Soy psicóloga y desde hace ya varios años me dedico al apoyo y acompañamientos de personas trans y sus familias.

Amo lo que hago, pero cada día me indigna más ser testigo de tantas historias de dolor, desesperanza, vulneraciones y cuánta violencia se puedan imaginar. En mis años de trabajo he acompañado a más personas de las que podría enumerar, las he visto llegar tímidamente, algunas con más esperanzas, otras más asustadas y varias, totalmente desanimadas y desilusionadas. Todas de diversas edades, desde niños y niñas pequeñas, hasta personas de avanzada edad, unas con familias que les apoyan sin medidas, otras con familias que les dieron la espalda, unas con muchas redes de apoyo, otras absolutamente abandonadas por sus círculos. He visto parejas, padres, madres, estudiantes, trabajadores/as, profesionales, artistas, conservadores/as, de izquierda, de derecha, con mucho y poco dinero…. Pero absolutamente todas tienen algo en común, todas estas personas han sufrido la violencia de un sistema que las limita, que las quiere normativizar, empujándolas a los estándares que, según la sociedad, debiesen cumplir. Todas estas personas son trans y, producto de nuestro sistema, han llegado a sentir que hay algo malo con ser como son, que no vale la pena seguir o que nunca debieron haber nacido.

Siempre me he preguntado, si todas las personas somos diversas, en todas nuestras formas, ¿por qué ocurre que hay ciertas diversidades que son oprimidas e invisibilizadas? ¿Por qué pareciera que existen “mejores personas” y seres humanos “más dignos de vivir libremente” que otros? ¿Por qué si los derechos, se supone, son para todos y todas, hay ciertos grupos a los que se les arrebataron así, sin más? ¿Por qué algunas personas creen tener el derecho de decidir sobre las vidas de quienes se escaparon de sus estándares?

Constantemente en el debate público escucho sobre la “preocupación” por el bienestar de las personas, pareciera ser que todas las decisiones tomadas desde arriba apuntaran o quisieran apuntar (o bueno, al menos eso nos quieren hacer creer) al “desarrollo” de nuestra sociedad, pero luego nos encontramos con que muchas de estas decisiones no consideran las verdaderas necesidades de la gente  y que, por el contrario, sólo contribuyen al dolor y al sufrimiento de quienes habitamos en este país.

Si ustedes, quienes deciden, realmente conocieran estas historias, si alguna vez hubiesen visto a un niño automutilarse los genitales, a una adolescente agredida y golpeada hasta decir basta, a un joven excluido al punto de intentar acabar con su vida, o a un adulto perdiendo toda esperanza luego de una vida de intentar ser reconocido por su verdadera identidad, si alguna vez ustedes hubiesen acompañado a una persona que les dijera “Por primera vez en mi vida siento que alguien me reconoce”, “Por primera vez en mi vida no me siento sola”. Probablemente las decisiones tomadas no serían las mismas, probablemente hoy contaríamos con  una Ley de Identidad de Género que legitime y valide la existencia de todas estas personas que hoy permanecen en las sombras, que han sido relegadas a una vida de disfraces, de inseguridades y de heridas tan profundas que ya ni siquiera son visibles, son heridas que les acompañan día tras día, en cada salida a la calle, en cada ida a comprar, en cada control médico, en cada pasada del libro de asistencias en el colegio o la universidad, en cada trámite a realizar son encaradas por un sistema que les dice “¡tú no existes!” o “¡hay algo malo contigo!”

No, no tengo ninguna autoridad ni la capacidad de tomar decisiones a nivel legislativo, soy sencillamente una psicóloga que ha conocido estas historias y que ha tratado de acompañar, de la mejor manera posible, a cada persona que ha llegado a la consulta. Pero ustedes, quienes legislan, sí tienen esa facultad, ustedes pueden ayudar a mejorar las vidas de tantas personas y familias que hoy padecen las circunstancias de un sistema que no eligieron, ustedes pueden darle un giro a nuestra historia y convertir todo ese sufrimiento y desesperanza en una nueva posibilidad de felicidad para éstas y las nuevas generaciones.

Atte.
Penélope Peralta Furet
Psicóloga