Ojo, la historia terminó y todos nos fuimos para la casa. Es la verdad, quedan algunos foucaultianos peleando en los microespacios, otras identidades neomarxistas que buscan un New Harmony perdido en la culturización de sus tribus.

Nadie quiere pelear con los molinos de viento, porque es irracional, y la receta del Quijote se presenta como la recomendación de un loco de patio. Ni foco guerrillero ni poesía del tiempo, nadie dará el paso a la otredad, aquella que se quiere definir desde constructos teóricos, y esa otredad, no es más teórica que el “otro”, el otro que perdimos para el proyecto de la emancipación.

Perdimos la otredad y el vocablo pueblo, su espíritu. Perdimos las asambleas y la colectividad de los sueños, que eran solo eso, sueños. En eso nos dejó el capitalismo tardío, en los putos oníricos simbolismos de que hubo una idea de sociedad distinta.

En la historia del capitalismo jamás hubo concesiones, el Estado keynesiano fue la contención a la que obligamos al capitalismo mundial. Las vanguardias perdieron todo horizonte cuando a nombre del pueblo cometieron crímenes contra el pueblo y ahí nos quedamos perplejos, viendo cómo se caía la eticidad de los sueños, y se nos convenció sobre la naturaleza del poder, y más perniciosamente sobre la naturaleza humana.

Por tanto, nada más que el fin de la historia, como una ironía insoportable ante el progresismo de la historia. Ni la historia era progresista, ni la humanidad era comunista, ni dejaba de ser loba de sus congéneres. Los malos hábitos que mataron a Roque Dalton aún persisten en personajes de la izquierda hayekiana, que no entienden que la izquierda es un tema de ética de vida, sin cristianismos puritanos por cierto.

Todos nos equivocamos, lleno de errores está el jardín de la izquierda. Pero jamás en la “casa del verdugo” como vaticinaría Lihn, jamás. Y hay personajes kafkianos que les gusta el dialogo y los acuerdos con los verdugos, con los verdugos de su pueblo.

Sobre internacionalismo somos puro silencio, no sabemos con qué nos quedamos de tantas epopeyas escritas. Cuántas luchas animaron nuestro destino, cuántos libros anunciaron el camino, y los caminos sangrados nos dijeron que creer no es cosa de la politiquería, creer es entender, siempre corregir los aspectos truncados del camino.

Y el mundo solo fue el paraíso de la acumulación y la desigualdad, no se transformó en nada más que en el capitalismo más salvaje, aquel que desgarra las vidas de miles a favor de un puñado de petulantes, respecto de los cuales uno puede agregar que son la misma lógica autoconsciente de su posición de clase.

Marx fue vencido, y desgarrado, sus libros se intentaron desaparecer de los circuitos oficiales. En aquel derrotero kuhniano, nos dijeron que era un paradigma en retirada, que se había equivocado en casi todo, como en un concurso del show del marketing. Y a la vuelta del camino las profundas inconsistencias del modelo de jibarización mundial terminaron por reanimar al muerto, terminaron por evidenciar la lucidez de su crítica fundamental al capitalismo, y tuvieron que reconocer su importancia.

La voluntad de las mujeres y hombres que protagonizaron las luchas sociales no fueron solo simple catolicismo de izquierda, fueron la voluntad resuelta por aspirar a cosas nuevas, cosas donde nadie ha llegado, a decir, que aún nos queda patria en la tierra. Porque esa noción de patria, es la noción del cobijo, y la noción de un próximo prójimo, como diría Benedetti.

Es la noción de patria, de la humanidad del hombre que amaba a los perros, Trosky, esa lucha parece perdida en la cuántica tecnológica de las tribus urbanas, donde la conductual absorción de la violencia nos ofrece la psicopolítica del exterminio en los ghettos del neoliberalismo.

Nada más lejos del internacionalismo de los pueblos, nada más distante, tanto es así que los movimientos sociales se presentan como el reemplazo a los actores sociales de la lucha de clases, y debemos decirles ciudadanos y no pueblo. Sus alcances son limitados y parecen conscientes de que no es posible ninguna toma del poder.

¿Por qué, para qué, nos tomaremos el poder si somos una humanidad maldita, que cada vez que gobierna comete crímenes contra el pueblo? Son pesados los argumentos por su carga de época y circunstancias. Pero, ¿qué esperanza tenemos los oprimidos? ¿Tenemos una esperanza, o seguiremos en el modo crisis por los siglos de los siglos?

La política es voluntad de creer, y la voluntad de ser, la voluntad de tener un habla y una historia, la voluntad de no ser un asimilado o un convertido, la voluntad de entender que los reclamos de la izquierda son los más contemporáneos que existen, la voluntad de entender que requerimos unidad y acción social consciente.

Recuperar los patrimonios históricos de nuestra identidad, no para persignar animitas, sino para mostrar a los niños y niñas que aquí hubo miles que lucharon creyendo en una patria y un mundo solidario, socialista.

Esa justicia social, esa ecología del tiempo, es necesaria que la reivindiquemos, porque la derrota es siempre breve, y debemos seguir en la testarudez de que tenemos el por qué. Casi siempre parece como si esa historia no la hubiésemos entendido, y solo miramos las cosas con la impronta de un proyecto derrotado.

¿Cuándo fueron fáciles los caminos de la historia? Para nosotros, nunca. El ser de izquierda supone captar la complejidad del mundo, y por tanto, comprender que solo nos queda volver a los otros, volver a sus relatos y aspiraciones, volver a desentrañar las aspiraciones de un pueblo dormido, caricaturizado, y semiologizado. Volver a la esencia de nuestro reclamo, a la simpleza de nuestra postura, a la sencillez de la política de la emancipación.


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