política. Y ahí radica el error de volcar la política a la tele: el hábitat de la política no es la tele, es la calle, lugar donde profetas y viajeros del tiempo presentan una gran diferencia: mientras los primeros observan la calle como un desierto por superar, los segundos ven en la calle la pista por donde el DeLorean acelerará hasta el futuro.


La mirada de los comunes