Al finalizar su campaña electoral Donald Trump firmó un Contrato con el Votante Americano, el que contenía 44 promesas para sus primeros 100 días de mandato. El énfasis de esta “firma” de contrato fue generar un vínculo directo con el votante, una forma de populismo que pone en solapada evidencia su voluntad de saltarse convenientemente la institucionalidad en nombre de su base de apoyo. Esos 100 días se cumplieron el pasado 25 de abril, por lo que resulta relevante realizar un primer balance de su administración.

Contradicciones y trampas del trumpismo

El “Presidente 45” ha sufrido bullados reveses, por ejemplo en su arremetida para desmantelar el ya precario sistema de salud pública que dejó Obama (el Obamacare), frenada en la Cámara de Representantes con votos de su propio Partido Republicano (aunque de su ala ultraderechista, que consideraba insuficiente la propuesta de desmantelamiento).O en los múltiples intentos por endurecer las leyes migratorias de modo abiertamente discriminatorio contra musulmanes y latinos, algunos de ellos revocados por las Cortes Supremas de los estados llamados “progresistas” como Washington, California y Vermont.

(El uso de la islamofobia y la latinofobia opera hoy sobre la base de un capitalismo racial profundamente instalado en Estados Unidos desde hace cuatro siglos. Este capitalismo racial ha sometido de manera sistemática a la población afroamericana, aunque estos últimos no sean hoy día el blanco principal y explícito de la ultraderecha norteamericana. Aun así, es evidente que el crecimiento de la violencia racista y xenófoba –por ejemplo ligada al Ku Klux Klan– se incrementó con la elección de Obama, originando tiempo después el movimiento Black Lives Matter –algo asi como “las vidas de los negros importan”–. Y hace solo un par de días la convención baptista del sur se negó a aprobar una resolución que condenaba la “supremacía blanca” y la ideología de la “derecha alternativa” o alt-right –quienes apoyan fervorosamente a Trump).

Hay tres aspectos en los cuales Trump ha ido en contradicción con sus propias declaraciones de campaña. El jefe del gabinete más multimillonario en la historia de los Estados Unidos se manifestó en reiteradas oportunidades contra la OTAN, considerándola ‘caduca’. Criticó duramente la incorporación de China en la Organización Mundial de Comercio, y reiteró frecuentemente que su administración no haría uso de la intervención militar en el exterior.

Al cabo de poco más de 100 días, Trump ha invadido Siria y se encuentra en una agresiva escalada contra Corea del Norte, ha ordenado un incremento de 4.000 soldados en Afganistán, mientras que mantiene la estrategia de desestabilización en Venezuela heredada desde los días de Condoleezza Rice y Hillary Clinton en el Departamento de Estado. Mientras tanto, pasó a considerar a China y a la OTAN como socios estratégicos de los Estados Unidos.

Es de suponer que esta actitud ambigua respecto de la OTAN es efecto del escándalo que sufre su administración a pocos días de comenzada, donde se acusa a su campaña de vínculos con los servicios secretos rusos. Desde la Guerra Fría pero aún hasta hoy, no hay mayor amenaza para el gringo promedio que la de los rusos, sinónimo de comunismo y de otras cosas horribles para la mentalidad yankee estándar. El affaire ruso ya ha costado la cabeza del director del FBI, y se espera que siga clarificándose sus alcances y ramificaciones. Una de éstas –las acusaciones de obstrucción a la justicia— podría tener consecuencias imprevistas. Como en un juego, pertinentemente ruso, de matryoshkas, cada evento parece incluir otro.

La administración Trump ha progresado (y mucho) en la eliminación de la supervigilancia para las policías locales, que de este modo pueden reprimir con mayor libertad las movilizaciones sociales. Asimismo, ha implementado medidas que buscan sembrar el terror entre los indocumentados, como la línea telefónica para la denuncia de crímenes de los “ilegales”.Con la virulencia ya habitual, hace pocos días se anunció un aumento en las barreras migratorias desde Cuba.

El gobierno ha lanzado también un decidido ataque a los sindicatos, buscando desmantelarlos y privarlos de legitimidad en base a la pseudo-ideología del “derecho al trabajo”: right-to-work, existente hoy día en 28 estados de la unión, y el que se encuentra supuestamente amenazado por las organizaciones sindicales.

Finalmente, se anunció una ‘histórica’ reforma tributaria hecha a la medida de los millonarios, prometiendo reducir impuestos a las empresas de un 35 a un 15%. En Estados Unidos las empresas pagan sus impuestos muy infrecuentemente, siendo la tasa real de recaudación del orden del 20%. El aporte al erario nacional de las empresas disminuiría aún más con la reducción propuesta.

¿Existe la oposición a Trump?

En este escenario, el Partido Demócrata ha demostrado no tener ningún interés en desplazarse hacia la izquierda para hacer frente al Trumpismo y al nacionalismo de ultraderecha. Al constante ninguneo hacia Bernie Sanders se suma el nulo apoyo prestado por el aparato partidario al candidato demócrata James Thompson (del ala ‘sanderista’) en las elecciones extraordinarias para representante (diputado) por Kansas. Desde el 2011 que este estado no tiene ningún representante demócrata.

Resulta sorprendente entonces que ni siquiera la posibilidad de torcer aquella constante motivó al mainstream demócrata a apoyar a Thompson. ¿Cuál es el “pecado”de Thompson? Utilizar lenguaje y programa populares, con contenidos de clase, reivindicando la calidad de vida, de trabajos y salarios de la familia obrera, sin distinción étnica ni racial.

Por su parte, y con escasas excepciones, la llamada “prensa liberal” (que incluye tanto a la centro derecha como a la centro-izquierda-muy-tirada-para-el-centro) ha sido notablemente incapaz no sólo de elaborar una crítica sólida y consecuente al gobierno de Trump: como si fueran un espejo del Presidente, los medios saltan de un tema a otro, incapaces de unir los puntos y de articular un relato. El mainstream liberal tampoco ha sido capaz de comprender lo que está pasando a nivel social.

En medio de lo que viene siendo una histórica desaprobación de un gobierno en sus primeros días, desde la multitudinaria Marcha del Día de la Mujer hasta las recientes manifestaciones “impuestos a los ricos” (Tax the Rich) la oposición se ha manifestado masivamente en distintas ciudades. Además, las últimas encuestas consideran que la población estadounidense ha disminuido sus expectativas de que Trump cumpla con sus promesas electorales, de un 62% a mediados de febrero a un 45% tres meses después.

Sin embargo, la ausencia de liderazgos independientes al Partido Demócrata y la maquinaria liberal y progresista, así como un foco excesivo en la figura de Trump, hacen que este descontento no encuentre traducción en alternativas de lucha más concretas y propositivas. En este escenario, el ala anti-neoliberal representada por Sanders tendrá que reevaluar sus posibilidades de ganar posiciones en el interior del Partido Demócrata y la escisión para conformar una plataforma autónoma de la izquierda toma fuerza.

No obstante lo anterior, el atentado al representante por el Partido Republicano del Estado de Louisiana, Steve Scalise, junto a otras cuatro personas, simboliza dramáticamente uno de los mayores logros de la lógica del Trumpismo. El intento de asesinato (mientras escribimos, no sabemos si Scalise sobrevivirá o no) llevado a cabo por quien supuestamente fuera un simpatizante de Sanders, es consecuencia directa de la propuesta política trumpista, en la que la lógica schmittiana amigo-enemigo alcanza su esplendor.

En los mitines que, durante la campaña de Trump, enloquecieron a unos y otros, hubo llamados directos a la violencia, así como actos de violencia. Ahora ese fervor ha devenido un laissez faire xenófobo y racista por parte de sus partidarios, quienes se ven legitimados por su chief commander para proferir discursos y llevar a cabo accionesracistas, xenófobas y homofóbicas que incluso en los años de Reagan hubiesen sido impensables. Lo sucedido con Scalise viene “del otro lado”, pero sigue su misma (i) racionalidad.

Algunas notas sobre el Trumpismo: espectáculo y política Twitter

Pareciera ser que, después de la debacle de noviembre pasado, en la que (casi) nadie esperaba un triunfo de Trump, persiste la incredulidad y el asombro: ¿cómo es posible que haya ganado? Por cierto, no faltan las explicaciones del porqué del triunfo de Trump (o de la derrota de Clinton). Muchas de ellas, probablemente acertadas hasta cierto punto, apuntan a la incapacidad de los demócratas, y de la prensa, y de las encuestas… en fin, de casi todos, para ver la realidad de una clase social en estado de descomposición y desesperación, y en consecuencia proclive a cualquier aventura populista que les prometa la salvación inmediata.

Se trata del antiguo proletariado devenido white trash, un apelativo histórico hacia las capas más bajas del proletariado blanco. Esta capa es la consecuencia directa de las políticas de desindustrialización y desregulación derivadas de más de 30 años de administración neoliberal.

De todos modos, lo que se pone en evidencia es la imposibilidad de incorporar esa realidad (que sin duda no somos nosotros los primeros en incorporar en el análisis) en la crítica política. Es como si se continuara viviendo en dos mundos separados entre los cuales no hay conexión ni diálogo posible. La prensa liberal ha reforzado esa línea divisoria.

La miopía no solo es peligrosa sino trumpiana. Porque no hay miopía más grande que retirarse del Acuerdo de París. Es cierto que, al hacerlo, Trump está cumpliendo una de las promesas de su campaña, pero es algo que no lo ha caracterizado. ¿Por qué entonces salirse de un acuerdo de por sí ya bastante timorato, y que incluso contaba con apoyo dentro de su círculo de influencias (como su Ministro de Relaciones Exteriores o los CEO de Exxon Mobil)? ¿Puro populismo, dado que no requiere de los votos de nadie? O, ¿realmente Trump se niega a creer que el calentamiento global es una realidad?

Sea cual sea la respuesta, y como escribió David Roberts al enterarse de la noticia, “mandar literalmente a la cresta a todos los países del mundo, probablemente causará algunos problemas en el mediano plazo”. El problema es que estos problemas pueden no tener vuelta; el problema es que puede llegar el momento en que los Alpes franceses, los Andes chilenos o las Rocallosas estadounidenses ya no blanqueen el horizonte…

El método de comunicación favorito de Trump ha seguido siendo Twitter. Sus exabruptos y tormentas twitteras (por ejemplo, en las horas más oscuras, o cuando se supone que está actuando en temas de seguridad interna, él escribe sobre la línea de ropa de su hija) han sido motivo de comentario, mofa y diversión constante. Pero en ello hay algo significativo, pues gobernar en 140 caracteres no es tarea fácil y sin duda requiere de un modo de razonamiento breve y simplista, de una lógica maniquea o simplemente inexistente, de una existencia profundamente narcisista.

El actual gobierno estadounidense pone de manifiesto que la política se ha transformado en espectáculo, en el que la brevedad no es sinónimo de síntesis sino de la incapacidad de juntar dos ideas, en el que los gestos y la pirotecnia ocultan (y no acompañan). Y de lo funcional que esto puede ser a los intereses de los poderosos.

Trump no es un ave rara en política. El que una estrella de reality show se haya convertido en presidente tampoco lo es. Quizá debiéramos invertir los términos y pensar en que las presidencias se han transformado en un reality show que hoy nos vende la democracia como otro espectáculo más, solo que un poco más elaborado y solemne. ¿Vamos a continuar permitiendo e incluso inflando dicha “sociedad del espectáculo”? ¿O tomaremos el camino de la participación y la transformación a través de la radicalización democrática?


Relaciones Internacionales de Nueva Democracia