El tipo es un ex capitán del Ejército que llegó a la política con un discurso de alabanza a la dictadura militar y diciendo claramente que no cree en la democracia. Asume que es machista, racista, homofóbico y xenofóbico, haciendo broma de aquello y siempre agregando que “pueden acusarme de lo que sea, pero no pueden negar que soy el único político honesto”.

En realidad sí se puede negar, pero son pocos los que tienen el poder de alcance del mensaje de Jair Messias Bolsonaro como para poder desmentirlo.

Ese alcance es fruto de un talento especial en utilizar los medios y las redes sociales para construir el mito alrededor de su figura. Y esa es justamente la palabra usada por su staff comunicacional: “mito”. Sus seguidores, algunos de ellos fanáticos casi religiosos, lo llaman “Bolsomito” o simplemente “El Mito”.

Quizás no sea un mito, pero sí es un fenómeno. En los cuatro años desde que pasó a proyectar su imagen a nivel nacional, Bolsonaro salió de la nada para ser hoy uno de los favoritos a las próximas elecciones presidenciales, con entre 15% y 17% de las intenciones, detrás solamente del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva – que podría ser impedido de candidatearse, lo que dejaría el camino más despejado para el ex militar.

La historia de cómo ese personaje pasó de ser un mero vocero parlamentario de lo que sobró de la dictadura militar para ser uno de los favoritos de las próximas presidenciales se confunde con la historia de cómo Brasil ha cambiado política e ideológicamente en los últimos años. A continuación, relatamos la trayectoria de este ascenso.

El vocero militar de la post dictadura

Desde principios de los ’90 y hasta los primeros años de esta década, Bolsonaro fue uno de los menos activos diputados del país. Representante del Estado de Rio de Janeiro, él fue uno de los congresistas que menos proyectos presentó a la Cámara, pese a sus más de 20 años de carrera legislativa. Entre esos pocos, ninguno había sido aprobado.

Con una efectividad tan baja, la presencia de Bolsonaro en el parlamento solo se puede explicar por su carácter estratégico: él fue todo ese tiempo el primero y el más actuante de los representantes militares en el parlamento.

El ex capitán saltó a la vida pública tras un incidente nunca aclarado: en 1986, Bolsonaro fue quien estaba detrás de la operación llamada “Callejón sin salida”, la cual tenía por objetivo instalar una bomba en una estación de tratamiento de agua y hacer colapsar la red de abastecimiento de la ciudad de Rio de Janeiro. La idea nunca fue llevada a cabo porque el entonces capitán fue descubierto y detenido por sus intenciones.

En su defensa, dijo que buscaba con la iniciativa apoyar a los soldados que pedían aumento de su sueldo y otras mejoras en sus condiciones de servicio. En aquel entonces, el episodio llegó a ser comparado con el fallido atentado al show de Chico Buarque en el auditorio Riocentro, en 1981, donde un grupo de agentes del servicio secreto de la dictadura, en los últimos años del régimen, trató de instalar una bomba en el local para asesinar a militantes de izquierda y justificar el fin de las tratativas que se daban entonces para la transición hacia la democracia, lo que terminó en fracaso porque la bomba estalló dentro del auto cuando se encontraba estacionado delante del centro de eventos, matando a uno de esos agentes.

No pasó demasiado tiempo detenido. En esa época los militares solían ser evaluados por el Tribunal Superior Militar, que raramente condenaban a un reo oficial, y que finalmente lo soltó 15 días después. Igual el episodio le rindió cierta popularidad en el mundo militar, lo que le permitió salir elegido concejal por la ciudad de Rio de Janeiro en 1989 y diputado federal representante del Estado de Rio de Janeiro en 1991 -su primer mandato, actualmente ya va por el séptimo consecutivo-.

Como único representante militar en el parlamento, sus declaraciones siempre fueron consideradas ridículas o folclóricas. Quizás por eso tratadas como insignificantes, pese al tono siempre amenazante o hasta beligerante.

En una entrevista para el canal oficial de la Cámara de Diputados, en 1999, Bolsonaro dijo las siguientes frases: “soy favorable a la tortura y 90% del pueblo brasileño también lo es” (lo dice hasta hoy). También dijo: “no hablemos de la dictadura militar porque la verdad es que solo desaparecieron 282 (cuerpos), y además solo murieron delincuentes, asaltantes de bancos, secuestradores, violadores, mientras que sólo en São Paulo, en un año mueren más de 300”.

Al ser consultado sobre si cerraría el Congreso Nacional si fuera presidente, repitiendo lo hecho por la dictadura militar, su respuesta fue: “no tenga dudas, y puede estar seguro que la gente iba a festejar esa decisión, porque no funciona (la democracia), a través del voto no se logrará cambiar nada en este país, ¡nada, absolutamente nada! Sólo lo vamos a cambiar cuando estalle una guerra civil y hagamos lo que los (gobiernos) militares no hicieron, matar unas 30 mil (personas), empezando por FHC (en alusión al entonces presidente Fernando Henrique Cardoso). Si por accidente mueren algunos inocentes no pasa nada”.

El hijo de Lava Jato

El cambio de perspectiva para Jair Bolsonaro empieza en el 2013. Luego de las primeras grandes marchas contra la corrupción, en junio de aquel año, él pasa a presentarse como “el único político honesto en Brasil”, discurso que pasa a ganar más fuerza al año siguiente, cuando se instala la Operación Lava Jato para investigar los contratos de las constructoras con Petrobras, revelando ligaciones de casi todo el mundo político con hechos de corrupción.

Aunque está citado en al menos dos aristas de Lava Jato -una de ellas relacionada a una lista de políticos que recibían coimas de los contratos de la estatal de Furnas (empresa eléctrica de la región central de Brasil), aunque en valores mucho menores que los indicados a otros políticos investigados -, Bolsonaro ha logrado instalar su tesis de ser el único limpio en un país totalmente manchado por la corrupción en la política, e incluso convenciendo a sus seguidores que las acusaciones en su contra son un intento por persuadir al público que él es igual a los demás.

La académica española Esther Solano, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de São Paulo, hace años estudia el fenómeno de Bolsonaro, pero también el cambio ideológico que vivió Brasil en los últimos años, sobretodo las clases populares. Según ella, muchos se equivocan con Bolsonaro porque su historial es de un tipo que se elegía con el voto de una cierta élite militar de Rio. Sin embargo, su equipo ha realizado encuestas sobre los conceptos valóricos de los brasileños de los sectores periférico de São Paulo, que es representativo de lo que piensan los pobres de los grandes centros urbanos brasileños, y encontraron un ideario muy parecido al defendido por el diputado militar.

“El brasileño de las periferias hoy en día es un tipo que tiene posesiones, no es más un miserable. Aunque mejoró de situación económica en los gobiernos de Lula y Dilma, esa persona cree en el discurso de la seguridad y se ve afectada por la corrupción. Por ende, alimenta un rechazo o a veces hasta un odio muy fuerte a la política, a los políticos a los partidos tradicionales y sobretodo al PT (el Partido de los Trabajadores, de Lula), que sólo se rompe por ese tipo de discurso del que se presenta como el distinto, y una de las hazañas de Bolsonaro fue saber imponer la idea de que todos son ladrones menos él”, comenta.

En ese sentido, Solano y algunos otros académicos progresistas en Brasil comparten la idea de que es comparable el fenómeno de Bolsonaro y el de Berlusconi en Italia, aunque el caso del brasileño aún no se ha consolidado con su llegada al poder. “La causa Mani Pulite en Italia fue conocida como ejemplo de combate a la corrupción en Italia, pero igual fue el factor que alteró el escenario político, ayudando a que Berlusconi llegara al poder. No es el mismo estilo de Bolsonaro, y además Berlusconi fue un caso concreto, Bolsonaro todavía es un aspirante a llegar al poder, pero el origen es comparable, aunque es injusto decir que fueron el resultado político directo de esas operaciones judiciales contra la corrupción, sino que son el resultado de la negación a la política generado por esas operaciones y que esos dos personajes han sabido aprovechar, aunque en el caso actual, con Bolsonaro, se da en un contexto en que esa negación a la política es también un fenómeno global, como vemos con Trump y con otros casos en el mundo”, señalan.

Los resultados electorales de Bolsonaro apuntan a eso. Hasta 2010 él siempre logró elegirse con un limitado pero leal voto militar, algunas decenas de miles de votos. En 2014, con Lava Jato ya funcionando y el discurso anticorrupción ganando espacio, él fue el diputado más votado de Rio de Janeiro y uno de los más apoyados en todo Brasil, con casi 465 mil votos.

La era del payaso político

Bolsonaro tiene una colección de dichos y gestos polémicos, sobretodo en temas valóricos, que vienen desde mucho antes de su conversión al partido evangélico: defiende que las mujeres deben recibir menos sueldo que los hombres porque producen menos (“porque se embarazan y son menos fuertes, son una carga mucho más grande al empleador”), que las cuotas para negros en las universidades y servicios públicos son racistas y que los movimientos en favor de los negros y de los pueblos indígenas son liderados por “vagabundos”, que los inmigrantes son los responsables por traer el tráfico de drogas a Brasil, al igual que los homosexuales son los responsables por diseminar la pedofilia.

Durante la votación del impeachment contra Dilma Rousseff, Bolsonaro hizo un homenaje al coronel Carlos Brilhante Ustra, acusado de haber violado y torturado a Dilma y otras decenas de mujeres en las cárceles de la dictadura. A la diputada Maria do Rosário (una de las víctimas preferidas de sus ataques) le dijo que no la violaría porque ella no merecía tener sexo con él.

Los homosexuales también son blancos recurrentes. En entrevista a un medio de la cadena Globo, dijo que “si veo a dos gays besándose en la calle yo les voy a golpear, es mi derecho hacerlo, por atentado a la moral”, y luego siguió, “si un hijo mío empieza a mostrarse así un poco femenino, le doy una golpiza y le cambio el comportamiento”. En otra declaración polémica, en una reciente charla en el Club Hebraico de Rio de Janeiro, mostró su orgullo por sus primeros cuatro hijos varones y que “en el quinto me puse más débil (sexualmente), entonces nació una mujer”.

Sin embargo, la profesora Esther Solano cree que Bolsonaro más gana que pierde con esas polémicas que genera, y en ese sentido lo compara a Trump. “Él sabe usar el show a su favor y es consciente de eso. Esta es la Era del Ridículo Político, al igual que Trump, Bolsonaro se expone pero sabe que sus palabras ridículas igual van a encontrar gente que las comparte y las defiende”, dice.

Otra comparación destacada por Solano se da en el hecho de que el efecto de esas frases en los supuestos ofendidos por ellas no siempre es de rechazo, como algunos podrían suponer. Es más, ella afirma que no son pocas las mujeres, negros u homosexuales que defienden a Bolsonaro y critican la victimización de los que se molestan.

“Sea en regiones de clase media o alta o en sectores sociales más bajos, yo hablo con mujeres o con homosexuales sobre esos dichos y muchos dicen que tampoco es para tanto, si eso eso parte de su show, el tipo dice eso para mostrarse, para generar polémica, no porque realmente piense así”, dice la profesora, quien encuentra el argumento muy similar al usado por los latinos que apoyaban a Trump en las elecciones del año pasado.

Las expectativas electorales

En 2016, tras dos décadas militando en diferentes partidos de derecha, conocidos como herederos de la ARENA (Alianza Renovadora Nacional, el antiguo partido creado por los militares para disputar la institucionalidad cuando empezó la apertura política), Bolsonaro llegó finalmente al PSC (Partido Social Cristiano), dirigido por pastores evangélicos y fuertemente ligado a este sector que combate abiertamente la laicidad del Estado.

Ese traspaso es visto como el marco de la coalición política entre la bala y la Biblia. En uno de sus primeros discursos por el PSC, Bolsonaro dijo en el Congreso: “Dios está por encima de todo, no me vengan con eso de Estado laico, el Estado es cristiano, y la minoría que esté en contra de eso que se cambie de país (…) aquí en Brasil las minorías tienen que curvarse ante las mayorías”.

Desde el principio de este siglo, la cantidad de pastores evangélicos y ex policiales elegidos para el legislativo viene creciendo de forma constante, aunque el ritmo de los religiosos un poco más acelerado. Que el principal ícono de los militares ingresara a uno de los partidos evangélicos, asumiendo su discurso valórico, fue vital para que el PSC sintiera que tenía respaldo para una iniciativa presidencial.

“La alianza con el mundo religioso no es el único factor que potenció a Bolsonaro en las clases bajas, pero sí es uno muy importante”, comenta Esther Solano, quien destaca que muchas iglesias evangélicas de Brasil hablar fuertemente con las clases medias y bajas. “La clase C, la clase media baja consumidora, mantiene valores muy conservadores y absorbe fácilmente ese discurso de la seguridad, del punitivismo, está en favor de la pena de muerte, de la reducción de la edad penal y otras ideas que están representadas en Bolsonaro”.

La profesora Solano considera que la izquierda en todo el mundo, pero más específicamente en Brasil, ha perdido espacio por dos razones. La primera es no saber usar tan bien esos nuevos espacios comunicacionales y no saber adaptarse a la era del espectáculo en la política. La segunda es no tener un discurso actualizado para responder a los anhelos de esa nueva clase consumidora recién salida de la miseria, pero que se identifica más con lo que dicen los evangélicos y militares que con las ideas progresistas.

Sin embargo, ella cree que esa izquierda seguirá siendo competitiva en 2018 con Lula da Silva o gracias a él. “Nadie puede negar que Lula también tiene millones de seguidores, genera además una carga emocional fuerte en todo lo que hace, y seguirá siendo un factor decisivo en las elecciones, y aún si su candidatura queda afuera, aquel que Lula señale como su representante tendrá chances de vencer”.

Los números dicen que Bolsonaro y Lula son los únicos dos políticos que han crecido en los sondeos realizados este año. El ex presidente posee entre 30% y 40% dependiendo de la encuestadora, mientras que el diputado ex militar está entre 13% y 17%. Sin embargo, las simulaciones de segunda vuelta entre los dos siempre muestran una ventaja de Lula de por lo menos 12 puntos.

Eso es curioso, una vez que las mismas encuestas apuntan a Bolsonaro como uno de los políticos con menos índice de rechazo (siempre menor a 25%), cuestión que sorprende debido a la cantidad de declaraciones y actitudes polémicas que quizás explicarían su desventaja en el mano a mano con Lula.

Aun así, la profesora Solano cree que Bolsonaro puede dar vuelta este escenario justamente por ese talento para generar controversia. “Él sabe usar muy bien las redes sociales, tiene 4,5 millones de seguidores, está siempre publicando videos y memes en sus páginas, y haciendo charlas incluso en universidades, diciendo las mismas estupideces misóginas, racistas, en contra de los derechos humanos, no importa, y la gente se gusta incluso ese estilo más agresivo, las frases fáciles, el show mediático que genera”.

Puede ser que Bolsonaro tenga chances de vencer a Lula, pero también es cierto que sus mayores esperanzas están en el escenario sin Lula, donde él compite con la ambientalista Marina Silva, la principal voz de centro, y con João Dória Jr., el millonario lobbista y actual alcalde de São Paulo, el candidato preferido de los economistas neoliberales. Por ahora, los números le dan buena ventaja sobre esos dos, sobretodo por el hecho de que es el único del grupo con tendencia al alza en los últimos meses.