Tanto el fútbol-espectáculo como la política-espectáculo encuentran su punto de intersección en estas dos escenas recientes en Chile. Escena uno: un equipo de cirujanos trabaja con un televisor encendido mientras desarrolla su compleja tarea. Celebran el último gol de la Roja ante Portugal. El paciente está anestesiado. Volveremos sobre la anestesia. Escena dos: el candidato del Nueva Mayoría llama a optar por ver el partido de Chile contra Alemania antes que participar en las primarias de sus rivales: “el domingo duerman tranquilos, preparen bien el asado, vean el partido con los amigos, péguense una buena siesta después”. Esta frase pasará a la historia del canibalismo político.

¿Qué ha tenido que pasar para que se traspasen todas las fronteras éticas, que grados de degradación, de devaluación, de banalidad colectiva se han tenido que alcanzar para que el fútbol-espectáculo intervenga de esta manera colapsando y saturando las conductas sociales, llenado los debates, contaminando las energías, los sueños, de una buena parte de los habitantes de este país, vulnerando incluso los derechos de las personas? ¿Qué ha tenido que pasar para que el fútbol-espectáculo genere tantos niveles de consenso trivial y tribal?

Formo parte de la exigua minoría mundial para la cual el fútbol es un deporte y nada más. Un juego que puede ser entretenido e incluso apasionante si uno se ha identificado con uno de los grupos de jugadores en pugna. Estéticas deslumbrantes y perfeccionismo técnico, a veces. Pero eso es todo. Por este motivo me rebelo contra la omnipresencia de televisores encendidos y de comentarios redundantes; contra la repetición de escenas televisivas, contra la saturación de las conversaciones cotidianas; contra la reducción de los disensos políticos en consensos futbolísticos y, por lo tanto, contra la reducción de socio-diversidad. “El futbol es un juego técnico, pero también es profundamente espiritual”, dice Roberto Meléndez en su best seller “Barrio Bravo”. Puede ser, pero francamente me cuesta ver la espiritualidad detrás de las hordas que he visto asaltando microbuses e imponiendo su ley a pasajeros aterrados.

Por ello, me rebelo contra la violencia física y simbólica de masas bulliciosas y belicosas que parten de supuesto que todos debemos tener la libido orientada en la misma dirección y con la misma intensidad. Me rebelo contra la reducción de la identidad nacional a un patriotismo tribal y excluyente. “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”; decía Eduardo Galeano, “futbolero” inteligente. No sé si puedo incluirme en los segundos, pero claramente no en los primeros.

La capacidad del fútbol-espectáculo de invadir todos los aspectos de la vida es enorme. Y no es casual. Expresa un consenso perverso entre aficionados, empresas futbolísticas y medios de comunicación. Es una industria multinacional que explota con precisión y eficacia las identidades sociales, locales y nacionales. Aparecen competencias y premios inexistentes pocos años atrás y desconocidos por los hinchas, pero capaces de organizar las pasiones y conductas de países enteros. Diseños de marketing grotescos convertidos en épicas nacionales. “El fútbol puede representar una manifestación pública de unos valores, como la unión de un pueblo a través del equipo, que es el concepto equipo-nación” afirma el periodista Santiago Flores. Esta última forma es la que domina en Chile. Después de décadas y décadas de frustraciones deportivas y nacionales un equipo recibe todas las proyecciones identitarias de un país periférico y acostumbrado a perder.

La relación entre el fútbol-espectáculo y las políticas de exterminio es evidente y conocida: Videla utilizó el Mundial de Argentina ’78 eficientemente. Los goles de Kempes ocultaban desaparecidos, torturas y asesinatos. Pero no hace falta apelar a esos grados de maldad. La función de ocultamiento se puede ejercer simplemente para tapar malos resultados de la economía.

El fútbol-espectáculo crea un espacio de falsa horizontalidad donde a través de las pasiones, los gritos, los cuerpos, donde aparentemente todos participan en igualdad de condiciones. El fútbol-espectáculo une y homogeniza donde hay diversidades y conflictos. Une en las emociones al rico y al pobre; al dominante y al dominado, al hombre y a la mujer, al niño y al adulto; al preso y al carcelero; al explotado y al explotador. Pero el fútbol-espectáculo y el fútbol-empresa que lo sostiene es un espacio jerárquico, autoritario y excluyente; un negocio, oscuro, valga la redundancia, como tantos otros que manipulan identidades. La identidad nacional es entonces manipulable, un signo más utilizable en el mercado de los signos.

Volvamos a las escenas del comienzo. Escena uno: el equipo médico consideró técnica y éticamente posible realizar una intervención quirúrgica y, simultáneamente, ver un partido de fútbol. El cirujano vuelve la cabeza cuando el resto del grupo grita el gol e inmediatamente regresa a su trabajo. La interferencia es integrada en la tarea. La pertenencia a la masa es incorporada al oficio sin solución de continuidad. El cuerpo-pasión-colectiva de aficionado se entrelaza con el cuerpo-razón-individual del cirujano que opera, trabaja, sobre un cuerpo anestesiado y dominado. Micro-poder de manual. Foucault saltaría de alegría. Las dominaciones requieren de anestesias y amnesias.

Escena dos: por torpeza estratégica y rivalidades internas la Nueva Mayoría no realiza primarias perdiendo la posibilidad, de paso, de presentarse en el show televisivo de las “franjas”. Los dichos del candidato deslegitiman de este modo un proceso definido por ellos mismos como democrático. La siesta como anestesia y amnesia. Los políticos del espectáculo devalúan la misma política que tanto defienden; transgreden sus propias reglas del juego.

Algo se llena sólo cuando está vacío. El fútbol-espectáculo es un contenido que se desplaza hacia recipientes vacíos: el vacío de la política y el vacío existencial. Dos formas de la vacuidad de este tiempo y de este país. Fútbol-espectáculo, política-espectáculo, vida-espectáculo. No es el triunfo del fútbol como digno deporte sobre la política como preocupación por la polis o sobre la vida cotidiana como espacio de convivencia. Es el triunfo del fútbol-espectáculo sobre la política-espectáculo y, por extensión, sobre la vida colectiva hecha espectáculo. Quien siguió las instrucciones de Guillier prefirió un espectáculo más entretenido que otro y nada más.

“Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”, decía Debord. Tanto el fútbol como la política y la vida perdieron la batalla frente a sus correspondientes realizaciones espectaculares. El espectáculo se presenta como si fuese la sociedad misma, pero “es el lugar de la mirada engañada”. Fútbol-espectáculo y política-espectáculo son aquí géneros de entretenimiento trivial intercambiables. Los políticos del espectáculo, es decir todos, no representan a los electores; representan papeles en las escenas insustanciales del mercado de las imágenes masivas. La acumulación de espectáculos entrelazados ofrecidos a la contemplación universal no es inocua: debilita la posibilidad de modificar las realidades de injusticia. El espacio de los espectáculos no es el lugar de las intervenciones posibles para cambiar lo dado. La emancipación está fuera del espectáculo. A mayor espectáculo mayor impotencia. “Para destruir efectivamente la sociedad del espectáculo son necesarios hombres que pongan en acción una fuerza práctica”. ¿Cómo hacemos eso?