Se atribuye a los monjes medievales la famosa frase De gustibus et coloribus non est disputandum, algo así como sobre gustos y colores no hay disputas, o bien nuestro en gustos no hay nada escrito. Es claro que sobre gustos hay mucho escrito, pero el proverbio medieval refiere al asunto de un espacio privado en el gusto donde otro no te puede juzgar. Nadie puede juzgarme porque me guste el chocolate o prefiera a Messi por sobre los demás jugadores de fútbol (aunque este último caso es bastante sospechoso dados los últimos acontecimientos). Ese asunto remite a un espacio de privacidad que cierra todo tipo de discusión, de alianza y de producción de algo en común con otros, simplemente porque si no nos gusta algo compartido, ya nada más hay que discutir sobre ese asunto.

Hay otra manera de comprender el gusto, sin embargo, que no es tan privada. Gustos con los cuales nos formamos y constituimos, con los cuales nos reconocemos. Gustos públicos, con los cuales me identifico, formo alianzas con otros, me relaciono. Diremos que esos son gustos políticos, porque con ellos formo parte de la comunidad y no sólo formo alianzas con otros al compartirlos, sino que también niego relaciones al declararlos. Gustos con los que escribo mi manifiesto.

Este asunto de los gustos políticos ha cobrado relevancia de un tiempo a esta parte, sobre todo desde comienzos de este milenio, que como demuestra Rebecca Solnit en su brillante ensayo sobre el caminar, es un milenio que comenzó caminando: los pueblos volcados a las calles, caminaban juntos para demostrar sus alianzas y reprobar aquello que debió quedarse en el milenio pasado. Así es como el gusto produjo afinidades, y esas afinidades construyeron grandes amistades: hoy es difícil pensarse crítico del capitalismo, por ejemplo, sin considerar una crítica del patriarcado heterosexual, del especieísmo, de las políticas xenofóbicas, o del fascismo en general. Por cierto, a uno puede no gustarle eso, pero las alianzas son cuestiones públicas.

Y el asunto de fondo con el gusto en términos políticos tiene que ver de manera muy directa con esa producción de identidad. Hay producciones culturales que, si bien pudimos alguna vez usarlas como medio para identificarnos y relacionarnos con otros, ya no comunican eso que comunicaban. Que la banda que me gustaba cuando joven ahora es símbolo del fascismo, o la película que tanto disfrutaba con mi hermano ahora es ícono del maltrato hacia las mujeres es algo que encontramos cada día.

La violación de Marlon Brando a Maria Schneider en El último tango en Parísde Bernardo Bertolucci; la auto-felicitada violación de Alejandro Jodorowsky a Mara Lorenzo en El topo; el caso de violencia de género de Tea Time, voz de la banda Los Tetas, a su ex novia Valentina Henríquez. Son tres de los casos más destacados de este año, desde los cuales se ha configurado una pregunta existencial para los seguidores de Bertolucci, Jodorowsky y Tea Time: ¿me pueden gustar mis ídolos y seguir sosteniéndome públicamente de acuerdo a los valores que fomenta la comunidad de la que participo? O, puesto de otra manera, ¿tiene algo de malo que me guste la música, el cine o la producción cultural de alguien que se comporta de manera contraria a lo que creo?

En principio, la respuesta de los monjes medievales sería que no. Nada de malo hay en que te guste escuchar a Los Tetas, diría un monje, probablemente en latín. Pero ese gustares un gustar privado, por lo tanto irrelevante para la comunidad, irrelevante para fortalecer y formar alianzas con otros. Es precisamente por eso que utilizamos la expresión placeres culpables: son gustos que, si bien jamás reconocería en público, los gozo en privado (para mí mucho tiempo fue un placer culpable escuchar Miranda!, pero hoy es algo que reconozco con orgullo y publicidad, por ejemplo). Pero esos gustos sólo son relevantes cuando los comparto con otros, incluso podríamos decir que antes de eso son inexistentes, como inexistentes son los sueños que no recuerdo y no puedo relatar. Claro que uno puede no estar de acuerdo con esto y creer que puede vivir una vida solo, sin relaciones con otros, sin compartir, una vida alejada de la política, de las alianzas. Pero si uno ya cree eso, que todos los demás son sólo un invento de su propia mente o son obstáculos para lograr metas personales, ya habrá liberado a Atlas y no debería importarle el hecho que a otros sí le afecten sus malvados gustos.

Entonces, si uno cree que la vida con otros vale la pena y que la circunstancia de estar juntos nos permite la posibilidad de producir alianzas infinitas con esos otros, transando en gustos y comodidades, aprendiendo de experiencias y de estilos de vida ajenos, la destrucción de los ídolos sólo presenta un momento de decisión. Una decisión que es moral y política, no simplemente estética o cosa de gusto: se trata de tomar una decisión según la cual me relaciono con otros, de cierta manera, en relación, con cierto objeto, o no lo hago. Así, puedo seguir sosteniendo públicamente mi amor por Tea Time y Los Tetas musicalmente, pero debo asumir que ese gusto conlleva ciertas alianzas y rompe tales otras.

Refugiarme bajo el argumento de me gusta su obra, pero no lo que hacen, es no comprender que lo que decimos y hacemos en público produce repercusiones. Es por eso que nos reímos cuando Pinochet decía que le gustaba la música de Violeta Parra, pero no que fuera comunista; o cuando Piñera añade a Los Prisioneros a su playlist de favoritos, porque le gusta su fuerza al momento de plantear sus ideales: es porque no comprenden que la producción cultural manifiesta siempre una dimensión política, de alianza con otros. Quizás los millenials estamos sobre estimulados con eso, y el asunto de los parches en las mochilas o las discoteques identitarias como la Blondie (asunto que retrata muy bien Arelis Uribe en su libro de cuentos Quiltraspublicado por Libros de la Mujer Rota), pero es algo clave al momento de decidir sobre cómo nos producimos a nosotros mismos: puede gustarme la carne, pero decido ser vegetariano por decisión política; puede que el patriarcado me sea cómodo, pero decido ser feminista políticamente; puede que no haya nacido en dictadura, pero me declaro contra ella por razones políticas. Razones políticas, para aliarme con otros con los que comparto una creencia sobre el mundo.

Por eso, la cuestión relevante sobre el gusto es mirar nuestras prácticas actuales como comunidad y tomar la decisión de producir alianzas, o no. Es difícil querer mantener el mundo que me es cómodo y sencillo, porque la política se trata precisamente de cierta incomodidad, de aprender constantemente a vivir con otros y de cultivar nuevas relaciones con los que llegan. Uno de los críticos de la cultura más gravitantes del siglo XX, como es Theodor Adorno, escribía: Nada muestra mayor degradación que el tipo de ética o moral que sobrevive en la forma de ideas colectivas aún después de que el Espíritu del Mundo ha dejado de habitarlas. Esas ideas que ya abandonaron el mundo, que ya nadie las respeta y que no representan ninguna alianza (como bien puede ser la esclavitud de blancos por sobre negros, o el sometimiento de hombres por sobre mujeres), se llevan cuesta abajo todo un aparato cultural que las representa. Así es como la lograda estrofa de Los Tetas Esto va dirigido / A todas las muchachas / Que están allá fuera / Esperando cachade su obra Papi, dónde está el funk, ya no dice mucho sobre nuestro mundo.

Y claro, nos aterra pensar que algún día artistas de la talla de Los Prisioneros, o en un futuro más lejano aún, Javiera Mena o Pedropiedra, puedan ser considerados los íconos del fascismo internacional. Pero el día en que eso pase, ya no seremos parte del mundo, o simplemente dejarán de gustarnos. O bien, podemos mantenerlos como placeres culpables.


La mirada de los comunes