Mi Google Drive opera como una nube archivista de mi proceso transidentitario. Es un código computacional que funciona como un cuerpo virtual que, resguarda las imágenes y los textos que registran los cambios que me van ocurriendo en cada gesto artístico que intento articular para hacerme una posibilidad ante un flujo hegemónico, masculino y racista que, constantemente, detecto. Es una apropiación política al monopolio empresarial del ciberespacio.

Cada tránsito está ahí, esperándome para ser visto, escuchado, para compartirlo las veces que quiera. Entre nosotras traficamos los pdfs que no circulan en las mallas universitarias, porque el feminismo sigue siendo un saber negado, porque el feminismo emancipa, te abre los ojos, la piel, el ano.

Pienso la fragilidad de la tecnología de mi vida y la supuesta gratuidad de estos gigabytes y su formato como una posibilidad para relacionarme atemporalmente conmigo misma: con las imágenes del amor vegetal. Trabajo conmigo y una vida precaria de resistencia que se colectiviza cuando entre todas, desde diferentes posicionamientos e imaginación, cuestionamos la historia de este mundo masculino desde una inscripción que niega la inmovilidad de una episteme heteropatriarcal.

Google Drive almacena las imágenes de mis trasvestismos, de la pornografía que alguna vez preferí guardar conmigo para siempre, como una autobiografía donde otros cuerpos experimentan y materializan sus deseos y el placer desde una abyección. Ahí están los libros que escribí y estoy reescribiendo, los emails de amor y la búsqueda de un vínculo más profundo que la homosexualidad heteronormativa con Antonio, las ponencias que leí en algún museo, bar, universidad, en la parcela de Mila. 

Mi Google Drive somos todas las amigas que estamos cambiando y renunciando de un sistema capitalista que no deja la posibilidad de un afuera. Opera como una tecno-casa, un tecno-territorio, una metáfora que no es del todo mía: la metáfora del pueblo que falta o el pueblo sin patria que somos. Ahí están las últimas imágenes que fotografié de Santo Domingo, videos de amigxs artistas, fotos de conejos, memes.

Google Drive es una inseguridad semántica donde podrías existir, como un documento corpo-político que te conecte con la memoria de otras desde un ejercicio protésico. Voy hasta esa nube y me encuentro con una imagen de mi bisabuela, una fotografía que guardé por años para ahora preguntarle por su proceso de cambio de apellido, su incomodidad con la identidad, su ejercicio de ocultamiento de una memoria afrodominicana, por qué quiso dejar la historia del campo, del batey de donde seguro provenía para interrumpir con vocales y consonantes la narración de su apellido, irse a la capital, Santo Domingo. Jamás ya fue Pinales, ahora todos éramos Espinal: más bien mi madre, mis tías. ¿Por qué nos pesa tanto la negricia, nuestra afrodecendencia?

El Google Drive es una excusa para que mi proceso de transidentidad le pregunte en este texto a Juanita por mi relación con el campo, con el gagá, con el batey, en un diálogo trans-genealógico que me ayude a descubrir las violencias coloniales que construyeron esta pena morena, las omisiones y silenciamientos dentro de la familia heterosexual donde nací y crecí, los ejercicios de blanqueamiento que operaban en un espacio familiar disfuncional y machista, mientras veía el altar con las 21 divisiones, el Agua de Florida, las velas, la tortuga en el patio. 

Mi Google Drive me permite hablar con ella, desde un diálogo textual donde trato de buscar una metodología para comunicarme con mis muertos, con los espectros y las ánimas. Con la memoria de cierta reivindicación que me afecta. Google Drive podría ser, quizás, no lo sé, un lugar para que ejercicios tecno-decoloniales ocurran, donde la opción de “compartir” se entienda como una necesidad que expanda la leva de nuestras escrituras perras. Google Drive, ahora, fue mi excusa para escribir un texto.


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile