Las elecciones imponen un ritmo vertiginoso e incesante al devenir político. Mientras el ex presidente Sebastián Piñera busca el “centro” -el mismo que disputan todas las candidaturas- habría que pensar en la particularidad de esa palabra, porque se podría asumir que cada una de las candidaturas están “descentradas” y caminan por sus particulares orillas. Frente a este posible descentramiento, parece necesario ejercer una captura. Así se prepara una forma de cacería, o de pesca o un juego de puntería ejercitado en una feria de diversiones. Entrarle al centro parece ser la consigna.

Mientras tanto, en los “centros” de lo descentrado, aparecen voces, situaciones que resultan insólitas y otras aterradoras por sus elementos inhumanos.

Los ecos del grave desfalco ocurrido en el Ejército ingresaron en lo que parece un nuevo pacto de silencio, muy conocido con respecto al comportamiento militar. Y cómo no, el estallido súper -pero súper- millonario de los delitos financieros ocurridos en Carabineros, ahora pierde día a día su vigencia, Ya la suma de miles de millones no sorprende y más bien, en el interior de un espectáculo mediático, frívolo, banalizado por la falta de análisis sólidos, empieza a aburrir a los espectadores. “Ya, basta” parecen decir los auspiciadores que ven cómo decae el fervor de los adictos a la morbosidad efímera.

Por otra parte, el terrible “caso Oporto”, un autodefensor que mató a DOCE personas, entre ellos a varios menores de edad, fue recibido con una indiferencia abismante y más aún, pareciera naturalizarse como un recurso posible y acaso necesario. Ahora mismo muere el ladrón de un celular en el contexto de una aguda “detención ciudadana” y su muerte es exculpada por Carabineros al decir que no tiene ninguna relación con la violencia ejercida por esa particular “detención ciudadana”.

En Puerto Natales los carabineros atacaron salvajemente a unos jóvenes hasta provocar peligro de muerte de uno de ellos. Una parca notificación institucional señala que los autores de la golpiza fueron “dados de baja”. Es decir, ya no son los carabineros que actuaron en horas anteriores. De esa manera se exculpa a sí misma la institución del delito cometido.

Y el Sename estalla como un gran lamento mediático-político, desconociendo así que desde siempre esas instituciones han sido, como ya se ha señalado a lo largo de la historia social chilena, una zona de horror, siempre el mismo, en cada uno de los tiempos. Solo que el valioso diputado René Saffirio, junto con evidenciar muertes y el constante maltrato, puso de relieve al Sename como un centro de operaciones con fines de lucro. Un espacio estatal para cursar múltiples intereses financieros privados mediante: directorios, prestación de servicios, asesorías por donde circula el dinero tan conocido desde el Estado hasta el (codicioso) sistema privado. Porque el Estado es ahora un botín. El Sename forma parte de esa oferta y los niños representan, en el contexto de lucro, muerte y maltrato, una falla política y social de una magnitud incalculable.

Se ha afirmado que el 50% de los presos comunes chilenos han pasado por el Sename. Son Sename puro. Entonces cómo explicar la paradoja actual del lamento por esa institución y el duro “combate” a la delincuencia. Los numerosos niños llegan ahí por fallas estructurales en sus entorno. Trasgresiones en el interior de familias, en muchos casos, también ultra dañadas. Tanto que, a su vez, dañan a sus propios niños. Se trata de una cadena fatal de marginalidades ya históricas sin sostén posible. Los niños del Sename son el lado visible de una estructura fundada en el desvalor, la exclusión y la explotación.

Esa misma exclusión es la que de manera salvaje expulsó en septiembre de 1973 a más de mil familias habitantes de la Villa San Luis, en Las Condes, en plena noche, sacados mediante camiones de basura. Sí, en camiones de basura, desde sus legítimos departamentos hacia otros ubicados en sitios periféricos. Lo hicieron para así salvaguardar el valor del suelo de esos barrios, para evitar “contaminarse” con la pobreza, para especular con espacios que le habían sido asignados al mundo popular por el inclusivo gobierno del Presidente Salvador Allende.

Esa es la huella histórica reciente que hay que seguir. Ese el hilo, la herida o la grieta que atraviesa este laberinto social que hoy habitamos marcados por la desigualdad y la violencia provocada por una fuerte exclusión.

El Sename forma parte de uno de los laberintos que enmascaran la única ruta que lidera nuestros días: la ruta del dinero. Ese dinero que tan bien conocen, entre otros, la diputada Nogueira y el diputado Farcas, implicados en irregularidades. Diputados que chillan por el Sename, pero que a su vez buscan implantar el control de identidad para los menores de edad.

Pero ahora nos vamos al centro para ganar las próximas elecciones. Porque la derecha ya está ganada por la derecha en la totalidad de sus territorios. Ya sabemos que parte de las periferias no van a votar. Habrá que prepararse para una impecable e implacable cacería en los ¿centros? ¿De qué?


Escritora y académica