En 1997 Tomás Moulian publicó la primera edición del libro “Chile, anatomía de un mito” [1], donde daba cuenta del carácter mítico del modelo económico chileno basado en una herencia autoritaria, explotadora, extractivista y creadora de desigual social. Pero los mitos no los producen solamente los sectores dominantes, también los sectores, grupos y liderazgos subalternos e intermedios. Entendiendo el concepto de mito colectivo en sentido gramsciano, es decir, aquel que funcionaría como “ideología política que se representa no como fría utopía ni como doctrinario raciocinio, sino como una creación de fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar en él la voluntad colectiva” (Gramsci, cuaderno 13, 1:13) [2].

Después del golpe militar, la izquierda se construyó el relato incuestionable de que la derrota militar de la unidad popular fue consecuencia directa de la intervención de EEUU y la traición de los altos oficiales. Expiando con ello los errores estratégicos y tácticos propios del proceso, en torno al mito republicano y presidencialista de que la sola conquista del gobierno era sinónimo de la conquista del poder político, económico, cultural y militar en una sociedad de clases (Lechner,2006) [3].

Durante la transición a la democracia, la centro izquierda neoliberal en el gobierno volvió a construir sus mitos, el primero y el más conocido fue el de la alegría producto de la recuperación de la democracia, para posteriormente dar paso a un mito negativo respecto a la presencia insoslayable de una serie de enclaves autoritarios heredados de la dictadura a nivel parlamentario, fuerzas armadas, etc. (Garretón, 2005) [4] los cuales hacían impensable superar el Estado liberal en lo económico, pero conservador en lo político y lo cultural, justificando con ello una política en la medida de lo posible, para en realidad hacer lo imposible por perfeccionar el modelo en los distintos ámbitos de la vida social.

Hoy, la centro izquierda chilena después de volver al gobierno y superar un traumático intento de reformas más o menos gatopartidistas durante el periodo presidencial 2014-2017, recicló el mito de la política en la medida de lo posible con el objeto de mantenerse en la Moneda, recuperar la confianza de los poderes fácticos y no repetir el aislamiento presidencial, ocultando con ello cualquier mal olor a retroexcavadora, y de paso a la presidenta. Mientras las izquierdas agrupadas en un archipiélago de partidos y alianzas se constituyeron en torno al mito de que el modelo se encuentra herido de muerte producto de las movilizaciones del 2011 (Mayol, 2012) [5], y que sería cosa de voluntad y organización pegarle el tiro de gracia, pues ya existiría una ciudadanía robusta a la espera de ser conducida por nuevas figuras emergidas del movimiento estudiantil, sindical, académico o periodístico. Reviviendo de paso del mito presidencialista-republicano desde donde realizar transformaciones profundas a una sociedad como la chilena.

En las recientes primarias el Frente Amplio no superó el voto histórico de la izquierda durante la transición en torno al 5% [6], retrocediendo a lo logrado en las elecciones presidenciales del 2009 cuando alcanzó el 20%. Producto de la instalación de una lógica sectaria basada en el mito de la superioridad moral respecto a otras fuerzas y proyectos políticos acusándolos de corruptos, inmorales o traidores. Autolimitación que terminó por debilitar su propia convocatoria como sector y con ello las esperanzas disruptivas depositadas.

La izquierda en general es víctima de sus mitos, tanto para explicar sus derrotas, construir esperanzas, justificar el status quo y el divisionismo, con la salvedad de que cada vez estos son más individuales y menos colectivos, más elitistas y menos populares, más académicos y menos prácticos, más coyunturalistas y menos históricos. Haciendo de la política un juego de convicciones míticas particulares que alejan cualquier posibilidad de acuerdos programáticos y relatos comunes. Mientras el adversario moviliza a los suyos por las grandes alamedas hacia la moneda anteponiendo sus intereses de clase por sobre las notorias diferencias personales en torno al mito de ser los representantes del crecimiento económico, del empleo, de la seguridad ciudadana, de la familia tradicional, del orden y la nación, en resumen, de un nuevo Chile conducido por viejos hombres providenciales y exitosos en el mundo de los negocios.

Referencias

[1] Moulian, Tomás (1997) Chile, anatomía de un mito, Lom, Santiago.

[2] Gramsci, Antonio (1975). Cuadernos de la cárcel. Tomo 5. Edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana, Era/Buap. 1999. México.

[3] Lechner, Norbet (2006), Obras Escogidas, Ediciones Lom. Santiago.

[4]Garretón, Manuel, Cavarozzi, Marcelo, Cleaves, Peter, Gereffi, Gary y Hartlyn, Jonathan (2003), América Latina en el siglo XXI, hacia una nueva Matriz socio política, Santiago, Ediciones Lom, 2004.

[5] Mayol, Alberto (2012) El derrumbe del modelo, la crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo, Ediciones LOM, Santiago.

[6] “El frente amplio tuvo votación más baja que el juntos podemos”, Diario el Siglo, 3.7.2017, en internet. http://www.elsiglo.cl/2017/07/03/fa-tuvo-votacion-mas-baja-que-el-juntos-podemos/


Sociólogo, Magíster en Estudios Internacionales y candidato a Doctor en Estudios Latinoamericanos. Militante del Partido Progresista de Chile