Tal vez el Trabajo Social debe ser una de las disciplinas de las ciencias sociales más políticas y paradojalmente despolitizadas. Pareciera ser una contradicción, pero tiene su explicación en el desarrollo histórico del último medio siglo de su existencia en Chile.

En efecto, en el campo de las ciencias sociales, es una de las disciplinas de más larga trayectoria, esto a pesar que en el libro de Manuel Antonio Garretón “Las ciencias sociales en la trama del Chile actual”, ni siquiera aparece mencionada.

En 1925, en medio del clima de conflictos sociales y políticos, marcada por la crisis de la oligarquía y el parlamentarismo, en Chile se crea la primera Escuela de Servicio Social de América Latina, conocida con el nombre de Escuela Dr. Alejandro del Río. Por otro lado, recién en Chile, en el año 1950 y 1954 se abren las carreras de Sociología y Antropología respectivamente. Es decir, el inicio de la enseñanza formal del Trabajo Social en Chile y en América Latina, ocurre a más de un cuarto de siglo antes de la creación de estas dos carreras.

Si bien es cierto que en aquellos años, tenía una influencia filantrópica y cristiana, no es menos cierto que la base de la acción profesional, ya estaba sustentada por sólidos fundamentos científicos. Asimismo, las primeras profesionales, que provenían en su gran mayoría de los sectores de la oligárquica y de la burguesía, desarrollaron una acción profesional, con un claro sentido político, cuestionando implícita o explícitamente las causas estructurales de la desigualdad y la pobreza, como bien lo constata la historiadora chilena María Angélica Illanes.

El sentido político de la disciplina se vio fortalecido en la década del sesenta, con el llamado movimiento de Reconceptualización. En los años sesenta y principios del setenta, es un periodo de gran relevancia en la historia social y política de América Latina. Los sueños de cambios profundos en la sociedad latinoamericana y, en particular, los cambios en favor de los grupos marginales y oprimidos, parecían estar al alcance de la mano. En este escenario, las ciencias sociales levantaron importantes discusiones respecto de las condiciones que vive América Latina, lo cual queda plasmado en distintos debates intelectuales y producción  teórica, entre las cuales una de las más reconocidas es la Teoría de la Dependencia.

En este campo de debates y tensiones, el Trabajo Social no quedó al margen. En el ámbito universitario, tanto estudiantes como académicos abrieron un cuestionamiento respecto del rol y función que cumplía la universidad en la sociedad chilena, lo cual significó un intenso debate político e intelectual. En términos concretos, académicos, estudiantes y profesionales de diferentes campos institucionales, se insertaron en movimientos sociales y políticos, y muchas intervenciones se implementaron desde la comunidad y con un explícito contenido político. El avance y la ruptura teórica y práctica, se construyeron al calor de las luchas sociales y populares, como también estructuradas desde el Estado. Tanto en el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), como en la Unidad Popular con Salvador Allende Gossens (1970-1973), se impulsó la organización y participación social, bajo la consigna de “promoción popular” y “poder popular” respectivamente, donde el Trabajo Social tuvo un rol fundamental.

Con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, que se traduce en una dictadura cívico – militar de 17 años, el Trabajo Social sufrió un significativo retroceso respecto de todo aquello que se había logrado con el movimiento de Reconceptualización. Entre varios aspectos, esto se ve traducido en la reinstalación de una formación conservadora y moralista, que se sustenta en perspectivas que reproducen formas de intervención de carácter asistencialistas y tecnocráticas, las cuales se habían dado por superadas hasta antes del Golpe de Estado. Sobre todo, se impone la despolitización de la disciplinaria, la cual se traduce en un discurso y práctica tecnocrática, burocrática y una supuesta neutralidad axiológica y política, centrada en la intervención individual, lo cual será funcional a la nueva visión de mundo: el neoliberalismo.

Ya transcurrido más de medio siglo de lo que fue el movimientos de Reconceptualización y más de 40 años del Golpe de Estado, hoy podemos ver cómo el neoliberalismo ha permeabilizado todos los campos de la vida societal, y en consecuencia se ha constituido como una ideología hegemónica. En tal sentido, el Trabajo Social ha quedado relegado a una función instrumental, de control social e incluso de moralización de la vida cotidiana en ciertos ámbitos del ejercicio profesional. Esto es una expresión concreta de las lógicas más conservadoras que se robustecieron durante la dictadura, y que aún hoy no han sido superadas. La formación tecnocrática que domina gran parte de lo que ha sido este último medio siglo, sumado a una explosión en la oferta académica, con una evidente asimetría en los procesos de formación, han contribuido a consolidar y naturalizar esta idea de una profesión de la acción, sin considerar que en ese campo de acción hay intereses, contradicciones y conflictos que deben ser develados. Mientras menos se visibilicen los conflictos y contradicciones, más fácil resulta la dominación y la reproducción de la exclusión y desigualdad.

Así entonces, lo que hoy ocurre con el Trabajo Social invisibilizado como ciencia social crítica y praxiológica tiene que ver con la configuración de un campo ideo-político que le resulta funcional que las ciencias sociales sean apolíticas, deshistorizadas y acríticas. Y curiosamente, dentro del mismo campo de las ciencias sociales, se ha caído en este juego de poder, de ubicar unas ciencias por sobre otras, y no hacer las distinciones epistemológicas, praxiológicas y políticas que cada una cumple en la totalidad histórica.

¿Cómo se constata esta despolitización? Ya hemos dicho que con la dictadura, se intenciona la formación y práctica de un Trabajo Social neutro y tecnocrático. Esto se irá proyectando desde el campo ideológico al sentido común más puro, incluso en el mismo discurso de los y las profesionales. Hoy lo vemos expresado en las más diversas formas y discursos. Veamos cómo esto se presenta en dos casos de la cotidianidad:

En los años sesenta y setenta del siglo recién pasado, los estudiantes de Trabajo Social tenían una activa presencia en el campo político universitario. Centros de Estudiantes con una inserción política más allá del ámbito estudiantil. También con participación en las Federaciones de Estudiantes. Hoy son muy pocos los o las estudiantes de Trabajo Social que tienen cargos en las Federaciones. Y cuando integran alguna lista, ocupan mayoritariamente una vocalía o secretaría de bienestar social. Es decir, reproduciendo mecánicamente el discurso de una disciplina relacionada con la ayuda, la caridad y la neo filantropía. Como ejemplo,en ninguna de las dos listas que competían a la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Temuco, había presencia de estudiantes de Trabajo Social.

Segundo ejemplo: Hoy en la contienda política, leemos o escuchamos las presentaciones de precandidatos/a: la periodista Beatriz Sánchez, el periodista Alejandro Guillier, el técnico agrícola Manuel José Ossandón, etcétera. Pero no se escucha mencionar la Asistente Social Carolina Goic. Y cuando esto ocurre, es para subvalorar su candidatura, como ocurrió en el programa “En buen chileno” de Canal 13, cuando Sergio Melnick, le dice “yo he escuchado a mucha gente que te descalificaba por ser Asistente Social”. Y ella atina a decir que además tiene un máster en economía aplicada.

¿Por qué se ha invisibilizado su estatus político y científico del Trabajo Social? Los debates para responder esto son muy extensos y no menos controversiales. Pero sin duda uno de los puntos de partida tiene que ver con lo que durante la dictadura se construyó y se fortaleció durante lo que llevamos de los gobiernos de democracia pactada. Por supuesto que hay discusiones epistemológicas, que aumentan la controversia en el campo de las ciencias sociales y de la propia disciplina. Sin perjuicio de ello, estimamos que el Trabajo Social es una de las disciplinas de las ciencias sociales más políticas, porque su campo de acción tiene que ver con involucrarse dialécticamente en los espacios en que se vivencian cotidianamente la injusticia y desigualdad, y al mismo tiempo, se instala en el campo institucional, un campo de poder político y tecnocrático, que representa la estructura ideológica dominante.

Para el establishment, es peligroso que una disciplina que cotidianamente interactúa con sujetos, grupos y comunidades que viven en condiciones de exclusión, además asuma explícitamente su rol político. Los y las trabajadoras sociales a diario se relacionan con quienes son la materialización y la subjetividad de los abusos de las isapres, de las AFP, de la colusión de las farmacias, de los supermercados, del pollo, del papel higiénico, de la violencia machista, de la xenofobia, el racismo, etc.  Por ello, la clase dirigente no puede permitir una formación política de una profesión con estas facilidades de acceder y comunicarse con las “clases peligrosas”. La salida, o la estrategia es contrarrestar la raíz política y crítica, desde dentro de la disciplina, con un discurso apolítico, acrítico, y deshistorizado. Desde la década del ochenta, amparado en las reformas estructurales y mercantilizadoras del sistema educativo, se amplía la oferta de formación académica y se impone un currículo conservador y tecnocrático, que se ha diseminado peligrosamente en un tipo de Trabajo Social que yo he denominado neo-conservador, ecléctico y “apolítico”.

Esta profesión es probablemente la que más conocimientos tiene sobre problemáticas contingentes, e históricas, como la exclusión, la desigualdad social, cultural y política, representada por ejemplo en la violencia de género, la vulneración a los derechos de niños y niñas, los atropellos que vive el pueblo mapuche, etc. Pero no son trabajadores/as sociales a quienes se les invita a debatir en algún programa de radio, televisión, o algún medio escrito, porque tal vez desde el imaginario que han instalado la elites, esta disciplina es de la acción, no de la reflexión, no de la construcción de saberes. Y además, puede ser peligroso hablar desde la experiencia concreta y articulada con las concepciones filosóficas y teóricas. Parafraseando a Marx en la onceava tesis sobre Feuerbach, una disciplina que no solo describe o interpreta la realidad sino que además contribuye a su transformación.

En medio del debate que se instala en torno a la despenalización del aborto en las tres causales, la crisis del sistema de seguridad social (Isapres y AFP como caso paradigmático de esto), la protección al medio ambiente, la sobre –explotación de los recursos naturales, los derechos de los pueblos ancestrales, la violencia contra el pueblo mapuche, la violencia machista, entre otros tantos temas, el Trabajo Social no puede seguir siendo un simple espectador. En cada uno de los temas mencionados, y de tantos otros, esta disciplina no solo desarrolla una intervención que busca contribuir a mejorar las condiciones materiales y subjetivas cotidianas y concretas, sino que para ello, analiza, reflexiona, levanta nuevos conocimientos que se ponen a disposición de aquellas intervenciones. Pero muchas veces el poder se limita a mantener el estatus quo.

Hoy el Trabajo Social avanza en la recuperación de su estatus político, tanto al interior de las ciencias sociales, como en el contexto cotidiano, en que desarrolla su acción profesional.


Trabajador Social, Académico e Investigador