La caja de resonancia amplifica o modula los sonidos de instrumentos musicales como el piano. Constanza Anabalón acierta en el título de su primera novela, porque la construye en base al encierro en un espacio pequeño, que es el de la familia, tocando sus cuerdas sensibles con un dolor y un amor que parecen tan sinceros que terminan por amplificar en nosotros los hechos en los cuales se basa, volviéndolos necesarios. Es un acierto, además, el diseño rizomático de Francisca Anaiz, quizás el más bello del catálogo de Calabaza del Diablo, que remite a las células y a los árboles genealógicos tanto como al efecto de la caja de resonancia, dibujados sobre la densidad del azul petróleo.

Fragmentada en escenas breves dentro de diecisiete capítulos y un epílogo, Caja de resonancia cuenta en desorden, entre los recuerdos y el presente, la agonía de la tía y de la madre de la protagonista, a la par de sus avatares como lesbiana egresada de sociología en Santiago. La novela se enmarca dentro de la mayoría de los estrenos juveniles, más cercanos al diario de vida que a la ficción, con una prosa liviana, coloquial, deseosa de hacerse la chistosa, efecto que logra en varias oportunidades.

La autora, la narradora y la protagonista son casi indistinguibles en estos proyectos, lo que arriesga momentos desafinados, sobre todo en los párrafos escritos en segunda persona singular, con una que otra frase en segunda plural, en esos guiños que se han naturalizado por la mensajería instantánea y los stand-up comedy. Los apartes a la manera del coro griego que Anabalón dirige al lector a veces incluyen el tarjado o el uso de mayúsculas, los cuales podrían haber interesado como propuesta estética en la medida en que la autora insistiera en ellos y los sometiera a tensión.

De pronto aparece el horror del golpe de Estado, sorpresivo y eficaz aquí, pese a la recurrencia generacional, y el piano que no vuelve a tocarse contextualiza a esta Caja de resonancia que sigue emitiendo sonidos desde aquel silencio. El eventual infantilismo se revela entonces como estrategia de contraste y, en los mejores momentos del relato, la protagonista pasa a ser menos consciente de las capas de humanidad que narra de lo que permite serlo al propio lector. Esto sucede cuando la socióloga deja de explicar los fenómenos, sofocando las posibilidades expresivas de los símbolos poderosos que ha elegido –particularmente conmovedor es el del chita para su padre– y permite a la narradora solo mostrarlos. La celebración de los viernes familiares es un logro entrañable de este tipo. Porque Caja de resonancia tiene el mérito, poco común en una primera novela, de narrar fluida y vívidamente, de persuadirnos de pasar las páginas sin detenernos. Cuando esta novela ceja en su deseo controlador, algo que la protagonista achaca a su propia madre, nos reímos y lloramos con ella.

Los capítulos terminan siempre en unos versos inquietantes que reordenan las contingencias de la trama. Uno tendería a pensar que son de la tía, dado que es suyo el epígrafe y Caja de resonancia, dedicado a ella, no escatima en citar los diarios que la protagonista encontró luego de su muerte. Desde el nombre de la tía, que comparte el segundo apellido con la autora, sabemos del eje biográfico de la novela y de la arbitrariedad de cambiárselo a los personajes en el contexto sociocultural específico que Anabalón sitúa bien, presentando a su protagonista, sobrina nieta de un ministro de Allende, como la “primera polola ABC1” de Dani. Nos encariñamos con cada uno de los personajes, gracias a la sensibilidad con que se nos muestran amados y apaleados, sentimos con ellos que cada abandono es la suma de los posteriores, necesarios para resistir el primero, y que el primero normalmente se lo hicieron a otra persona. Nos encariñamos con ellos pese a que sus prejuicios se hacen carne en la narración, enunciando conclusiones apresuradas, basadas en generalizaciones. Es esta sensación de que el bien y el mal están claros de antemano, aunque sea a modo de chiste, la que, creo, atenta contra la literatura, cuyo rol, si es que tiene alguno fuera de la expansión de las posibilidades del lenguaje, es justamente cuestionar esas categorías, narrar la gama de grises entre el negro y el blanco. Anabalón lo sabe, tal como sabe distinguir aun en el arrojo de contarlo todo sin pudor, lo narrable de lo inenarrable y así la muerte de su madre es la mayor elipsis del libro; Anabalón lo sabe y cuando titubea, logra una novela humana, demasiado humana.


Escritor