Un ingrato partido sufrió la selección chilena en la final de la Copa Confederaciones ante Alemania. Los primeros minutos de la Roja fueron promisorios. Con vértigo y agresividad, los nacionales comenzaron a bombardear la zaga alemana, que se mostraba frágil ante los desbordes de Alexis Sánchez y los embates de Arturo Vidal.

Sin embargo, un descuido de Marcelo Díaz -que improvisaba como en los tiempos de Sampaoli de líbero- lo mostró vulnerable ante dos delanteros que lo encontraron desprevenido. El volante perdió el balón en el área ante Timo Werner, quien cedió en la boca del arco a nuestra pesadilla ofensiva de esta Copa Confederaciones: Lars Stindl.

El duelo se ponía cuesta arriba y a Chile le costó volver a afirmarse en el terreno de juego. Perdió la pelota ante los germanos y su motor en el mediocampo, Marcelo Díaz, quedó totalmente fuera de foco. Tanto así que fue reemplazado por Leonardo Valencia en el complemento.

Las discusiones con el árbitro aletargaron el cotejo, sin embargo, los pupilos de Juan Antonio Pizzi se las ingeniaron para crearse situaciones. Pudieron lograr el empate, cuando Alexis fue bajado en el área y el balón le quedó a Arturo Vidal, quien la mandó a las nubes.

Macanudo desarmó su plantel en los últimos diez minutos: Sacó a Eduardo Vargas -de muy bajo partido- y sacrificó a Charles Aránguiz, para permitir el ingreso del debutante en este certamen, Angelo Sagal, y la espontaneidad de Edson Puch.

Estos dos protagonizaron una jugada deslumbrante. El iquiqueño llegó a la línea de fondo y para sorpresa de la zaga alemana sacó un exquisito pase atrás para su nuevo compañero en Pachuca, pero Sagal no estuvo fino y la mandó sobre el arco que custodiaba Ter Stegen.

Así la historia, un tiro libre de Sánchez pudo cambiarlo todo en los descuentos, pero ya estaba todo escrito y el portero del Barcelona la envió al córner. Chile perdió su primera final de las últimas tres disputadas en torneos oficiales FIFA y se queda con el segundo lugar en la Confederaciones, con la frente en alto.