Este mes de julio -que ya se va- empezó con la prensa deportiva de Brasil presentando algunos buenos documentales y reportajes recordando los 35 años del Mundial de España ’82. Por supuesto, para alabar el inolvidable equipo de Telê Santana, que tenía una de las mejores líneas medias de todos los tiempos, con Toninho Cerezo, Falcão, Sócrates y Zico.

Siempre que los brasileños recuerdan a aquel mágico equipo -y no son pocas las veces en que lo hacen- surge la inevitable comparación con el equipo más espectacular de la historia del fútbol: el de México ’70, que tenía a un Pelé en su mejor momento, acompañado por genios como Jairzinho, Tostão, Rivellino, Gérson, Torres y otros.

Hay una cierta fascinación acerca del equipo de Sócrates y Zico, que si bien mostró un fútbol lindo de recordar, no es similar al equipo de Pelé ni en términos de resultados ni de calidad futbolística.

Lo que hace comparable el cariño y el respeto que los brasileños tienen por uno y otro equipo es lo que sus protagonistas hicieron también fuera de las canchas, y quizás los distintos momentos políticos del país.

El Brasil del ’70, el equipo de los cinco camisas 10

Brasil llegó al Mundial de México ’70 con el equipo más completo y brillante de su historia, defensiva y ofensivamente. Pelé vivía su auge futbolístico y tenía a su alrededor los mejores jugadores brasileños de aquel momento. Ante la duda sobre cuales virtuosos llevar a Norteamérica, se optó por convocarlos a todos y además a encajarlos en el equipo titular.

Eran cinco los jugadores que actuaban originalmente como enganches y que jugaban con la camiseta 10 de sus respectivos clubes, aunque cuatro ellos aceptaron cumplir otro rol en el Scratch: Jairzinho (10 del Botafogo) se hizo punta derecho, Gérson (10 del São Paulo) fue un volante más retrasado, Tostão (10 del Cruzeiro) actuó de centro delantero y Rivellino (10 del Corinthians) fue el punta por izquierda. Todo eso para que Pelé (el 10 del Santos y de la Selección) pudiera ser el director de la orquesta verde-amarela.

El equipo fue diseñado así por João Saldanha, un periodista que fue nombrado director técnico un año antes, y que clasificó a los brasileños en un grupo con Paraguay, Colombia y Venezuela, logrando seis victorias en seis partidos, anotando 23 goles y sufriendo solamente dos. Sin embargo, a la dictadura militar que gobernaba Brasil por aquel entonces le incomodaba que Saldanha, un reconocido militante comunista, pudiera adjudicarse las glorias de un posible suceso deportivo en el país azteca.

Conocedor de la personalidad fuerte del periodista, el general presidente Emílio Garrastazu Médici impuso a la CBD (Confederación Brasileña de Deportes, entonces presidida por João Havelange) un par de nombres en la convocatoria final para el Mundial, alegando que el equipo necesitaba ser más representativo de la diversidad regional del país. Saldanha no los aceptó y renunció al cargo. En su lugar asumió el entrenador del Botafogo, Mário Jorge Zagallo, quien lograría ser el primero en ganar mundiales como jugador y entrenador – había estado en las canchas de Suecia ’58 y Chile ’62, cuando Brasil alcanzó el bicampeonato.

El Brasil del ’70 atropelló a todos sus adversarios en la cancha. Superó al campeón defensor Inglaterra en fase de grupos. Eliminó al mejor Perú de todos los tiempo en cuartos, y al derrotar a Uruguay en la semifinal pudo finalmente vengar el Maracanazo de 20 años antes. En la final contra Italia, una goleada por 4-1 con actuación soberbia de Pelé, coronado definitivamente como el Rey del Fútbol.

Pelé

Pelé y los demás atletas de aquel seleccionado, al igual que el entrenador Zagallo, no tenían grandes ambiciones políticas o posturas más elocuentes. Para los militares, eso fue una ventaja, ya que hizo relativamente fácil usar aquel logro deportivo como instrumento de propaganda de lo que se denominó entonces el “Milagro Brasileño”, época en que una fuerte inversión estatal logró con que el crecimiento del país saltara de un 9,8% al año en 1968 para 14% en 1973 -aunque con la inflación pasando de 19,46% en 1968 a 34,55% en el mismo periodo y la concentración de renta y la desigualdad también creciendo, situación que empeoraría más a partir del año siguiente, debido al shock mundial del petróleo.

El Brasil del ’82, los cracks del retorno a la democracia

Doce años después del tricampeonato, Brasil llevaría a España otro equipo de fútbol encantador, sobretodo por sus volantes creativos, capaces de dibujar jugadas casi artísticamente en el césped. La fórmula adoptada por Telê Santana era similar a la del ’70, aunque no trajo necesariamente los camisas 10, pero sí a cuatro jugadores que eran los responsables por armar las jugadas en sus respectivos equipos: Toninho Cerezo (Atlético Mineiro), Falcão (Internacional), Sócrates (Corinthians) y Zico (Flamengo).

Sin embargo, el equipo tenía ciertos desequilibrios: el arquero (Valdir Peres) y la dupla de defensores (Oscar y Juninho) no tenían la misma calidad de los de adelante, los laterales iban al ataque, cumpliendo con la mejor tradición brasileña, pero carecían de la cobertura adecuada. Esos errores fueron bien aprovechados por una Italia que alcanzó en Barcelona su venganza de la derrota en el Estadio Azteca. Brasil perdió claramente ante la escuadra de Zoff, Gentile, Cabrini y Paolo Rossi -este último autor del triplete que decretó el 3-2 final-.

El resultado sonaba sorprendente, porque la Azzura pasó la primera fase con tres empates (contra Polonia, Perú y Camerún). Sin embargo, en aquel día ellos fueron superiores a los verde-amarelos, y estuvieron adelante durante casi todo el trámite del partido. A Brasil le costó muchísimo remar desde atrás contra un equipo bien parado en defensa, y aunque logró el empate dos veces, no tuvo físico ni ideas para llegar a la remontada. Demás está recordar que aquella victoria sería la inyección anímica que impulsaría a Italia al título del certamen, su tricampeonato, igualando a Brasil.

Días después de la frustrante eliminación, los jugadores brasileños volvieron a su país para otra campaña en la cual también lograron conquistar el corazón de su pueblo. En aquellos años, Brasil vivía la transición hacia la democracia, y en el Congreso se estaba discutiendo la fórmula por la cual se elegiría el primer presidente tras el régimen militar: si sería a través del sufragio directo de todos los ciudadanos o a través de una elección indirecta donde solo los parlamentarios podrían votar para elegir el primer presidente civil tras más de dos décadas.

En ese contexto, algunos jugadores brasileños se cuadraron con la campaña “Diretas Já”, creada por algunos movimientos políticos pidiendo elecciones directas para presidente. Falcão y Zico fueron dos de los que se sumaron a la causa, aunque fue Sócrates el que más se destacó en ello. Paralelamente a la campaña, el volante lideraba en su club un movimiento llamado “Democracia Corinthiana”. En ese entonces, el Corinthians sufría con una crisis administrativa, la que Sócrates aprovechó para imponer su liderazgo y crear un sistema donde los atletas y demás profesionales ligados al fútbol, incluyendo fisiologistas, utileros y otros, tenían derecho a votar para tomar las decisiones relativas al equipo: cuándo y dónde concentrar, si había que priorizar uno u otro campeonato, o contratar refuerzos, etc.

Con el apoyo de Zico y Sócrates, los ídolos principales de las dos hinchadas más grandes del país -el Flamengo y el Corinthians poseen más de 30 millones de hinchas cada uno-, “Diretas Já” logró llevar su mensaje a los sectores más pobres del país, y con la “Democracia Corinthiana” también se alcanzó el efecto didáctico de enseñar sobre la importancia de la democracia a una sociedad que vivió los últimos 20 años bajo dictadura. De esa forma Brasil conocía a un nuevo tipo de ídolo: el futbolista con posicionamiento político, algo que antes era más común en los astros de la música o de los escenarios. Jugadores emblema de equipos rivales, como Corinthians y Palmeiras, Flamengo y Fluminense o Grêmio e Internacional pasaron a hablar juntos en eventos políticos masivos en las grandes capitales del país. Era otro tiempo, donde el fútbol y la política podrían andar mezclados sin problemas.

Socrates

Con esos buenos aliados comunicacionales, la campaña “Diretas Já” logró romper la censura que había en los medios y llevar millones a las calles en favor de la transición vía voto popular. Pero a pesar de ese apoyo masivo, nuevamente el desenlace sería en frustración. El proyecto de elecciones directas necesitaba el visto bueno del Congreso para prosperar. En ese escenario, los parlamentarios tenían dos posibilidades: aprobar el proyecto que las calles demandaban o quedar con el privilegio de elegir entre ellos el nuevo presidente.

En abril de 1984, pese a que la mayoría de los diputados prefirió votar en favor del anhelo popular (fueron 298 por el sí al proyecto, 65 por el no y 3 abstenciones), la propuesta fue rechazada por no lograr los 320 votos necesarios. Opositores al régimen acusaron a la mesa diretora de la Cámara de Diputados, dominada por oficialistas, de cambiar sorpresivamente las fechas de votación, haciendo con que 112 parlamentares no pudiesen votar.

Sócrates, quien había prometido quedarse en Corinthians y rechazar el fútbol europeo si el proyecto fuera aprobado, decidió marcharse a Italia, rumbo a la Fiorentina, mientras que Zico fue a la Udinese poco después. Allá se juntaron a Falcão, que estaba en la Roma, y a Toninho Cerezo, que jugaba por Sampdoria. Dos años después, Italia tenía reclutadas a sus principales víctimas de España 1982.

Al año siguiente, el Congreso brasileño elegiría a Tancredo Neves (abuelo del actual líder de la derecha brasileña Aécio Neves) como su primer presidente civil tras 21 años, pero este no alcanzaría a vivir para asumir el cargo. Neves, fue internado días después de su victoria electoral, debido a una infección intestinal, falleciendo al mes siguiente. José Sarney, quien componía su fórmula como vicepresidente, fue quien se ganó el puesto durante todo el resto de la década de los ’80.