Para poder buscar un significado y sentido para los hechos políticos, históricos y sociales, los griegos crearon algunos mitos, ya que hace tres mil años no habían muchas explicaciones científicas sobre la naturaleza, la vida y los comportamientos de las personas.

Entre los mitos conocidos está el de Procusto, un bandido que vivía en el camino entre Mégara y Atenas.  En su casa tenía una cama donde obligaba a quienes pasaban por su camino a acostarse para verificar si se encajaban perfectamente a ella. A quienes les sobraban las piernas, pies y cabeza, les cortaba aquellas partes del cuerpo. A quienes les faltaba tamaño para encajarse perfectamente, los estiraba hasta llegar al porte exacto de su cama.

El mito de Procusto nos muestra la intolerancia de quienes, por ideas preconcebidas y por creerse justos, amputan e incluso matan a aquellos que consideran diferentes.

La diosa de la sabiduría Atenea, molesta por los gritos de las víctimas, decidió interferir. Grande fue su sorpresa cuando Procusto le dijo que estaba haciendo justicia porque en su cama lo que hacía era terminar con las diferencias de las personas.

El mito de Procusto termina cuando Teseo, el héroe, obliga al ladrón a acostarse en una de sus camas para comprobar si su cuerpo cabía en el tamaño exacto.  Procusto no cupo en el tamaño de la cama y Teseo decide cortarle los pies y la cabeza.

Cuando la religión se disfraza de ciencia y se imagina justa, Procusto deja de ser un mito y se transforma en una triste realidad.

El mal llamado Bus de la Libertad, al no aceptar la diversidad e identidad de seres humanos, es un ejemplo de cómo la intolerancia obliga a que niños y niñas sean torturados psicológicamente hasta que quepan en los padrones imaginados por creyentes que se llaman a sí mismos como “justos”.

Los griegos sabían explicar con mitos características de la personalidad humana, hoy en día gracias a la ciencia tenemos otras formas. Pero lamentablemente, para muchos y muchas, estas características continúan siendo un terrible error por el cual hay que pagar un precio muy alto. Este precio es la discriminación, que tal como la cama de Procusto, considera que todos y todas deberíamos ser del tamaño de sus creencias.


Psicóloga