«Marchemos, simios y hombres, dándonos las manos y ninguna potencia, ningún secreto del cosmos, podrá resistirnos.»

El planeta de los simios, Pierre Boulle (1963).

El estreno de la tercera parte de las nuevas películas de El planeta de los simios, no solo es un excelente cierre —quizás, esperemos, uno momentáneo— para esta saga, sino que confirma la potencia del concepto ideado para la literatura hace casi 55 años por el francés Pierre Boulle, y lo que es todavía más inquietante, su actualidad.

El planeta de los simios: La Guerra, de Matt Reeves, es una gran película disfrazada bajo el manto del típico producto hollywoodense, un blockbuster millonario de género fantástico y cargado al marketing. Pero no hay que engañarse, no es ni Transformers ni la última de superhéroes. Es sobre todo una película de guerra, antibélica como las mejores de su tipo, que se pasea entre la aventura intimista de El gran escape (John Sturges, 1963) y la alegoría política y existencial de Apocalipsis ahora, de Francis Coppola (en una escena se ve un rayado que dice: «Ape-calypse Now». Hay aventura, sí, también acción y hasta momentos de comedia, pero es sobre todo un drama tremendo sobre la deshumanización, como lo han sido los mejores momentos de esta larga historia que lleva ya ocho películas desde que se estrenó la primera en 1968.

La novela original fue calificada por su propio autor como una «fábula social», a la manera de Jonathan Swift y su Gulliver. Ambientada en el año 2.500, cuenta la odisea del periodista Ulises Mérou, quien llega al lejano planeta de Soros, en el Cinturón de Orión, para descubrir que allí habita una civilización en la que los simios son la raza dominante y los humanos, animales que sirven para el circo o experimentos de laboratorio.

Pero fue la película de 1968, dirigida por Franklin J. Schaffner y escrita por Rod Serling (el creador de la Dimensión desconocida), que la historia alcanzó su pleno potencial y se convirtió en un fenómeno de la cultura pop. Tuvo cuatro secuelas, dos series de televisión (una con actores y la otra animada), una larga lista de títulos para el cómic, un fallido remake en 2011 a cargo de Tim Burton, y la nueva trilogía reiniciada diez años después con El planeta de los simios (R)Evolución. Pese a la desconfianza inicial por insistir en rehacer lo que ya era un clásico de la ciencia ficción cinematográfica, esta nueva serie de películas se impuso por sí mismas, con historias que fueron ganando en densidad y por el excelente trabajo de captura de movimiento, que llevó los personajes digitales a otro nivel, y puso a su protagonista Andy Serkis en un sitial de honor.

El planeta de los simios: La guerra, confirma que tras una apasionante trama que pone a los simios bajo el mando de su líder César (Serkis), enfrentado a un militar obsesionado con exterminarlos (un Woody Harrelson que recuerda al Coronel Kurtz de Brando), hay una reflexión jugada y valiente sobre el fanatismo religioso, el uso del miedo y la fuerza para someter al diferente y sobre todo, con la capacidad de crueldad del hombre y su infinita tendencia a la autodestrucción. Habla de traición y venganza, pero también de misericordia, diversidad e integración.

Más que luchar contra los simios, el militar antagonista lucha contra sus propios miedos y demonios, y finalmente, contra su propia raza. El tipo está loco, y sus superiores quieren acabar con su poder. Los simios de César están en medio de una guerra entre los propios humanos, como ha sido siempre. La creciente humanidad de los simios va a la par a la deshumanización de los mismos hombres que a fin de cuentas, son los únicos responsables de la destrucción del planeta y su de su propia raza (como lo era en las cintas originales por la guerra atómica, y como lo es en las nuevas por la ambición capitalista, al crear el virus que mata personas a la vez que hace inteligente a los simios).  Porque ya sabemos, que más allá de los monos, el hombre es el lobo del hombre.

La cinta está repleta de referencias a la saga fundacional: desde el nombre de la niña de una nueva raza de humanos, Nova, hasta una escena en la playa que recuerda la clásica escena final con la Estatua de la Libertad; las imágenes de figuras crucificadas para atemorizar al enemigo, el culto militar fanático al Alfa y Omega, y hasta un par de guiños a momentos claves de Escape del planeta de los simios y a la cinta final de 1973, Batalla del Planeta de los Simios. Pero eso son solo detalles para el exégeta que admira la saga completa (me confieso culpable), porque la película y su director, quieren ir más allá, y lo logran. El filme termina convertido en una suerte de discurso político de la era Trump (con muro incluido), y en una épica sobre el origen y la esperanza, de resonancias bíblicas.

Bella y ejecutada con precisión, inteligente y a la vez entretenida, El planeta de los simios: La guerra, se alza como la mejor película de un gran estudio de este año. Y a la vez, invita a releer la novela y sobre todo –si no lo ha hecho- a revisar las películas originales (sobre todo recomiendo la 1, la 3 y la 4). De paso, nos recuerda que, para que andamos con cosas, puede que los simios no sean una tan mala alternativa para nuestro futuro después de todo. Ya que los verdaderos salvajes siempre hemos sido nosotros.


Periodista y crítico de cine