La supuesta objetividad que ostentan algunos medios y algunos profesionales de las comunicaciones, sobre todo periodistas, es quizás una de las dinámicas que más daño le hace a la construcción de relatos en nuestra sociedad.

Entender que establecer un hecho desde cualquier mirada implica subjetivar dicha situación -más aun si es que la lectura que hacemos de ese objeto subjetivado la planteamos desde nuestra propia mirada- es uno de los elementos claves a la hora de desarrollar una correcta dinámica comunicacional, además de incorporar la idea de que ésta nunca va a estar exenta de errores.

La construcción de un relato desarrollado por algunos profesionales de las comunicaciones, encubiertos en su pseuda objetividad, resulta limitante en la percepción por parte de las audiencias y, peor aún, empobrece la posibilidad de establecer un análisis y juicio crítico desde la perspectiva ciudadana que consume y conforma ideas a partir de lo expuesto por ellos.

Uno de los casos más emblemáticos que me ha tocado observar es cómo ejecuta su rol la periodista Pilar Molina en los distintos medios en los que se desempeña. Ella plantea sus ideas como si fueran objetivas, no entendiendo que la comunicación por sí misma, como ya expliqué, es un acto subjetivo que se desarrolla desde nuestra capacidad de lenguaje y que se somete al entendimiento, también subjetivo, de quien recibe el mensaje. Molina se plantea en una suerte de auto creencia en que ella no tiene un gusto personal, ni una ideología, ni valores ni nada que pudiese influenciar su manera de plantear una realidad “X”. Desde ese escenario es que desarrolla sus preguntas, sus intervenciones y sus planteamientos frente a las temáticas propuestas por los lugares en los que trabaja.

La señora Molina se ha visto más de una vez emplazada en su rol de periodista por no asumir sus pensamientos y éste es exactamente el punto que me interesa destacar. El problema no es que tenga un pensamiento específico, lo que se le cuestiona es que trate de hacernos creer que ese pensamiento no influye en cómo se plantea laboralmente.

Nuevamente nos vemos enfrentados a una suerte de contradicción vital en el mundo mediático, donde se nos hace creer que un rol tiene una virtud, la de la objetividad, y eso en sí resulta imposible.

Si Pilar Molina se asumiera como una persona con una clara ideología política, podría desarrollar su rol con mayor tranquilidad y así establecer sus comentarios entendiendo desde dónde y de quién vienen. Cuando ella trata de ponerse como alguien que relata y describe hechos sólo limita el entendimiento por parte de quienes vemos su performance y se expone a una clara falta de credibilidad hacia un porcentaje no menor del público.

Esto que se ha visto más de una vez en programas políticos también se da en otras áreas del mundo de los “mass media” y hay situaciones concretas de la historia reciente de nuestro país donde se puede comprobar cómo el ámbito de la prensa y las comunicaciones se han visto intervenidas por ideologías, en general acordes a intereses que van más allá de sólo informar. Caso emblemático es lo que ocurrió con El Mercurio antes del  golpe de Estado y durante toda la dictadura. Eso que pareciera ser parte del pasado sigue ocurriendo el día de hoy, esta vez en función de consolidar y naturalizar el pensamiento y la filosofía neoliberal, donde la mayoría de los discursos se establecen a partir del éxito económico y la libertad de consumo.

Tenemos que entender que las diversas miradas, incluso las que no nos representan, siempre son buenas, porque amplían las ideas propias o permiten arraigarlas con mayor fuerza.

Evidentemente que cada una de las figuras mediáticas que pululan en nuestro pequeño mundo del espectáculo -en el que, al ser pequeño, caben todos- no quieren ser vistas como seres con creencias o pensamientos que pudiesen resultar controversiales. Las ideas sólo pueden ser expuestas si se desarrollan en el ámbito de lo correcto, no molestan a nadie y son aceptadas por las elites más conservadoras de la sociedad, que ostentan los recursos monetarios para auspiciar un programa.     

La prensa y los medios no son inocuos, la televisión menos y quienes trabajan o hemos trabajado ahí sabemos que se establecen lineamientos editoriales muy claros e imposibles de quebrar. Algunos medios ya no sólo son parte de las industrias culturales, son empresas con claros fines de lucro. El problema, para mi gusto, radica en que nunca dejan de pertenecer a su condición de origen que es la de establecer relatos, cánones estéticos e ideologías. Finalmente, lucran con el acondicionamiento a una sola visión de realidad por parte de todos nosotros.