Érase un mono el juez,
érase un gato y un ratón.
En violenta contienda tan reñida,
inmensa muchedumbre reunida
esperó la sentencia largo rato.
En contra del pequeño falló el mico:
-¡Déjese usted comer y calle el pico!
-¿Por qué?, dijo el ratón, jeremillento.
–Porque él es grande y usted es chico
¡y últimamente porque yo lo mando!

Visionarios versos. Visionaria mi abuelita.

A mi abuela tengo mucho que agradecerle. Entre otras cosas, me enseñó a leer, y además me contó muchos cuentos y fábulas, las que, a diferencia de los cuentos, venían con un agregado al final, que se llamaba moraleja. Era algo así como una conclusión, como el ¡chan-chan! final de los tangos o de algunas músicas sinfónicas.

Siempre supe cuál era el propósito de esas moralejas: estaba claro que yo debía aprender algo y guardarlo en la memoria. De hecho, mi abuela era tan didáctica que nada de lo que me enseñó se ha borrado de mi recuerdo. Un ejemplo son los versos con que inicié este texto. Me los enseñó ella; no sé de dónde los sacó, pero nunca los olvidé. Sin embargo, hasta hoy, nunca había pensado en ellos en términos de fábula. Quiero decir que sólo ahora tomo conciencia del legado que me dejó mi abuelita en estos versos: una moraleja de advertencia. Sabia y visionaria, quiso prevenirme; no quería que me sorprendiera cuando la vida me enfrentara a casos como el de ese pobre roedor, indefenso frente a un felino miserable a quien protege un mono con su martillo poderoso.

Claro, una niña no razona ni interpreta: yo recitaba los versos como loro, imaginando al mico con su martillo en alto, muy por sobre un pobre ratón debilucho y aterrado, a quien ese mono maldito condena a morir bajo las garras y los colmillos de un gato erizado y feroz, que sonríe con malicia y aire de triunfo.

Así mismito imagino, por ejemplo, la sonrisa de Pablo Ibarra, al conocer el fallo de la jueza Liliana Acuña en Concepción, sentenciando con su martillo que Amelia fuera arrastrada por su padre a vivir con él, a miles de kilómetros de su mamá y sus hermanas, aunque no quisiera. Golpeó su martillo sin tomar en cuenta tampoco informes ni sugerencias de los especialistas; mejor dicho, sí consideró algunos: sólo los que dieran el favor al gato. Fundamentó también su veredicto basada en factores relacionados con financiamiento y con sus propios prejuicios territoriales y sociales.

Imagino cómo sintió Estrella el golpe de ese martillo en el útero. Lo puedo sentir en mi propio vientre, incluso. Imagino a una ratoncita jeremillenta preguntando una y otra vez por qué. Imagino, en el fondo, al animalito desprotegido, vulnerable, aplastado, prisionero, impotente, que todas las mujeres hemos sido en más de algún momento de la vida.

Imagino también el desarraigo, el terremoto emocional que acarrearía esa sentencia para una ratoncita de 7 años. Más aun, para Amelia ese martillazo no sólo significaba un cambio profundo y devastador en su vida presente; sino que iba a marcar su futuro y su cosmovisión. Claro, porque con su fallo, la jueza le mostraba a esa mujer en ciernes quién manda, dónde está el poder, a quién debe temer. Liliana Acuña la estaba obligando a protagonizar una fábula violenta, que le enseñaría a Amelia qué baile danzan los monos, a qué ritmo se mueve el martillo y cuál es el felino que le toca el bombo. En otras palabras, era también una condena a continuar bajo el dominio de los gatos. ¡Chan-chan! Porque las moralejas no se olvidan.

A estas protagonistas las conozco de cerca, porque igual que esa niña que imaginaba la ferocidad del gato, Amelia también tiene una abuela que quiere protegerla, que es mi amiga. Sin embargo, sería injusto y sesgado decir que los animales que aplasta el sistema de los monos son sólo mujeres: conozco dos casos, también cercanos, en que es el padre quien pregunta por qué. Si bien no lo hacen en estado jeremillento, sino con bastante más seguridad en sí mismos, se ubican en el lugar del ratón, porque, a diferencia de la madre de las criaturas, ni su situación económica ni su postura ética les permiten tocar el bombo para hacer bailar los martillos (quién sabe si les cantaría otro gallo si las madres en cuestión vivieran en Chiloé).

Tampoco sería exacto afirmar que el martillo del mico no discrimina. Por el contrario; el lugar del ratón puede obedecer a un sesgo de género, o también al poder político o pecuniario. A fin de cuentas, reproduce exactamente el cuento de mi abuelita: -Porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando.

Los ejemplos abundan. Pero quienes siempre sacarán la peor parte en esta jungla jurídica; los que son como una alfombra invisible donde todos los animales pisan; quienes invariablemente terminarán en la ruina de tanto pagar platos lanzados por los micos, hechos trizas contra su cuerpo y su psique, son los cachorros.

La razón por la que me refiero principalmente al caso de Amelia tiene que ver con historia, con cultura y con identidad. Se debe a que mi empatía con esa niña, su madre y su abuela me nace desde el lado derecho del cerebro y me hace agarrar, por ende, un puñado de emociones con la mano izquierda. Me surge desde la historia de la humanidad y desde mi historia particular.

Afortunadamente -o mejor dicho, trabajosamente, solidariamente, emotivamente, corajudamente, subversivamente, perseverantemente-, las mujeres hemos ido aprendiendo a agruparnos, a apoyarnos, a empoderarnos y a defendernos entre todas. Ya no somos un tímido ratón jeremillento, solito frente a monos poderosos y gatos erizados, esperando su sentencia a muerte.

Es así como entre todas, en red, aportando cada una su saber, su hacer y su sentir, hemos logrado muchos triunfos a lo largo de la historia, unos más grandes y visibles que otros. Esta vez, conseguimos asustar al gato y al mono: logramos que Amelia se quedara en su nidito sureño, con su mamá y sus hermanas, juntas las cuatro en torno a la cocina a leña (al menos así las imagino). Así se estila por esas tierras con mar que, lejos de ser el lugar que describiera la jueza, tan poco acogedor y tan inadecuado para la vida de una niña, es uno más de los paisajes donde cualquiera querría estar: en calma, mirando un entorno natural que aún no ha sido tan pisoteado como otros, donde viven personas cuya idiosincrasia es particular, efectivamente; pero no en el sentido negativo que se desprende del argumento de aquella jueza, sino tan particular como la idiosincrasia de quienes habitan cualquier rincón de Chile o del mundo.

No sólo estos casos me han hecho pensar en el mono, el gato y el ratón. Por ejemplo, inmensa muchedumbre reunida esperó la sentencia largo rato en el caso de Nabila Rifo. Vaya si danzó allí ese martillo… y todos fuimos testigos de la violenta contienda tan reñida. Fuimos testigos del trato vejatorio a que se sometió a Nabila durante la audiencia en que dio su testimonio. Fuimos testigos también de su fuerza y resiliencia. Nos manifestamos en las calles, opinamos en los medios, escribimos artículos, expusimos letreros y pancartas. Cuando vimos la sentencia, casi alcanzamos a creer que habíamos logrado mitigar en algo el poder de los gatos y el baile del martillo: Mauricio Ortega había sido condenado a 26 años de presidio. Sin embargo, ahora el gato alega que no se respetaron sus derechos, su compinche el mico agarra su martillo y vamos emprendiendo la danza nuevamente: entonces se da otro juicio en que le regalaron al felino sonriente lo que en lenguaje de monos se llama una pena sustitutiva. ¡Porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando! ¡Chan-chan!

¿Será posible cambiar la moraleja? En cierto modo, lo hicimos para Nabila, porque quién sabe cómo habría sido el fallo para Mauricio Ortega si el caso no hubiera tenido la cobertura mediática que tuvo –aun cuando los medios no siempre se hayan movido por convicción, sino por morbo-; quién sabe qué baile habría bailado el martillo si no hubiésemos armado las mujeres el escándalo que armamos. No es nada improbable que el resultado fuera el mismo que en aquel juicio por violación llevado a cabo anteriormente en ese tribunal de Coyhaique, que por lo demás es igual en tantos otros casos de violencia hacia las mujeres –con o sin tribunal, con o sin denuncia-: impunidad para el acusado.

Ahora, a empezar todo de nuevo: a enarbolar los carteles, a instalarnos en la entrada de los tribunales pertinentes, a gritar por las calles y por los medios. No hay descanso. Cabe preguntarse si influyó en la decisión de la Corte la tan atinada afirmación de su defensor, aquella de que a Mauricio Ortega “le habría salido más barato matarla” que dejar a Nabila en el estado en que la dejó. Desde el fondo de mi alma y mi razón espero que les juegue en contra. Es más, la ley debería contemplar sanciones para un abogado que se exprese de esa manera, inconcebiblemente irrespetuosa, por decirlo de manera eufemística. Pero, claro, para eso faltan varias décadas, por lo menos. Y eso es ser optimista.

Digo que pensar en décadas es optimista, porque nos hemos pasado siglos reivindicando derechos; haciendo esfuerzos incansables por despertar conciencia en la sociedad; etcétera y etcétera. Sin embargo, nos vemos ante la indignante realidad de que no hay impedimento alguno para que sea candidato a la presidencia de la República un hombre capaz de ver la violación como si fuera un divertido juego para hacer reír al público. Tampoco para uno que ríe para la foto al presenciar una ofrenda de hule en forma de mujer desnuda que el ofrendado puede inflar y desinflar a discreción. Al darse cuenta de que la anduvieron embarrando, creen que basta con pedir disculpas, dar un par de explicaciones y tratar de minimizar una aberración comparándola con la otra. Lo peor es que para muchos sí es suficiente y ni siquiera tiene importancia.

¿Podemos esperar algún cambio –que pueda llamarse cambio- al sistema judicial –o a cualquier otro-, en un país regido por tales especímenes de la fauna social? Efectivamente, como dijo uno de ellos, “el machismo es más profundo de lo que uno cree”; efectivamente, “ofende y hiere”. Lo felicito, señor candidato, por su incipiente proceso de toma de conciencia, más vale tarde que nunca –es más, creo que jamás podríamos esperar algo así de su adversario-; aunque ¿no está un poco viejo para recién descubrir la pólvora? Además, afirmar que en Chile se está abriendo ahora ese debate… ¿No será mucha ignorancia?  O ceguera, o ambas.

Si bien me cuesta imaginar un presidente de la República con el nivel de desconocimiento, desfachatez, insensibilidad y la falta de respeto –tal vez incluso misoginia- que han mostrado estos candidatos, sé que la probabilidad de algo tan inimaginable es aterradoramente real. Por lo demás, ni siquiera es de extrañar: las cosas más inimaginables y aterradoras han sido reales en Chile…

Quisiera poder creer que la mayor parte de la ciudadanía lo encuentra tan increíble y pavoroso como yo. Quisiera poder soñar siquiera con que en noviembre nos comprometamos en masa con la posibilidad de comenzar un cambio social verdadero, que termine con filosofías como “la medida de lo posible”, “es lo que hay”, “hay que tener paciencia” y todas las que producen políticas de cuatro patas y ratones jeremillentos mirando resignados la baba que chorrea de los colmillos del gato.

Cómo quisiera que, a la hora del recuento de votos, mi escepticismo se llevara la más sorpresiva y sorprendente sorpresa de su vida.

Pero sería como creer en el arcoíris. No voy a caer en una utopía que, de tan utópica, parece una cursilería. Hay que ser realista… ¡porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando! En el mundo hay demasiados monos bailarines, con y sin martillo. En comparación con los ratones –unos más jeremillentos que otros-, el porcentaje de felinos miserables que tocan el bombo es mínimo, eso se sabe; pero ¡hay que ver lo bien que lo hacen!


Académica U. de La Serena