Soy trabajadora sexual, trabajadora del sexo, fulana, furcia, buscona, como nos llaman ahora. Aunque prefiero, abiertamente, que me llamen puta. Tiene esa palabra una mezcla de suplicio, historia, obituario y chacota; la sustancia y el atributo que me mantiene vertiginosa y vital. Al fin y al cabo, así es ahora la vida en Chile: dolor, burla y menosprecio. No hay término medio que conceda, siquiera, alguna reflexión para la lucidez. Hemos absorbido los días frecuentes hasta acerar la bayoneta apenas se muere la palabra para guillotinar, después del  pleito verbal al que nos hemos acostumbrado, aquellas carnes discrepantes con esa decencia forzosa que impone el capitalismo siniestro.

Las putas conocemos escondites, hediondez, desconsuelo y rabieta, amenaza y extinción. Si mencionara yo las de colegas que murieron en la lucha, con la espada desenfundada y el condón puesto, resurgidas en el último aliento frente al único enemigo público de este país que se incrementa inculto: nosotros mismos.

Las mujeres de la calle atesoramos ese famoso master para identificar perfiles pero no podemos ejercer en ninguna empresa por miedo a desmantelar su jerarquía eminente de  gerentes, directores, presidentes y toda esa mano de obra que nos toqueteó alguna vez. Somos eficaces en el servicio, variadas, extravagantes, exóticas y, de todos  modos, contenidas con los más decorosos. Y cerramos la boca. Siempre cerramos la boca con la conducta impávida, jamás denostada, que nos implantó la noche: la ética de abrirla sólo cuando haya que abrirla.

Si hay que lloriquear, se hará lejos de la zona de la faena. Cuanto más remotamente, mejor. Ojalá en algún confín, donde el sol del horizonte colorea de cítrico las anochecidas del puerto. En aquel lugar donde sólo habitan los de mirada lánguida, los desprovistos de querer y los famélicos de aceptación. En fin, los desheredados de este país excluyente, los que sobran; sí, esa fracción múltiple de semejantes en minoría: pobres, maricones, gordas, cojos, transexuales, ciegos, ancianos, mapuche, tuertos, tartamudos, sordos, calvos, narigones, lesbianas, orejones, negros, enanos, albinos, indígenas, discapacitados, inmigrantes, etc. Gente cuyo único mal, por lo visto, es la diferencia física palpable desde una percepción fascista o un comentario déspota, y reiteradamente institucional, que charchetea la dignidad trastocada en este cacho geográfico del planeta.

Conozco las madrigueras más inusitadas de Valparaíso, aquellas callejuelas revestidas de orín y caca y, de igual modo, abarrotadas de adversidad y riesgo. Conozco la zona más clandestina donde van a estallar los deseos sanos y algunos otros insalubres. Allí, en los escollos de la costa Barón, baja indulgente la erección veinteañera para desperdigar entre mis piernas ese ímpetu desmandado de espinillas y erupciones eróticas. Entonces, en medio de esa transacción de manoseos y chupeteos, pienso en mis hijos durmiendo su paz hasta que, en las horas posteriores, les zarandea la mañana con mis besos y cosquillas. De la quietud de su modorra me encargo yo con mi vigilia de tacón y cigarro, atareándome con estas ocurrencias poéticas de puta maltrecha que emergen desde mis especulaciones mentales mientras circulo por estas tinieblas. Y aquí me ven: cobrando para que toquen, para que muerdan, para que amen, desprecien, mientan y, de vez en cuando, contemplen, plácidos, el albor saliente de las casuchas jaspeadas en este puerto inmortal. Pero, por sobre todo, para que mis hijos, paridos con amor, persistan en él cuando se vayan a la cama tranquilos y yo me ofrezca nocturna con el contoneo perteneciente de mis glúteos rojos y la golosina edulcorada de mis pezones enfáticos.

Por estas travesías vigilo yo su sueño en alerta persistente. ¡Ay de quien se atreva a rastrear mis circunstancias! Una vez lo intentaron y volé por los aires disparando fuego cual dragona corpulenta, me lancé a la contienda como espadachines, hundiendo, brava, el estoque puntiagudo; tronchando cogotes fanáticos, deslizándome cerro arriba para abatir a aquellos tiranos que tantearon separar a los cachorros de su perra madre. Desde entonces, la fama de magnicida se extendió como se extienden los tabúes y la terquedad en un país tan ajustado como Chile. Ya sabemos que puta y criminal es una eficaz combinación para que no se aproximen los asustadizos de paraísos e infiernos con su palabrería cargante de purgatorio y vida eterna.

Que una puta reflexione, por lo visto es poco habitual, que una puta escriba, menos aún. Pareciera que, únicamente, soy la presa que vuela para caer en manos de quien muestra el billete. Soy el papeleo que con el viento se vuela para caer en cualquier esquina cagada; soy el secreto que todos conocen y del que nadie habla. Soy satanás bajo el mantel pulcro de la familia irreprochable, el despojo antihigiénico que ha de mantenerse aislado, la infección que sobrevive –tenaz- a cualquier antibiótico religioso, militar, presidencial o diabólico. Soy puta, sí, con todo su concepto. Soy cualquiera de los últimos tragos del bar de muerte, soy la que debe permanecer ilegal porque aquel dios negociante, por lo visto, ganó todas las batallas, incluso la de aquellos cerebros que pudieron legalizar, pero cayeron en el error de considerar las creencias místicas más importantes que la tolerancia, las aceptaciones y los derechos. Soy la borracha, la drogadicta, la mala madre, la deplorable hija, la sucia, la meretriz o la maraca vengativa. Pero las etiquetas me han dotado de astucia. Y sobrevivo. Sé cómo ignorar las ofensas, cómo caminar erguida delante del mazazo chismoso de la feria y el pueblo. Aprendí a cómo embaucar a machitos violentos, a cómo deshacerme de quienes insisten con los besos y algo de afecto. ¡No!, aquí la que trabaja soy yo, señores. No ellos. Y está contraindicado amar, de cualquier modo, amar. Las pautas son claras: moneda y entrada, nada más.

Soy contorsionista cuando he de subir y bajar rocas, culebra espabilada cuando hay que salir de los arbustos despeinados de este puerto mal vestido. Hay veces, que debo pelear como en el ring. Y, a falta de ovación, un conjunto de grillos y gaviotas es la comparsa a la paliza inacabable del macho inoportuno, al agarrón de mechas que me arrastra por el asfalto poroso de todas las madrugadas, la silenciosa lija que rasgará mis piernas cuando el bravucón jale colérico su secreta vida deslucida que comercia conmigo cada semana. Le conozco, siempre aparece representando al amoroso inicial de billetera hasta convertirlo en carnicero inconmovible que machaca mis presas, infatigablemente, con la chorrera de semen mutilado que contiene y toda la impunidad que la noche puta provee a este cliente potentado.

Mis hijos son hijos de todos los padres, incluyendo aquel que prometió el oro blanco en cada sortija regalada, en cada poema recitado; aquel hombre que me cazó frágil en ese convoy de ida y vuelta en mi búsqueda quinceañera de amor y siestas. Mis hijos pueden abrazar a cualquier criatura errante, a cualquier respetable administrador de ministerios y a muchos borrachos sin equilibrio en sus zapatos y en su dependencia, porque entre todos ellos, está su padre. Mis hijos son hijos de la puta que ocupa sus ratos libres leyendo novelas de misterio o analizando, afligida, las particularidades de esta patria incoherente. No fui tramposa para conseguir subirme al tren de las ofertas de las que tanto vociferaban los gobiernos perpetuos tras ese podium que los separa de las patas cojas que tienen las mesas de nuestra subsistencia callejera. Me fui acomodando, sin darme cuenta supongo, al misterioso y pacífico ronroneo de las olas que apalean estas rocas del muelle Barón al compás de mis tacos que, de igual modo, taladran mis memorias y mi popularidad.

Mi pobreza es hija de todas las administraciones y en cada documento me deslizo muerta de oficina en oficina. Administrar cadáveres sociales debe cansarles porque el entusiasmo por organizar sindicatos, legalizar servicios, controlar proxenetas y chequear infecciones, les dura lo que dura la reflexión desolada de un trago de vino. Mi dolor es hijo también de todos los desprecios, mis moretones y rasguños son hijos de todos los despechados. Y mis dolencias, los efectos secundarios de cualquier gobierno negligente.

Nací en un barrio donde se consagran las carencias, donde la luz y el agua potable dependen de la astucia del guacho. Me parieron en medio de ese hollín porteño que nos sentenció a ser rotos sucios de calle, limosna, vergüenza e incendios forestales. De madre muerta y de padre ausente. Fui testigo de la necesidad bulímica y padecí el hambre verdugo de los excluidos. Me hice joven de cama en cama, cabalgando sobre el erguido de turno en el colchón inmundo de la indigencia. De vez en cuando, disfruté mimos y falsas ofertas. Me corté las venas con la canción de amor para tontos que hoy contemplo con la distancia de los años, la obesidad ligada y la habilidad emocional de la ramera experta.

Ahora –pienso- las crías que he parido no tendrán que pasar por lo mismo ni sufrirán el acoso del desmayo ni el dolor de la guata infectada ni la expedición de bacterias propias de la toma. Desde que parí, he diseñado esta ruta inflexible hasta que se hagan mayores y yo pueda esbozar mi muerte en paz; mientras ellos se envalentonan para enfrentar a los enemigos de este país impulsivo. Mis dos hijos son el fulgor de mis piernas peregrinas, el fundamento de mis carnes a la venta, el destino de mis convenios de matriz depilada y la negación de mis besos a cualquiera; esa parte de mi cuerpo sólo vuela, determinante, hacia la risa sencilla de mis crías concebidas…

Mis niños duermen ya y he canturreado las nanas por toda la casa con la voz esponjosa de las cunas. No me alcanzan las horas del reloj para amar a este par de querubines ni la luz del día para distribuir las provisiones en los armarios. El día ha sido tranquilo: escuela, compras, aseo, tareas, un poco de juegos, retos y tele… Pero ya es medianoche y el reposo de mis cachorros, anuncia el inicio de mis andanzas. Un beso en cada frente y la frazada cubriendo sus hombros. Apagar la luz para que el perro entienda que me ha de acompañar hasta la puerta, echarse cauteloso con su respiro de centinela y custodiar la casa elemental que habita con recelo y patrulla de quiltro ambulante. Cierro la puerta con el corazón contraído y las piernas trémulas. Vuelvo la mirada tantas veces sea necesario, hasta perder de vista mi afable morada de puta madre, buenos hijos y perro leal y afortunado.

La brisa marina del Pacífico desmelena mi peinado y descoloca mi antifaz. El foco lunar ilumina tenue los recovecos impuros de mi permuta criticada, mis tacones emprenden su tic tac uniforme. Y yo, cansada o no, prolongo esta reventa genital hasta atrapar la mejor oferta que la noche del puerto me proponga.


Actor, director y dramaturgo teatral.