El ejercicio para interpretar los resultados de las primarias va a durar bastante tiempo. Como se sabe, en estas instancias electorales todos ganan, pero también todos pierden.  La procesión de los números y su proyección siempre va por dentro.

Habrá tiempo suficiente para que la Nueva Mayoría sufra su haraquiri, su conducta suicida que no les permitió ser actor de las primarias. Haber perdido la opción de ventilar a sus candidatos deberá tener un efecto en las elecciones decisivas. La Nueva Mayoría perdió por walkover

 En la derecha están de plácemes.

Eran felices con un millón de votos. Y llegaron a un millón y medio.

Chile es un país  que tiene una enfermedad cuya prueba son los resultados de las comunas populares en las cuales la derecha cala con su oferta de clase media para todos, mano dura que resuelve problemas, y la oferta de pagar por lo que en cualquier otro país sano es un derecho.

La cultura egoísta y deshumanizada que inauguró la dictadura pervive como símbolo del triunfo estratégico de la ultraderecha: se metió en el corazón de la gente pobre. De mucha de ella.

Los resultados del Frente Amplio, como era de prever, no son los que soñaron sus prohombres. Medio millón dijo uno de los candidatos y llegaron a un setenta por ciento de esa cifra.

Pero por sobre todo, no llegaron con su discurso y propuesta sino a los sectores acomodados de la capital: Santiago, Providencia, Ñuñoa, La Reina, son las comunas en las cuales tuvieron sus máximas votaciones.

Y a pesar del discurso dirigido al populacho, o quizás precisamente por lo mismo, en donde menos votación obtuvo, fue en las comunas más pobres.

Este síndrome se explica por la manera en que el Frente Amplio fue concebido.

Sin anclaje en la gente, sino en la soberbia de muchachos con ganas y tiempo de sobra. Sin vinculación con el pobrerío de nuevo tipo, sino por la vía de la oferta de un largo plazo. Sin ninguna capacidad de convocar a dirigentes sociales que valgan la pena. Utilizando malamente los colores y logotipìa del Movimiento No Más AFP.

Si la propuesta es superar el neoliberalismo, entonces se necesitan millones armados de una voluntad inextinguible. No del voluntarismo de unos pocos. Por muchos y valiosos pergaminos que tengan.

Cualquier construcción política que se proponga cambios de fondo, necesariamente deberá ser una que movilice a millones de voluntades.

Desde el punto de vista de los que han venido sufriendo sostenida y metódicamente la aplicación de la cultura neoliberal por medio de la vulneración de los derechos sociales como el eje central de su política, las elecciones deberían transformase, más que en un rito republicano, en una forma que adquiera la movilización.

En pocas palabras, la siguiente movilización de la gente afectada por una educación  y una salud de mierda, por el envenenamiento de las tierras y aguas en las que crían a sus niños, por el destino miserable de los viejos que jubilan, por tener que vivir de prestado para vestirse alimentarse y trasladarse, debe ser mediante votaciones que amenacen las vidas tranquiles de los actuales poderosos. Poco tan temible como la posibilidad de perder poder.

Alguna gente de izquierda tiene ojeriza respecto de los procesos eleccionarios. Creen que es posible largarse a la sierra con un Máuser al hombro. U organizar un Estado paralelo. Y estarán convencidos que las elecciones son una expresión de dominio de la burguesía o al menos, una condición pequeñoburguesa.

El voto popular, universal y directo fue un derecho ganado por el pueblo en años de lucha. Que si se lo apropió la derecha fue entre otras razones por las debilidades de la izquierda. La derecha prefiere los tanques y los aviones cuando los votos  se le ponen esquivos.

Con dificultades y errores, con aciertos y torpezas, los movimientos políticos  que sostienen una América Latina resistiendo al neoliberalismo fueron victoriosos en las urnas.

 Pero mucho antes, lo fueron alzando al pueblo, movilizándolo, dotándolo de consignas que hicieron de esas movilizaciones procesos seductores que implicaban millones de conciencias.   No fueron balas ni guerrillas. Fueron votos en los que se depositó decisión y esperanza.

Y he ahí que aún resisten Bolivia, Ecuador y Venezuela.

El Frente Amplio es un nuevo modo que adquiera la eterna tendencia de la izquierda, una parte de ella,  para errar. Es la compulsión que pasa por sobre lo que enseña la historia no más de ayer: que sin la gente no se llega lejos, por muy buenas intenciones que se tengan.

Que se trata de transformar la fuerza social que se despliega en cada proceso de protesta, desfiles y paros sectoriales, en fuerza política efectiva.

De manera que no se diluya en la nada como la energía que desplegó el movimiento estudiantil. Como se ha diluido todo movimiento que ha tocado techo sin saber lo que hay al otro lado de las marchas.

El Frente Amplio hizo esfuerzos notables para no parecer de izquierda. Y sus candidatos no regatearon críticas a baluartes morales e históricos que en América Latina y el mundo resultan incuestionables como ejemplos de coherencia y consecuencia. Cuba y Salvador Allende entre estos.

Esa semi izquierda apuntó a gente tibia que sobrevive en el límite de la Nueva Mayoría y el desencanto consuetudinario, permeada por el discurso anticomunista que intenta torcer la historia y que se oculta en la cultura dominante.

En estos tiempos terribles, ser de izquierda no es fácil. Hacer como si se fuera es mucho más cómodo.

Y ocultarse en el paternalismo que intenta reemplazar a la gentes es un recurso inútil, aun que da réditos si se mide en algunas cuotas de poder distribuidas entre los más allegados a la cocina.

Alguien no entendió nada.