Hace poco más de un mes sucedió en Reino Unido algo que cualquiera hubiera esperado primero de España. Una izquierda revitalizada, organizada y de propuestas radicales irrumpió en las elecciones generales del país, desafiando a quienes la daban por batida en medio de la algarabía de los centristas que aún no terminaban de celebrar la victoria de Macron en Francia. Lo relevante del caso es que el Reino Unido no lo hizo a la española, es decir, organizando una nueva variante de la izquierda (ahora sí más radical, más honesta, más auténtica… más todo), sino disputando el principal referente de la izquierda del país.

Tomaron el camino largo, pero están llegando antes. Evidentemente, me refiero al fenómeno de Jeremy Corbyn, el socialista democrático y casi primer ministro inglés que —luego de ganar dos elecciones internas a través de una virtuosa campaña de crecimiento, que llevó a ingresar al partido laborista a más de 300 mil nuevos militantes— se consolidó como el líder natural de un partido anteriormente quebrado, luego de décadas enteras mirando la conducción de moderados y blarites desde la última fila de escaños de la Casa de los Comunes.

Mientras en España, la derecha de raigambre franquista gobierna sin contrapeso debido a la fractura de las izquierdas tras la irrupción de Podemos (lo que podría ser el caso de Chile tras la irrupción del Frente Amplio), en Reino Unido la izquierda se vuelve a articular tras un programa radical. Como lo he expuesto en otro artículo con más detalle, creo que esta forma de hacer política reporta, al menos, cinco lecciones distintas para quienes pretendemos disputar los referentes de la izquierda, y especialmente para el ala crítica del Partido Socialista de Chile.

La primera indica que recuperar la identidad de los partidos tradicionales de izquierda es un ejercicio valioso, en la medida en que ayude procesar los nuevos conflictos sociales a los que se ven enfrentados las actuales generaciones. Jorge Arrate, en una charla dictada en Fundación La Alameda, definió a la izquierda de dos maneras: como un posicionamiento democratizador y crítico respecto del rol del mercado en las sociedades (entendido este último como un mecanismo de distribución y un paradigma cultural) y como un patrimonio histórico. En este sentido, puede resultar sumamente interesante analizar cómo el proyecto de Corbyn logró articular ambas maneras de entender a la izquierda, revisitando ideas clásicas del laborismo y proyectándolas para profundizar la democracia política y económica. Tan exitosa fue esta articulación, que logró seducir a los jóvenes al mismo tiempo en que reencantaba a los antiguos militantes. Al decir de Ernesto Águila, Corbyn produjo “una inédita alianza de abuelos y nietos”.

Otra lección posible pone de relieve la importancia de tener propuestas claras, elaboradas rigurosamente y con compromiso e identidad programática. La irrupción de esta nueva radicalidad laborista no retomó las viejas soluciones, pero sí abordó los clásicos problemas. Con todas las precauciones, podría ser el comienzo de “una nueva política de clase”[1], en palabras de Owen Jones. Resulta ilustrativo que el manifiesto de Gobierno “For the many, not the few” proponga introducir nuevas formas de propiedad, y a la vez extender los derechos sociales o hacer más progresiva la estructura tributaria nacional. Junto con lo anterior, abarcando de manera diferenciada y sin populismo los asuntos más importantes, el manifiesto aborda políticas de reconocimiento, con acento en la diversidad cultural, social y de género.

Nada de lo anterior se sostiene sin crecimiento, y eso podemos procesarlo como la lección vital del caso británico. La disputa de la izquierda debe contemplar un crecimiento en número de militantes. La izquierda tradicional chilena, pero en particular el ala crítica del Partido Socialista, no puede apostar a políticas con identidad programática sobre una base de militantes como la actual: una pirámide etaria invertida donde los jóvenes constituyen una minoría. Como no hay posicionamiento crítico y de izquierda sin fuerza propia, la fuerza y la claridad de las ideas deben poder ser representadas por un número. Esta fue la condición de posibilidad del fenómeno Corbyn.

Un cuarto aspecto que nos debe llamar la atención del caso británico, es su énfasis en devolver la política a la calle, al punto de existir una plataforma movimientista enfocada casi exclusivamente durante el periodo de campaña en la territorialización del nuevo activo militante. Me refiero a “Momentum”, espacio fundado y dirigido por Jonathan Lansman, gestor de la primera campaña interna de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista, el cual se encargó de promover la salida a terreno y capacitar a los jóvenes en el imprescindible, pero nunca bien ponderado, despliegue “puerta a puerta”. Su impactante éxito, en el marco de una campaña comunicacional integral que incluyó material cómico y difusión por redes sociales, constituye un ejemplo que nos invita a re-ordenar nuestras propias prioridades al momento de hacer política de base.

Una última lección de la que vale la pena tomar nota, refiere a la importancia de defender y profundizar una democracia genuina, que recoja propuestas y visiones de mundo diferentes. En una columna, antes de que Corbyn fuera candidato a primer ministro, un exministro de la Concertación acusó a la izquierda chilena de estar desarrollando una nueva enfermedad infantil. La denominó “corbynismo”, y la definió aproximadamente como la tendencia suicida de buscar radicalizar el partido referente de la izquierda contra el corrimiento hacia la derecha de los votantes evidenciado en las encuestas. Lo triste no fue que dicha tesis fuera falseada por los hechos, sino el peso sustantivo que le otorga a las muestras de opinión este tipo de análisis, lamentablemente ya mayoritario. Razones similares hicieron al Partido Socialista de Chile tomar el camino que tomó, desestimando tres candidatos presidenciales de claros enfoques programáticos. En el caso de Corbyn, las encuestas fueron desafiadas, cerrando —a través de una intensa campaña de algo más de un mes (que envolvió elementos de los cuatro párrafos anteriores)— una brecha de 20% por debajo de los conservadores.

Quizás, lo que han entendido en Reino Unido es que, para demócratas genuinos, no se entiende el respaldar o rechazar programas políticos sólo por sus números en las encuestas; al contrario, es parte de la naturaleza de lo político el compromiso entre un programa, quienes lo sustentan y la finalidad ético-política que lo motiva. En este respecto, cabe pensar que, si tan sólo pudiéramos emular una parte de los elementos esbozados en esta columna en el interior de la izquierda tradicional, y en particular el ala crítica del Partido Socialista, mejoraríamos ampliamente las posibilidades de realizar los cambios profundos y estructurales que nuestra sociedad exige.

Referencias

[1] Owen Jones. Chavs. The demonization of working class, London: Verso Books, 2016, p. 269


Presidente Fundación La Alameda