Todo cae  por su propio peso, es una ley que se sostiene por la gravedad de las cosas. Por ejemplo, cosas que supuestamente nunca pasaron, y que por lo mismo no podíamos explicarnos. Como entender por qué nunca se investigaba a un senador  que recibía cheques de Aguas Andinas y que nadie del mismo sector saliera a solicitar una explicación. O lo mismo con un diputado que recibía dineros de una minera y el político de la vereda del frente –siempre presto a denunciar cualquier cosa- solo hacía una aparición tibia frente a las cámaras, para al final no decir nada, sólo distrayendo la adormecida opinión pública.

Debemos precisar algunas cosas, aunque nos insistan hasta el infinito, con la idea que derechas e izquierda son lo mismo: nunca serán lo mismo. Al sostener que las diferencias son de matices o derechamente no existen, se renuncia al hecho histórico de redituar categorías políticas que inspiraron todas las luchas reivindicativas el siglo recién pasado, asimismo se atenta contra todo el sustento teórico ideológico de partidos que al perder ese norte o comprarse ese discurso, se vaciaron y ese vacío lo llenaron con un pragmatismo irritante, que  sólo busca conservar el poder sea como sea.

Cuando las ideas no poseen un referente valido, en la tierra, en lo cotidiano, en la política y entre los ciudadanos, no son más que humo. Si nuestra sociedad está despojada de un examen de conciencia colectiva, podemos pedir una y otra vez inútilmente, que se nos reconozcan derechos. Pero todos los derechos se conquistaron por la fuerza, por disuasión, persuasión, por la comunidad organizada a fin de cuentas, nadie nunca, ni ahora ni en el futuro, regaló derechos gentilmente.  Para tener lo que tenemos, alguien dio una lucha ideológica;  como tampoco existen sin  ningún deber de por medio.

Como sociedad, perdimos el sentido de la vergüenza, nuestra derrota es moral. Todo lo que conseguimos, lo hacemos a partir de la soberbia, doblándole la mano a las instituciones, aprovechando el vacío legal, haciéndonos los listos, usando el poder del dinero o de los contactos que construimos. Pero claro, qué podemos esperar, si tuvimos un presidente que la hizo en unas cuantas pasadas, si tenemos un empresariado que la sabe hacer, si tenemos un sistema de leyes que ampara a aquellos la saben hacer. ¿Para qué desgastarse en buscar lo correcto?  Sí ese camino siempre es más largo… ¿para que tomarlo, si existe uno más corto?. Y esto es para toda la sociedad, no sólo para los políticos que son un pálido reflejo de la misma.

Entonces,  lo importante en política es no ser frontal y descarnado en decir las verdades pequeñas. Decir que tengo las manos limpias, decir que se tiene la conciencia tranquila por no haber esquilmado a nadie. Eso debe ser el piso mínimo,  para cualquiera que intenta dedicarse a lo público. Pero quizás, como durante más de un cuarto de siglo, lo que nos gobernó y gobierna son los valores de la medida de lo posible, la cocina entre los poderosos, las instituciones funcionan aunque no funcionen para todos, se explica por qué somos cómo somos.

Decir que no se gobernará para el empresariado, que se llevará a la cárcel la colusión, que se buscará la igualdad y la equidad, que no se gobernará con los mismos -menos con los que hayan tenido problemas con dinero y política- es lo mínimo para volver a comenzar.  Todo ello, implica crear un nuevo sistema de valores, una nueva ética una nueva moral, y sólo así, quizás, un nuevo ciudadano interesado en la cosa pública.

Pero hoy, todo lo anterior,  se debe decir bajito o en privado, pues las verdades a boca abierta son ofensivas; pueden despertar el anhelo de una comunidad que ha olvidado que lo que realmente necesitamos: Nuevas reglas del juego, nuevos jugadores que aunque se equivoquen y se acalambren, por lo menos mojarán la camiseta.


Director de la Escuela de Ciencia Política y Relaciones Internacionales e la Universidad Academia de Humanismo Cristiano