Si miras el firmamento buscando constelaciones, puedes encontrar la del Perro que te Mira Comer. No figura en ninguna carta astral porque no existe en realidad, así es que puedes orquestar las estrellas a tu amaño y tener desde el cielo tu propio perro estelar si unes los astros con líneas color celeste como lo hacen los astrólogos desde antiguo. Las noches te recordarán entonces que debes alimentar una pradera de estrellas con tu propio sustento, si te das el tiempo de aprender la manera de elevarlo desde tu espacio cotidiano hasta esa bóveda de la que formas parte, pero estás tan cerca de ti mismo que no puedes notarlo. Más imposible aún en una ciudad alumbrada de noche con las luces del jolgorio.

Para muchos –si bien otros muchos se blindan de ése y otros roces–, no hay nada más habitual que servirse algo en la vía pública, cualquier cosa, y que un perro callejero te esté mirando; te mire, te mire y te confunda. Te confunda con su amo que alguna vez tuvo o estuvo a punto de serlo; mal que mal compartes con la silueta de aquel otro ser humano el mismo tono terroso con que se dice ven los perros. Y te confunde su confusión humanizada y te apiadas en la medida justa que no exceda la porción que tenías por prescindible.

La situación trágica presente en esta escena es que el perro que te mira comer no es capaz de proporcionarse por sí mismo aquello que espera recibir de ti. No existe en el entorno ni nunca ha existido. No se alcanza saltando hasta una rama o escarbando la tierra. Ni es atinado sentarse a esperar que deje caer su fruto, por ejemplo bajo un semáforo. El paisaje construido simplemente no le ha sido apto, vejeta en él como en un asteroide deshabitado.

Realizas una ecuación libre entre tu hambre y la suya, eliges la tuya y estás a punto de engullir el último vestigio de tu bocado y desistes, avergonzado, y se lo das. Más vergüenza aún te produce tu mísera dádiva cuando el perro te adopta para siempre en su gratitud perruna y, peor aún, busca en tus manos vacías paliar la mezquindad con que se ha cruzado desde siempre. Clava sus ojos en tu rostro impávido. Entre los dos el más vivo seguramente sea él, en su orfandad deambulante y callejera, pero ni se te pasa por la cabeza porque nadie piensa nada de interés cuando un perro te mira comer, un acto tan insignificante que no lleva a reflexión alguna.

Haz desprendido aquella parte justa de tu merienda que tu conciencia te exige y tu voluntad consiente, y se la lanzas. Porque se lanza, no se pasa ni se entrega, menos se deposita. No es un compartir sino un ceder condescendiente. Tampoco es una ofrenda (ofrendar es una práctica en desuso por carencia de causas que la justifiquen). Después de todo el perro que te mira comer no es tu amigo, y de adoptarlo como tal en una condición siempre subalterna, sería una carga anunciada.

Hay algo que tú sabes y él no, porque su mente no lo procesa. Él no sabe que está vivo, sólo vive, y esa que lleva es la vida para él, su vida de perro. Como las plantas, los otros animales de la selva, del bosque, del campo, de la granja o de las urbes domesticantes, como las rocas o como tú, ese perro que te mira comer es sin embargo polvo de estrellas.

Y si diferente de la de esos otros que van a la peluquería canina o los pasean con una correa marica, su naturaleza no cambia un ápice. Constreñido a su piel sin valor alguno, el suyo es y será, con o sin pedigrí, pellejo.

No puedes arrojar un hueso a un perro callejero y esperar que no te siga. Viejo dicho en que claramente las partes se desenvuelven en un espacio abierto, público, donde siempre existe la posibilidad del escapar hacia el ámbito privado a condición de que las distancias lo permitan. Cuánto estará dispuesto a seguirte el perro callejero que te mira comer y atendiste en sus expectativas es un tema de distancias; mientras mayores sean, mientras más obstáculos en el camino, desinterés manifiesto, indiferencia o abandono, los afectos suelen dilatarse y quedar botados por ahí, perderse en una esquina en que alguno de los dos siguió de largo tras una nueva expectativa o en un solapado movimiento de escapismo… Y es que siempre los afectos son entre dos, no importa si se está en un grupo, un conjunto o se es parte de una muchedumbre.

Finalmente, acaso el perro que te mira comer seas tú mismo, que levanta la mirada buscando un gesto compasivo, pero al pretender lanzarte el último bocado por tu propia supervivencia, descubres que ya la costumbre te ha anquilosado la pata.