Llamar “bus de la libertad” a un bus que excluye, estigmatiza, y violenta, es inhumano y cruel. Es dar una nueva puñalada a todas las que han sido masacradas en la calle por la noche, por borrachos que se creen con el derecho de jugar con un cuerpo que les parece diferente.

Permitir el recorrido del “bus de la libertad” es dar un nuevo puñetazo a Canela Inbenjamín en el barrio Bellavista, es darle la razón a su agresor, ese que mientras le raspaba los brazos contra el cemento le gritaba “Te voy a matar maricón culiao. Si igual erís hombre”, y es recordarle a la misma Canela que otros brutos podrían leer el mensaje con que la golpearon para seguir alimentando la sed de venganza contra lo desconocido.

Permitir el “bus de la libertad” es volver a echar bencina sobre el rostro de Yeimi, la transexual asesinada en 2015 en La Pintana, es volver a encender el luto de su madre, esa que la tuvo que enterrar con sólo veintiséis años tras ser apuñalada en el tórax.

Permitir el “Bus de la libertad” es volver a planificar entre cuatro la masacre contra Vanessa en Viña del Mar, es obligarla de nuevo a sobrevivir en medio de palos y martillos.

Eso, ni más ni menos, es lo que provocaría la presencia de ese bus naranjo en las calles de Chile, esta tierra de conservadurismo, cartuchismo y cobardía acérrima.

Y cuando alguien te argumente que la micro debe andar, que debe pararse en las esquinas para enrostrar que “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” y que eso “no va a cambiar”, recuérdale las muertes y torturas que la población trans sufre cada noche bajo esos mismos argumentos, esta noche; cada mañana, la siguiente mañana, en cuartos solos, en recreos silentes tratando de salvarse de la violencia de un espectro social que sigue vendiendo el cuento de que puede decir lo que quiere cuando quiere, sin hacerse cargo de la ira y la sangre que provoca.

¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar que discursos de odio, hasta cuándo vamos a tener que soportar que pistolas cargadas contra las minorías y los discriminados, como el “bus de la libertad”, repartan municiones a los homofóbicos, a los ignorantes, a los mediocres que agreden y apuñalan a los diferentes cuando no le encuentran un sentido a sus vidas?

¿Hasta cuándo vamos a tener que escuchar el manoseado concepto de la “libertad de expresión” para tolerar que barbaridades como las de ese bus lleguen a Chile con el único objetivo de alimentar la furia de asesinos que permanecen escondidos a la espera de una luz que les indique que sí, que ahora es el momento para atacar al más indefenso?

No hueón, para eso no es la libertad de expresión, no te queda, decir esas palabras no le corresponde a tu boca, porque la libertad de expresión nada tiene que ver con el permiso a maltratar a otros, a torturar a niños y niñas que tienen que esconderse, que tienen que sentirse humillados haciéndose un examen para que el país los nombre como quieren que los nombren, como Luis, como María, como Dilan.

No hueón, no es libertad de expresión la tortura de pasear un bus con municiones para que se plante frente a un colegio donde le hacen bullying a una niña trans, y la niña tenga que leer que “si naces hombre, eres hombre” y que “si eres mujer, seguirás siéndolo”.

Esa tortura no la puede permitir un Estado que garantiza los derechos humanos de un niño, porque permitir que se pasee por la calles de Santiago un bus que no es más que un bullying motorizado es violar la sensibilidad, la siquis y la protección de un niño que puede terminar golpeado, golpeada por animales azuzados por una pura frase venida desde España.

¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar la insoportable victimización de estos grupos de violencia, la misma victimización que hizo ganar a Donald Trump, la misma victimización que lleva a José Antonio Kast a decir que vivimos en una dictadura gay, la misma que usa el Pastor Soto para llevar a televisión la voz de los más ignorantes y violentos?

No hueón, no son víctimas. Si el sentido común los ataca cuando dicen barbaridades, cuando inventan que un niño crece más sano cuando tiene un papá y una mamá, cuando arguyen que vamos a perder una guerra si el ejército es de homosexuales, cuando usan a sus propios hijos para validar su debilidad al no poder ver a una pareja lesbiana besándose, es porque el progreso de la historia, de la humanidad y de la ciencia tiene más sentido que el temor a lo distinto, el rechazo al de otros colores, el asco al escándalo de una mujer con manos de hombre. Y para eso no es la libertad de expresión.

Hace unas semanas el país se escandalizó con el pisoteo del Pastor Soto de la bandera de la diversidad sexual. Y a los reaccionarios de la dignidad ese acto los chocó, porque sus valores, los del odio, la transfobia y la misoginia, se mostraron de la manera más burda y ordinaria.

Pero la presidenta de la UDI y los evangélicos, los mismos evangélicos que vetaron a Soto por poco sutil, los mismos que usan el mismo argumento del “bus de la libertad” para rechazar la “ideología de género”, por más que ahora no aparezcan de choferes de ese bus, actúan día a día de la misma manera que la organización CitizenGo y el Pastor Soto; no pisando banderas ni echándole bencina a un bus casi criminal, sino declarando contra la Ley de Identidad de Género, y votando cada vez que pueden en contra de cualquier avance que reconozca lo innegable, que hay personas que nacen con genitales que no corresponden a su género.

No, ni un paso más a un bus que de libertad no tiene nada, ni una chance a un bus que avanza revictimizando a violentados, disparando ignorancia, muerte, estigmatización y patadas en la espalda, en la cara, en el alma, a quienes se sienten diferentes.


Director Noesnalaferia