Cuando la Roxi llegó a vivir al campamento San Francisco, el más grande de San Bernardo, le dijo a su hija, Estrella Lucero Consuelo, de tres años, que este nuevo hogar era una casa de muñecas, su casa de muñecas, y que jugarían eternamente entre las macizas, maderas y planchas de zinc clavadas desordenadamente para dar vida a este territorio de juego y fantasía. Pero en un momento, cuando Estrella creció, descubrió que su casa en realidad no era una casa de muñecas, sino una de las tantas mediaguas que acogen en su campamento a trescientas familias de las más pobres de Chile, esas familias a las que su mamá, la Roxi, les cobra sagradamente la cuota de quinientos pesos mensuales para postular a las viviendas definitivas que les entregarán las dignidad que merecen.

Campamento San Francisco / Richard Sandoval

Con los años y el esfuerzo, Estrella también comprendió que su estadía en medio del barro, la humedad y las instalaciones eléctricas más atractivas para un incendio no sería eterna, porque su mamá, la Roxi, con sólo 31 años, lo logró. Estrella sabe, mientras escucha el reggaeton “Me rehúso” con una tía de su edad en su pieza, que gracias al trabajo social de su madre, esa madre que ya a los 24 años se convirtió en la más joven dirigenta del campamento para llegar luego a ser presidenta, faltan sólo un par de semanas para que se inicien las obras que las llevarán a vivir en una nueva villa, con casas de tres pisos y hasta 62 metros cuadrados; y también sabe que cuando comiencen las obras, en agosto, harán una gran fiesta en la sede social, donde podrá bailar con más fuerza que nunca la canción del momento, esa que le recuerda que es una adolescente como cualquier otra, una adolescente que tiene tantos sueños que desde ahora podrán ser un poco más posibles.

Estrella quiere ser ingeniera, chef o contadora auditora. Lo suyo son las matemáticas, y gracias a su promedio de 6,4 ha recibido un notebook y el apoyo monetario del Estado que en algo ayuda a su mamá a parar una casa en la que también aporta Miguel, su padrastro, mecánico. Su padre biológico no existe, Miguel y Roxi son sus padres, y por ellos también lucha. La batalla la lleva en la sangre, y ya en octavo básico es la presidenta de su curso. Lo único que le piden en su casa es estudiar y hacer su pieza, pero hace poco echó a perder el celular de su mamá y, como forma de resarcir la pérdida, la Roxi la llevó a trabajar con ella, en el living de su casa, ahí donde se pasea el gato familiar con una herida recién hecha por alguien que le lanzó agua caliente vaya a saber uno dónde. La Roxi hace piñatas, en realidad hace los troncos de las piñatas, con papel de diario y engrudo. Luego, los entrega a la persona que las decora y las pinta para convertir las estructuras en un minion o una chancha Pepa. Por cada base de piñata que entrega, la Roxi recibe doscientos pesos diarios, y al día, entrega entre quince o veinte. Pero para producir más, no sólo necesita que la ayude su hija, sino también el sol. El engrudo no es como la cola fría y requiere calor para secarse. Por eso quedó tan atrasada cuando la sorprendió la nieve hace un par de semanas, esa nieve que tiñó de blanco todo el campamiento, mimetizándolo entre las otras poblaciones del sector, las que tienen alcantarillado y agua potable, hasta que el hielo se empezara a derretir. Cuando eso pasó, las pozas con agua estancada por meses recordaron que las calles aquí son de tierra, y que las paredes tienen hoyos, por donde el frío que azota por debajo de los cero grados se mete sin discriminar niños, ancianos o embarazadas.

Roxana Toro / Richard Sandoval

Pero la Roxi, Roxana Toro, presidenta del Comité de Allegados y personas sin casa La Esperanza, sonríe. No para de reír. Dice que las casas a las que se irán son “muy guapas”, y asegura que –en tanto- cada que vez que sea necesario va a tomar el martillo, “porque las mujeres somos las que tomamos los martillos en los campamentos mientras los hombres trabajan”, para evitar alguna gotera, y cada vez que sea necesario va a llenar de parafina una estufa que nunca parece dar abasto. A la hora de dormir, no hay lugar para calienta camas, la Roxi les tiene terror. El fuego, que hace dos años consumió ocho casas en pocos segundos, es su principal miedo, y hay que tratar de espantarlo por todos los medios. En invierno la vida es más difícil en el campamento. Para ducharse, hay que calentar el agua y trasladarla con tarros, y salir al baño de pozo por las noches más frías puede espantar hasta al más pesado sueño. Por eso hay tanta alegría cuando se recuerda que en agosto se podrán las primeras piedras de casas que no han podido tener en una década, casas negadas desde el 2007, cuando tuvieron que clavar rotas banderas chilenas sobre precarios tejados todos los que no contaban con ahorros para un subsidio, todas las que se quisieron ir de la casa de sus padres pero no podían pagar arriendos de ciento cincuenta lucas.

Roxana no pierde la sonrisa, y no la pierde porque siempre ha sido valiente, desde el colegio, donde era “la defensora de las causas perdidas”, donde se agarraba a combos con sus compañeros hombres para defender a sus amigos molestados por gordos o por feos, donde se agarró a puñetazos cuando un bravucón le lanzó al suelo un cuaderno que se había comprado con su propio trabajo.

Porque la Roxi trabajó desde siempre. Tenía apenas nueve años cuando le empezó a sacar a escondidas a su padre los confites que no vendía. Y así empezó a subirse a las micros para vender galletas, helados y alfajores. “Los otros comerciantes me cuidaban”, cuenta, pero no siempre pudieron estar. A Roxana la intentaron abusar tres veces en la calle, y siempre tuvo que correr solita, arrancar, gritar y caminar por el medio de la calle para zafar. “Porque mi papá siempre me dijo que si alguna vez me hacían algo tenía que caminar por el medio de la calle, aunque vinieran autos”. La Roxi pololeó con un chofer de micro, y un tiempo se dedicó a cortarle los boletos en la 686, que la llevaba desde San Bernardo hasta Quilicura una y otra vez. En ese tiempo, jamás imaginó que llegaría a viajar hasta México, país que conoció cuando fue a un encuentro de dirigentas sociales latinoamericanas, donde comprendió que la carencia de vivienda digna puede ser incluso más catastrófica en otros países. Allá, adonde la llevó el Techo –que además fue el patrocinador del proyecto de viviendas que ganaron-, también comprobó que no sólo en Chile “las dirigentas somos puras mujeres”. Son las mujeres que como Roxana tuvieron que superar tanto: dos años en un internado donde puso el rostro para que le pegaran a ella en lugar de sus otras dos hermanas cuando perdían un calcetín; la violencia intrafamiliar de su casa, donde tuvo que enfrentar a golpes a su padre cuando se armó de valor a los 14 años con el fin de detener el abuso; y la imposibilidad de terminar el colegio de forma regular cuando quedó embarazada, a los dieciséis años.

“Las dirigentas somos puras mujeres”, dice Roxana Toro

Pero la Roxi, como tantas dirigentas de causas perdidas, nunca aflojó ni siquiera un centímetro. Terminó el colegio en una escuela nocturna, y hoy con la mente puesta en su nueva casa reafirma con más convicción que nunca su más preciado sueño, ese que el destino de la desigualdad la hizo postergar: estudiar para ser asistente social. “Tengo la mitad de la carrera hecha”, dice, y tiene razón. La Roxi sabe de carreras, no por nada en la enseñanza media era atleta, no por nada conserva tres medallas por destacarse en la posta y en los 100 metros planos. Y la Roxi también sabe de garra, de ganar a su manera, no por nada esas medallas las consiguió corriendo a pata pelada. “Así estaba acostumbrada a correr, las zapatillas me molestaban, y en plena carrera me las saqué y seguí corriendo, mejor. Así gané”.

Roxana va a cumplir su sueño, y dice que lo va a hacer a su modo, sin ayuda de nadie, de la misma manera que ha logrado ser feliz. “Soy feliz, obvio que soy feliz, tengo una hija, una pareja, vida y salud. Me creo una mejor persona que cuando era chica. No soy mala ni aprovechadora. Soy un aporte a la sociedad, y eso me llena. Lo único que quiero es entrar a la universidad y que mi hija cumpla todos los deseos que se imponga”.

Todo Roxana lo habla con una chispa que enciende, como sus mechas rojas. Una chispa que nos recuerda que ninguna causa está perdida, y que siempre se puede trabajar por ser feliz, felices, entre todos, por los que están y los que vienen, aquí, en medio del barro que se petrifica, y allá, donde casas de concreto esperan con calor y dignidad. Allá, donde Roxana no dejará de pensar en las 40 mil 541 familias que viven en los 702 campamentos de Chile, un cuarenta por ciento más que hace cinco años. Allá, donde Roxana no dejará de alzar la voz para vencer a la “la injusticia, la falta de oportunidades, la desigualdad de un país que te discrimina sólo por ser pobre”.