En Chile aún no hemos asumido que el neoliberalismo no es algo externo a nosotros, sino parte de nuestra racionalidad y emocionalidad o, en otras palabras, que el neoliberalismo se hizo carne en nosotros.

Éste no es solamente una teoría económica, ni únicamente un proyecto político, sino además una Weltsicht, una manera de aprehender el mundo, de significarlo y de legitimarlo.

Principios neoliberales como “libertad de elegir”,” lo privado es mejor” y “consumir me hace feliz”, forman parte de nuestra doxa. Ideas tales como “la gratuidad es para los pobres”, “la calidad se define por el precio” y el “éxito se basa en la acumulación de bienes materiales”, aunque sea por medio de prácticas corruptas, rigen nuestra vida. No estamos fuera de ellas. La concepción de que la sociedad no es una comunidad solidaria sino una jungla ha sido internalizada, así como el mito del jaguar económico del país “más rico” de América Latina ha nutrido nuestro ego nacional.

Además hemos naturalizado la noción de que la presidencia es un gobierno gerencial regido por la eficiencia económica y no por la búsqueda del bien común. De hecho, es interesante notar cómo en todos los debates presidenciales la pregunta periodística reiterada fue: ¿cómo financiará tal o cual medida? En cambio, la pregunta “¿para quiénes, para qué y en función de qué valores morales se financiará?”, reinaba por su ausencia. La idea del bien común, de “nación”, la referencia a una idea de “comunidad imaginada”, no apareció como interrogante, salvo para discutir el conflicto limítrofe con Bolivia, aunque entonces para favorecer una noción hiper nacionalista.

La baja convocatoria del Frente Amplio en las elecciones primarias pasadas no solamente se explica por esto, sino también por la emocionalidad de la resignación y del desencanto, producto del fallido gobierno de la “Nueva Mayoría” (NM). Un fracaso político que fue ocasionado tanto por la oposición férrea de la Democracia Cristiana y de la derecha, como por dubitaciones internas, auto traiciones y torpezas hechas regla.

Una pregunta legítima ante este escenario sería: ¿Por qué un grupo de “aparecidos juveniles” podría conquistar aquello que ni siquiera logró la coalición con mayoría en el parlamento y que contaba con la otrora mayor líder política Michelle Bachelet? El hecho que el histórico partido opositor al “modelo” como es el PC se haya plegado a la NM junto a la figura símbolo del movimiento estudiantil, Camila Vallejo, para transformarse en un actor político casi invisible, contribuye a aquella sensación de decepción y apatía.

Pero consideremos otro factor más político, un poderoso dispositivo nacido en el marco del Chile de la (post)transición, al que podríamos llamar el dispositivo de la política emocional. Un dispositivo según el cual la construcción por la hegemonía política se rige primariamente por categorías emocionales. Por lo tanto, la calidad de un político se define esencialmente a través de nociones como “empatía”, “confianza”, “cercanía”, “simpatía”, “sintonía”, “carisma”, prevaleciendo “atributos” personales por sobre la discusión razonada de ideas. Por ello, el principal capital del político emocional reside en ser un “rostro”, no en debatir; consiste en declarar “ideas fuerza” o lemas ambiguos (“la fiesta del cambio”, “así queremos Chile”, “gobernar con la gente”), no en proponer proyectos o acaso nuevos modelos de sociedad.

En el marco del acontecer político cotidiano, aquel dispositivo prioriza el impacto emocional por sobre el contenido: si un político da un argumento fundado, “critica duramente” o, ante cualquier disenso de ideas, “responde molesto” u “ofendido”. Asimismo, le otorga preminencia a lo sensacional en detrimento de lo intelectual (como lo referido a pensar, a reflexionar la realidad). Por ello, las fórmulas discursivas centrales suelen restringirse a “no politicemos el debate” y a declaraciones ambiguas como “esto es malo para el país”.

No es de extrañar que la tecnología del dispositivo emocional no es el debate político televisivo, ni la discusión parlamentaria, ni la asamblea, ni la entrevista periodística, ni el discurso político, sino la encuesta. Aquella constituye el barómetro emocional a través del cual el político reajusta su discurso según los efectos producidos. La figura símbolo de esa política fue y es Bachelet, la política-madre que pierde hegemonía justamente por un factor emocional, pues cae simbólicamente por traicionar la “confianza” (por “favorecer” a su hijo por sobre todos nosotros, los otros “hijos”). La política emocional entendida como “no-política”, es, en tanto dispositivo de absoluta supremacía, uno de los factores que explica la baja convocatoria generada por el FA, y más específicamente por Mayol. La política emocional, con sus discursos, reglas y valores reprime todo aquello que esté fuera de ella. Cualquiera que actúe “políticamente” tal como Mayol, resulta incomprensible, hasta tenebroso.

El carácter emocional de la no-política nacional se comprueba acaso ejemplarmente en el cataclismo histérico que produjo la declamación de una sola frase. “Vamos a poner una retroexcavadora, porque aquí hay que destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal de la dictadura”, expresó algo torpemente Jaime Quintana, senador del PPD el 25 de marzo de 2014 al diario El Mercurio. Aquellas palabras, probablemente de las más políticas de la transición chilena, marcaron el fin del gobierno de la NM antes que se iniciara, deviniendo en medidas de disciplinamiento de parte de la derecha y de los poderes fácticos hacia la NM, considerada su aliada histórica. El mensaje era claro: “el modelo no se toca”. La represión discursiva llegó a tal punto que la cita compulsiva de las palabras de Quintana se redujo a la metáfora de la “retroexcavadora” sustrayéndose la referencia al “modelo neoliberal”. El mensaje era preciso: “De eso no se habla, eso ni se nombra”.

Caer en una especie de depresión derrotista post elección dentro de la coalición del FA no tiene entonces asidero. El FA nació como proyecto político electoral hace poco más de tres meses, contando con mínimos medios de financiación, además de presentar como candidatos a desconocidos políticos. La coalición “Chile Vamos” (ex “Alianza por Chile”) suma décadas de vida, obtiene medios de financiamientos millonarios, presentó candidatos archiconocidos, y cuenta con todo el apoyo mediático, es decir, con una favorable e insistente aparición en los medios de comunicación concentrados. Sumémosle el contexto internacional, en que una derecha fascista gerencial celebra un triunfo tras otro. De hecho, Ossandón y Piñera son una síntesis de Donald Trump a la chilena.

Pero más allá de ello, hubo fallas internas. Si bien la primaria fue un ejemplo de praxis política, sobre todo en contraste con la NM, tuvo un efecto secundario no deseado: la fracción del proyecto del FA en dos candidaturas y con ello la separación de sus fuerzas. Además, la opción por la versión light (Sánchez) implica dos problemas concretos: su parecido y falta de diferenciación respecto a Bachelet (y al imaginario de la NM) y su debilidad política, además de sus reiterados errores conceptuales no forzados.

Asimismo, el Frente Amplio no supo “traducir” su proyecto a aquella población que según estudios especializados forma parte de la clase media, pero que según sus ingresos vive en el mundo de la continua emergencia (hablo del 70% de la población que vive con menos de 600 dólares al mes). Esa población, muy diversa por lo demás, debe entender que un cambio tan radical como el planteado por el FA no sólo implica incertidumbre y sacrificios, sino una mejoría (dignificación) mediata de sus condiciones de vida -signada por el intento cotidiano de satisfacer las necesidades básicas-, una vida cercana a la muerte, pues la deuda deviene en una suerte de “soga al cuello” existencial y cualquier movimiento es concebido como una amenaza.

Hablar de garantizar derechos sociales, llamar a realizar una asamblea constituyente, a cambiar el modelo de desarrollo no tiene, para aquellos que viven con una “soga el cuello”, un correlato concreto, ni siquiera en el recuerdo. El Chile previo a la dictadura, con salud, educación y pensiones públicas, empresas estratégicas estatales, trenes, y una universidad técnica, o se desconoce, porque la historia en el Chile neoliberal es una disciplina subalterna, o se reprime, producto del trauma de la dictadura. La praxis de la traducción implica entonces un trabajo sostenido, pues no se construye una nueva racionalidad, ni se derriba un dispositivo como el de la política emocional, ni se pueden borrar los efectos persistentes del trauma en 90 días. Aquella praxis implica generalizar el “principio esperanza”, entendiendo que esa esperanza es siempre contraria a la seguridad, como decía el filósofo Ernst Bloch. La utopía del “otro Chile” ha de convertirse en una utopía concreta, en una narrativa concreta.

Para reiterar, esta elección no fue un fracaso. Quien sostiene eso, o defiende los intereses del duopolio, o no ha entendido la radicalidad del cambio propuesto. La construcción de un nuevo proyecto político en el marco del espacio del FA requiere trabajo, tiempo, intelecto, pasión, convicciones, y, sobre todo, política.


Dr. phil. Académica e investigadora de la Universidad de Humboldt, Berlín