Los últimos meses se ha hablado bastante de la jornada laboral y su posible reducción, provocando diversas discusiones sobre el tema desde diversas posiciones. Hasta ahora, la discusión se ha enfocado en el impacto de esta propuesta sobre productividad, inversión, empresas o empleo, pero poco y nada se ha hablado del gran impacto que puede tener en el bienestar de las personas debido a los efectos que tendría en la calidad de vida de las trabajadoras y trabajadores.

En la discusión de las 40 horas el debate técnico se ha centrado en discutir los costos para la empresa y consecuencias en indicadores de actividad económica, siendo que esto es solo una parte del análisis. La otra parte tiene que ver con la calidad de vida y bienestar, aspecto igualmente importante que no debe ser apartado de la discusión, sino que debe ser estudiado teóricamente y analizado técnicamente, para poder enfrentar seriamente esta propuesta. En este sentido, el tema central de esta columna son los posibles efectos de las 40 horas de jornada laboral en la calidad de vida.

En Gran Bretaña, a mediados del siglo XVIII, surgió el movimiento por la jornada reducida reivindicando la lucha por las penosas condiciones de trabajo de la revolución industrial. Una de las principales demandas fue la jornada laboral de 48 horas semanales, antes que fuera establecida por la OIT. Con la implementación de las 48 horas se comenzó a reconocer la necesidad de asegurar la salud y bienestar de los trabajadores, mostrándose que largas horas de trabajo afectan la eficiencia económica, tiene implicancias en el bienestar de los trabajadores y es incompatible con los estándares democráticos actuales. En América Latina esta demanda fue apoyada por muchas organizaciones de trabajadores hasta principios del siglo XX, cuando se comenzaron a aprobar las leyes laborales sobre reducción de la jornada laboral. En Chile se instaló en 1924 la jornada de 48 horas, manteniéndose vigente hasta 2005, cuando hubo un cambio a las actuales 45 horas, con el objetivo de crear empleos.

Muchos viven un día a día muy rutinario y monótono: levantarse temprano, entrar a trabajar al amanecer, salir tarde, volver de noche a su hogar y acostarse lo antes posible para repetir el mismo proceso, una y otra vez. Al pasar la semana, se van dando cuenta que el cansancio se va acumulando, la energía hace falta y las horas de sueño son cada vez más necesarias. Gran parte del tiempo se tiene que usar de una forma u otra para el trabajo, quedando muy poco tiempo para las demás responsabilidades, como por ejemplo tiempo necesario para compartir y desarrollar una vida familiar razonable, además de los quehaceres típicos de cualquier hogar. En otras palabras, luego de una larga y extenuante jornada de trabajo, con sueño y cansancio acumulado, hay que pasar al supermercado rápidamente, para llegar a casa teniendo muy poco tiempo para tareas domésticas, y así finalmente dormir para terminar repitiendo ciclo nuevamente.

Hace más de 80 años, cuando la mayoría de los trabajos pagados estaban ocupados por hombres, la OIT estableció el límite de horas de trabajo en una jornada de 48 horas semanales, basándose principalmente en evidencia que largas horas de trabajo son dañinas para la salud. Desde entonces la participación laboral femenina ha ido aumentando, acercándose al 50%, y casi la mitad de los ocupados adultos mantienen un trabajo mientras se hacen cargo del cuidado de niños o parientes de tercera edad. Sin embargo, todavía existe una gran desigualdad de género en estos temas, viéndose por ejemplo datos de la Encuesta de Trabajo y Calidad de Vida, donde se reporta que solo el 2% de los hombres tiene personas a su cargo como único cuidador, mientras que para las mujeres se alcanza el 18%. O que para el 37% de las mujeres una ausencia en su hogar significa tareas domésticas que quedan sin hacer. Además, hay evidencia de que las horas máximas que se pueden trabajar sin interferir con la salud son menores cuando hay que desarrollar trabajo doméstico. Si se usa una cantidad de tiempo significativa en labores domésticas o en cuidado de otros, se está imposibilitado de trabajar largas horas sin verse enfrentado a un trade-off entre salud y trabajo.

Dicho lo anterior, ¿no será tan larga la jornada laboral que pasamos la mayoría del tiempo en el trabajo? ¿Podemos disfrutar y compartir con la familia como nos gustaría? ¿Somos felices con este estilo de vida? ¿Trabajamos para vivir y desarrollarnos o vivimos para trabajar? El proyecto de ley que disminuye la Jornada Laboral a 40 horas presentado por la diputada Camila Vallejo, aspira a que los trabajadores y trabajadoras dediquen menos tiempo al horario laboral y lo ocupen en su vida familiar, quehaceres del hogar, ocio u otras actividades.

En ese sentido y viendo el contexto internacional, en muchos países se observa una clara tendencia por reducir gradualmente las horas de trabajo de 48 a 40 horas semanales. De los países OCDE, Chile es uno de los que presenta jornadas laborales más extensas, con un promedio de 1.987 horas trabajadas al año, en comparación con el promedio de la OCDE de 1.766 horas. Asimismo, no nos encontramos ni cerca de estar entre los países más productivos. Nuestro país presenta el triste registro de ser el segundo país menos productivo de la OCDE con menos de los US$30 de PIB por hora trabajada. El gráfico muestra la jornada laboral de países OCDE, donde Chile es el quinto con más horas semanales en promedio, destacando Brasil y EEUU con 39 horas, cerca del promedio de los países OCDE de 37 horas.

 

Nuestro país presenta una cultura organizacional que muchas veces se traduce en terminar trabajando más de la cuenta, producir menos por cada hora innecesaria, tener muy poco tiempo para la familia y el desarrollo personal, además de provocar un excesivo cansancio físico y mental. Según la Encuesta de Empleo, Trabajo, Salud y Calidad de vida (ENETS) un 20% de los trabajadores piensan en tareas domésticas o familiares cuando están en el trabajo y hay un 25% que casi nunca puede tomar vacaciones sin problemas. Todo esto termina causando un gran estrés en las personas que se ven muy sobrepasadas por el trabajo, sin tener tiempo para nada más y no pudiendo cumplir con sus responsabilidades domésticas ni sus vidas familiares. Según datos de la ENETS, un 35% de los trabajadores casi nunca pueden tomarse un día libre por motivos familiares sin problemas, un 20% tiene problemas para disfrutar su tiempo libre por problemas del trabajo, y un 14% está obligado casi siempre a trabajar más horas de las correspondientes. Además destaca la alarmante cifra de un 41% que dice terminar el trabajo tan cansado que solo quiere descansar. Con esto podemos ver que muchos trabajadores están obligados a trabajar largas horas, en detrimento tanto de su salud, como de sus familias y vida fuera del trabajo.

La regulación de la jornada laboral repercute en la protección de la salud física y mental de los trabajadores; la conciliación del trabajo y la vida personal, y los salarios. Trabajar durante prolongadas horas puede tener consecuencias negativas para la salud y el bienestar, principalmente debido al estrés de la interferencia con las funciones psicofisiológicas y la vida social. Como se muestra en un estudio de la OIT, las posibles consecuencias negativas de las horas de trabajo, en muchos casos, refleja un aumento de los niveles de fatiga en las personas afectadas, pudiendo llegar a ser un estado crónico. En otras palabras, una larga jornada laboral va a tener repercusiones en cómo se sienten las personas, su salud y en el desarrollo pleno de su vida cotidiana.

De esta forma, muchas horas de trabajo podrían tener un impacto negativo en el estado de salud (físico y mental) y estilo de vida, viéndose limitado el tiempo para compartir con la familia, quehaceres domésticos o desarrollo personal. Por ejemplo, en un informe se muestra que cerca del 20% de la población en edad de trabajar de los países OCDE sufren desórdenes mentales y problemas de salud. En el caso de Chile hay un 22% que reporta haberse sentido triste o deprimido en el último año (ENETS 2010). Además es interesante concentrarse en aquellos que dicen haber perdido el interés por las cosas que le gusta hacer, el trabajo, actividades extra-laborales o vida familiar, siendo un 62% los que dicen que esta falta de interés se relaciona con su trabajo. Y, lo que es muy preocupante, un 21% dice que el trabajo le provoca un permanente estado de tensión, alcanzando más del 50% cuando se incluyen los que responden algunas veces. Así podemos ver que una extensa jornada y largas horas de trabajo son factores fundamentales que aumentan el estrés en trabajadoras y trabajadores.

Cabe destacar que una mala salud mental tiene diversas consecuencias, como un desempeño laboral deficiente, alta ausencia por enfermedad y una disminución de la participación laboral, traduciéndose en considerables costos económicos para la sociedad. Una mala salud mental se puede traducir en enfermedades o problemas de salud, estrés, poca concentración, baja productividad, cansancio crónico o no poder conciliar el trabajo con responsabilidades domésticas, entre otros. Se ha estimado que este costo económico para la sociedad, provocado por una mala salud y sus consecuencias, alcanza alrededor del 3-4% del PIB de los países. Es decir, en muchos países se gasta alrededor del 3% del PIB en hacerse cargo de los problemas derivados de una mala salud. Y estos costos no solo están relacionados con el sistema de salud sino también afecta la economía, especialmente al mercado del trabajo y el Estado de Bienestar. Por un lado, los costos médicos directos son un tercio del total, mientras más de la mitad de los costos totales se relacionan con beneficios en bienestar, pérdida de empleos y disminuciones en productividad. Por otro lado, se genera un importante costo para el Estado, debido al gasto fiscal destinado a las consecuencias de esta situación.

Esto pone sobre la mesa varias recomendaciones que podemos considerar para la implementación de una estructura del trabajo diferente, que brinde mayor calidad de vida y no solo producción de riquezas. Hay literatura que sugiere que pueden surgir beneficios de tener horarios de trabajo más flexibles o jornadas más cortas. Una ventaja importante se produce por la disminución considerable del ausentismo y licencias por enfermedad, ya que facilita la combinación del trabajo remunerado con otras actividades, mejorando también la salud de los trabajadores, reduciendo el estrés y aumentando la satisfacción laboral. A largo plazo, para la empresa los ahorros en costos se producen cuando atrae mano de obra de mayor calidad, teniendo la capacidad de retener a dicha fuerza de trabajo motivada, fomentando la permanencia en la empresa, una menor rotación de empleados y una reducción de la cantidad de empleados con comportamientos disfuncionales, como ausentismo o licencias reiteradas, entre otros.

En el Informe de Calidad de Vida de la OCDE se plantea a los gobiernos que menos tiempo en el trabajo significa más tiempo en la familia. Y no solo esto, sino que además largas horas de trabajo causan diversas enfermedades mentales y aumentan la probabilidad de accidentes cerebrovasculares o enfermedades al corazón. En cuanto a equidad de género, el informe destaca que los hombres tendrían más tiempo de cuidar a los niños.

No podemos seguir sin considerar todas las recomendaciones y evidencia internacional. Es fundamental apuntar a un sistema donde se logre compatibilizar el tiempo de trabajo y la productividad, con mejores beneficios por este trabajo. Esto puede darnos luces sobre cambios relevantes sobre relaciones laborales y nuestra cultura de trabajo, lo que puede llevarnos a modelos que impulsen un avance conjunto hacia un país más desarrollado, con un nivel de vida que nos haga a todos más felices.

Con un proyecto como este se busca que trabajadores y trabajadoras experimenten aumentos reales y tangibles en su bienestar, gozando de una mejor calidad de vida y más tiempo para el desarrollo propio y familiar. Actualmente el trabajo consume gran parte del diario vivir de muchas personas, cumpliendo con una extensa jornada laboral como también con preocupación y responsabilidades que se extienden más allá del trabajo in situ, como responsabilidades domésticas o el cuidado de hijos o familiares.

Además, esta propuesta apuntaría a una mayor equidad de género. Actualmente, las mujeres son las que en mayor medida se hacen cargo del trabajo doméstico, siendo afectadas en mayor medida por jornadas agobiantes, llegando incluso a decidir no participar del mercado de trabajo. Reducir la jornada puede ser parte de una agenda de género que, por un lado, reduce el agobio y exigencias sobre las mujeres y, por otro, apunta a que el trabajo remunerado y no remunerado se reparta equitativamente entre hombres y mujeres.

La motivación de un proyecto como este no tiene que ver con una buena voluntad o medidas populistas, sino que se centra en mejorar la calidad de vida de los trabajadores como objetivo de una política pública. Como tal, esta propuesta presenta muchos posibles beneficios tanto en el plano individual como en el comunitario, alcanzando hasta niveles macro. Estos beneficios están relacionados con una mayor satisfacción laboral, mejor rendimiento en el trabajo, disminución de gasto fiscal en salud, conciliación de la vida familiar y trabajo, entre otras. Es relevante que en el debate público no solo se incluyan análisis de productividad y crecimiento, sino también calidad de vida, satisfacción laboral y efectos asociados.

Asegurar la salud de los trabajadores es uno de los principales objetivos de muchas propuestas de horas de trabajo y políticas laborales relacionadas, considerando que existe un límite razonable de horas de trabajo que ayuda a mantener la salud del trabajador y a su vez la capacidad productiva. Una jornada de 40 horas es un paso fundamental para mejorar las condiciones laborales y calidad de vida de las personas, teniendo un impacto real en el bienestar de trabajadoras y trabajadores. Una propuesta como esta representa una iniciativa socialmente deseable y económicamente eficiente, con claros beneficios. Más allá de estos aspectos, luchar por la calidad de vida de las personas es un fin en sí mismo. No es justo que tengamos que pasar la mayor parte del tiempo trabajando, sobre todo si eso no significa mayor productividad necesariamente. Menos tiempo en el trabajo podría significar más tiempo para el cuidado de niños y familia, para preocuparse por los ancianos y la comunidad, preocuparse del colegio de los hijos u organizar un partido de fútbol. Significaría más tiempo para crear redes dentro de la comunidad, para conocerse y ayudarse, apuntando a la reciprocidad y cooperación que debiese gobernar nuestra sociedad. Las personas merecen gozar del fruto de su trabajo, merecen estar con sus hijos, familiares y amigos. Por esto, disminuir las horas de trabajo y liberar tiempo para otras diversas actividades es un paso impostergable para mejorar la calidad de vida de las trabajadoras y trabajadores de Chile.


Estudiante Magíster en Ciencias Políticas