La Argentina dirigida por Mauricio Macri -líder de Cambiemos, empresario y fiel representante de la oligarquía latinoamericana- no despega. Las promesas de campaña, que anunciaban recorte de la inflación, liberalización de la compra de dólares y crecimiento económico, no se están cumpliendo.

“Los bonos internacionales del país se cuentan entre los de peor desempeño en los mercados emergentes en las últimas tres semanas, el peso sigue bajando a niveles record (…) tal vez lo peor es que el país fracasó en el intento de recuperar la categoría de mercado emergente el mes pasado, lo cual lo dejó en el nivel de ‘frontera’ junto con países como Mauricio, Sri Lanka y Kazajistán”, advierte Bloomberg.

Siempre dentro de los limitados parámetros financieros, el gobierno de Macri decidió emitir un bono de deuda nominado en dólares con vencimiento en el año 2117, esto es, a cien años plazo. No es que sea la primera deuda contraída por el actual gobierno derechista de Argentina en el año y medio que llevan gobernando. “Desde su asunción, el nuevo gobierno emitió deuda por 46 mil millones de dólares sin tomar en cuenta las emisiones de las provincias ni aquellas realizadas en moneda nacional. Así que es el país que más deuda emitió seguido, muy por detrás, por Arabia Saudita. Tomando todas las emisiones, el endeudamiento araña los 100 mil millones de dólares desde diciembre de 2015”, recuerda Página/12.

Endeudamiento público y privado, inflación galopante, bajas tasas de crecimiento económico, ajuste y despidos en el sector público, además de alza de tarifas de servicios básicos como agua, luz, transporte, y una profunda cesantía encubierta por la informalidad del trabajo son el contexto social detrás de las cifras macroeconómicas.

No es de extrañar, entonces, la sustancial diferencia simbólica entre los dos actos llevados a cabo en el día de la bandera protagonizados por Mauricio Macri, por un lado y Cristina Kirchner, por el otro. En el primero, el presidente realiza un discurso de 6 minutos del cual no termina de trascender ninguna de las palabras expuestas. Más bien resalta la imagen: personeros de gobierno, ministros y policía militarizada cortando las calles de Buenos Aires en un perímetro pensando para que nadie se acerque al mandatario. Tal como se desarrolló el acto, pareciera que la policía militarizada estaba demás: la presencia popular fue nula. Nadie se acercó a escuchar el acto de Macri.

En cambio, en el acto de Sarandí donde se dio el “vamos” al nuevo conglomerado Unidad Ciudadana, se vio un estadio lleno con miles de adherentes que fueron a escuchar el primer acto público de Cristina. Además de los clásicos movimientos del peronismo kirchnerista organizado, como Miles, Cámpora, Kolina o Evita, asistieron una cantidad considerable de ciudadanos de a pie, buscando manifestar su apoyo a la ex presidenta y al mismo tiempo su rechazo al actual gobierno. En el acto, la puesta de escena buscó posicionar a Cristina como una ciudadana más. La plataforma desde la cual habló estaba en medio de la multitud, sin dirigentes ni banderas. Ella fue la única oradora, resaltando al argentino común y el sufrimiento por la pérdida de políticas sociales y poder de compra debido al ajuste económico ejecutado por la derecha. Rodeada de ciudadanos comunes que iban dando su testimonio, Cristina manifestó que volverá a la política para contrarrestar el programa de Macri. “Por eso creo que esta Unidad Ciudadana tiene que representar las voces, los intereses, las necesidades, todos los problemas que tiene la sociedad”, manifestó en el encuentro.

Uno de los aspectos emblemáticos del acto fue que Cristina no manifestó en el momento cómo volvería a la política. Si como candidata a Senadora o Presidenta. Y es que este año habrá elecciones parciales del Parlamento, elección que es percibida como el primer testeo político del gobierno de Macri. Lo que allí suceda condicionará los restantes años de administración macrista, pudiendo marcar un retorno del kirchnerismo al gobierno o de continuidad de la derecha en la administración del ejecutivo.

Días después, se supo que Cristina se jugará una lista parlamentaria como Senadora, siendo cabeza de lista de la misma. Una jugada arriesgada que, analizando los nombres de la lista propuesta, pareciera inaugurar una nueva forma de concebir las alianzas políticas al interior del conglomerado kirchnerista, marcado por el sello del sectarismo en la última fase de la administración anterior. Esta nueva concepción apuesta por ampliar la base partidaria, abarcando a todos aquellos que pudieran compartir un proyecto común con el kirchnerismo pero que no necesariamente se identifican con esa “base social” que, alineados tras banderas y consignas, siguen las directrices emanadas desde arriba como órdenes de batalla.