Sé que acostumbran oír, leer y dialogar fundamentalmente con abogadas y abogados. Me imagino que los estantes de sus oficinas deben estar atiborrados de códigos, revistas especializadas en derecho y, por supuesto, la Constitución Política de 1980, que debe estar en una ubicación privilegiada. Intuyo también que en sus días de vacaciones salen un poco de su rutina y disfrutan con una novela o algún libro “más relajado”, “más light”.

Todo ese aprendizaje, sin duda, los ha ayudado a ser más cultos. Pero ese conocimiento no es suficiente. Creo que fue Aristóteles -a quien de seguro han leído- el que dijo que la inteligencia consiste no solo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica.

Por eso me animo a escribirles esta carta abierta. Creo que es absolutamente necesario que, antes de decidir si el proyecto de aborto en tres causales es constitucional o no, esto es, antes de teorizar sobre la vida, las mujeres, los derechos y la constitución, conozcan la realidad. Mi realidad (que solo es una de muchas).

El Estado me obligó a experimentar a la fuerza un embarazo inviable. Tal imposición acabó con mi esencia en muchos sentidos. Mi vida cambió para siempre a partir de la 12° semana de mi embarazo, oportunidad en la mi doctor me comunicó el diagnóstico. El tiempo pasaba y yo no dejaba de experimentar una sensación de impotencia indescriptible. Pensaba día y noche (antes y después de mi embarazo), ¡por qué mierda me obligaron a vivir esto!

Pero eso no fue todo. Debí soportar la muerte de mi hijo. Una muerte que dolerá siempre; en lo más profundo de mi ser. A ustedes, ministras y ministros, les pregunto: ¿valió la pena el sacrificio que un país como Chile me hizo vivir a la fuerza? ¿Alguien ganó con todo esto? La respuesta objetiva, fundada en los hechos –la realidad, ¿recuerdan?–, es un rotundo no. Por el contrario, ¿pudo evitarse a una familia entera este sufrimiento? Claro que pudo, pero no pasó así.

Karen Espíndola con su libro “Mi Testimonio” (Ediciones El Desconcierto)

La cruda verdad es que me cagaron la vida. ¡Me la jodieron para siempre! Sí, porque después de seis años desde la partida de mi hijo hermoso, aún tengo crisis y arrebatos que no puedo controlar. Mis actuales siquiatra y sicólogo me dicen que esas crisis son causadas por haber vivido una situación en extremo traumática. No obstante, y a pesar que la exposición pública me ha afectado mucho en términos emocionales, he decidido seguir luchando por lo que creo justo. ¡Porque esta realidad en insoportable para las mujeres chilenas!

Pero no solo tengo crisis. También tengo rabia. Mucha rabia. ¿Cómo no tenerla si llevo largos diez años exponiendo mi vida para intentar que cambie esta realidad de mierda que vivimos las mujeres chilenas? ¿Cómo no tenerla si en Chile nuestros cuerpos y vidas son propiedad del Estado? ¿Cómo no tenerla si la exposición pública ha significado tener que soportar sicópatas y fundamentalistas religiosos que me tildan, sin más, de asesina, enferma, genocida, nazi y cuanta barbaridad se les pueda ocurrir? ¿Cómo no tenerla si durante este tiempo he conocido tantos casos de mujeres que han debido soportar, a la fuerza, lo mismo que yo? Día a día me pregunto, ¿A cuántas el Estado nos arrebató nuestros sueños y esperanzas? ¿A cuántas más les seguirán cagando la vida?

¡Era mi vida, por la cresta! ¡Es la vida de mujeres que no buscaron pasar por esta traumática experiencia! ¡Déjennos decidir si solo nosotras seremos las afectadas por el resto de nuestras vidas!

En fin, antes de votar, reflexionen en conciencia. Si son capaces de dejar de lado sus convicciones religiosas y sus eventuales lealtades políticas, y se limitan exclusivamente a razonar en estricto sentido jurídico, solo cabe actuar con prudencia y refrendar las tres causales aprobadas democráticamente luego de un eterno debate parlamentario. Sí. Las tres causales. No una ni dos. ¡Todas!

Si no lo hacen y deciden darle la espalda a una gran mayoría ciudadana, sabremos algo evidente: que no fueron capaces de sacarse el sesgo religioso (aunque, por pudor o deshonestidad intelectual no lo reconozcan explícitamente); que no actuaron como jueces, sino que como políticos; que no les importó saber que todos los organismos internacionales han declarado que obligar a llevar a término embarazos en estas tres causales significa para la mujer un trato inhumano, cruel y degradante; que no les importó dejar a Chile nuevamente en ridículo ante el mundo (como lo hizo el Tribunal Constitucional con el fallo de la píldora del día después); y que, en definitiva, no les interesa contar con una mínima legitimidad social

Pero yo aún tengo esperanza. ¡Este proyecto es constitucional aquí y en la quebrada del ají! Si dicen lo contrario, será mejor que ordenen sus cosas y piensen que pronto deberán cerrar la puerta del Tribunal Constitucional por fuera. La ciudadanía ya lo tiene claro. Y yo creo que ustedes también.


Activista y vocera del candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami. Autora del libro " Mi Testimonio, Aborto, Estado e hipocresía en Chile"