Hace más de un mes empezó la participación de Chile en la Copa Confederaciones y fue de las primeras veces que evité el programa futbolero de los canales de deportes y que incluso cambié la tele cuando empezaba el bloque deportivo en las noticias. Generalmente era al revés, iba persiguiendo con el control remoto los goles, las conferencias de prensa y los análisis. No solo quería ver cómo había sido el partido, sino también quería escuchar lo mucho que nos tenían que decir periodistas y ex futbolistas, que ya lo habían dicho todo pero que ahí estaban, sentados en las incómodas sillas de un estudio de televisión para decirnos de nuevo que qué bueno para la pelota que es Alexis, que cómo ganan línea de fondo los laterales chilenos y lo aplicada que es la defensa alemana. En este invierno, en esta nueva saturación mediática de la participación de la Selección Chilena en un torneo internacional, yo ya no quería más, me aburrí. Sentí, por primera vez, que ya no había nada más que aprender y que no era necesario ver una y otra vez los goles, ni ver y escuchar caleta de veces a ex futbolistas hablando de cosas irrelevantes.

La solución que tuve para librarme de la televisión, pero aún así seguir viviendo en la palabra futbolera, fue juntarme un lunes después del trabajo a conversar con amigos. Fue bacán porque hablamos del fútbol que nos gusta hablar: de futbolistas como Candonga o como Maradona, de la liga que perdimos contra unas personas desagradables que pasaron todo el partido tirándose al suelo y reclamándole al árbitro, de lo fea que es la camiseta de Arica, de lo machista que son los programas de fútbol al relegar a la mujer a leer tweets escritos por hombres comentando lo que otros hombres opinan con respecto a un tipo de fútbol jugado, dirigido, arbitrado y administrado por hombres, y de lo machista que estábamos siendo nosotros mismos al hablar solo de fútbol masculino y no invitar a ninguna mujer a nuestra conversación futbolera. Esa fue la dinámica y estuvo bien, pero el martes me fui a mi casa directo desde el trabajo, sin conversación con amigos y, mientras preparaba la once, irreflexivamente volví a la depresiva programación deportiva. Ese día el tema era: la inminente muerte del fútbol con la implementación del VAR (Video Assistant Referee). ¿La muerte del fútbol? A ver, espera, espera; espérense periodistas y ex futbolistas sentados en sillas incómodas. Están hablando de la muerte del fútbol. Esto no es algo menor, están diciendo que va a morir lo que les ha dado de comer a ustedes. Y no solo de comer, sino también les ha dado temas de conversación todos estos años, les ha dado sentido a sus vidas y ustedes lo están matando así como así, irremediablemente sepultando su fin, ¿no será exagerado?

El VAR es una novedosa herramienta referil que consiste en revisar por video una jugada en donde el árbitro pudo haber tenido un fallo erróneo, como cobrar un gol cuando había una infracción anterior del delantero o no cobrar penal cuando sí lo hubo, y enmendar así la equivocación. Entonces cuando dijeron que el fútbol se está muriendo con la implementación del VAR, dejé la palta que estaba moliendo y me pregunté: ¿dónde está el asesinato? La tele me respondió: “es que le quita la emoción. Nos hace esperar a que revisen si fue gol o no”. Y yo les respondí: “no estoy de acuerdo y voy a escribir una columna sobre esto”. Porque, a ver, ¿a qué fútbol nos estamos refiriendo? ¿Cuál es el fútbol que se está muriendo? Porque sí po, si hablamos del fútbol que inventó la tele, ese fútbol que no es un grupo de personas jugando a la pelota sino que es un fútbol telenovelesco, de emociones y sufrimiento, donde el partido vive en un relator que apela a anónimos televidentes desamparados que su felicidad supuestamente está supeditada al triunfo de la selección, a que Vargas defina bien al segundo palo cuando el arquero le sale a achicar, entonces sí po, ese fútbol puede llegar a morir, porque ese fútbol mediático vive del gol gritado a niveles acústicos no recomendados para el oído humano, del gol que recuerda lo sufrida, miserable y hermosa que es la vida en Chile, con tsunamis, terremotos, endeudados y copias del edén. Pero ahora, con el VAR, con árbitros revisando si el gol debería ser gol, ¿cómo vamos a apelar de forma espontánea, casi natural, a la felicidad precaria de nuestros telespectadores? ¿Cómo lo vamos a lograr si es que tenemos que andar esperando a que aprueben el gol, cómo voy a gritar, cómo me voy a desesperar, cómo voy a llorar? ¿Ah?

Si es que el VAR va a matar ese fútbol, bienvenida querida invención de la FIFA. Porque el fútbol, si no quedó claro, no es la emoción televisiva hollywoodense, no es el asado de Zabaleta, no es el gordo que bota su vaso de Coca Cola por gritar el gol frente a la pantalla, no es Cristiano Ronaldo haciendo gritos guturales frente a una cámara celebrando el gol que le va a dar el Balón de Oro por como, no sé, cuarta vez o quinta o sexta, la verdad ni me importa, que tenga los balones de oro que quiera, total el fútbol es mucho más. Es la conversación del lunes con los amigos, es la razón de por qué el recreo era la parte más importante del día, es estar apretado saltando y cantando desafinado en una galería, es el bullying que te van a hacer al otro día porque tu equipo de nuevo perdió, es abrir las piernas para dejar pasar la pelota y sorprender a la persona que te estaba marcando porque pensó que tú no la ibas a dejar pasar, es pegarle una patada de vuelta a un loco que entró mal en la jugada anterior y mil cosas más. Pero la tele y sus clímax forzados, la tele y sus personas habladoras, no. Ése no es el fútbol que logra ser el deporte más bacán del mundo, así que VAR, quédate tranquilo, no estás matando lo importante.


Sóciologo, escritor e hincha de la UC