Miles de mujeres lo dijeron nuevamente a lo largo del país: las mujeres abortamos. Algunas lo hacen mediante las facilidades y privilegios de su elite y otras -las que “podemos”- iniciamos la odisea de encontrar las pastillas milagrosas. A otras simplemente les llega la maternidad, “la mayor bendición que puede tener una mujer”.

Porque la maternidad es una encrucijada que nos ha tocado a todas las mujeres, desde el atraso de casi una semana hasta la decisión y responsabilidad de querer ser mamá. Por mi parte me quedo con el tema del atraso. Por suerte soy universitaria y feminista así que cuento con una red de apoyo y de seguridad, mujeres que me brindarían el espacio necesario para navegar por la clandestinidad y el estigma social que significaría abortar. Sí, para variar más trabajo y responsabilidad de mujeres.

Solo por esa posibilidad soy una privilegiada, siendo parte de un selecto grupo de mujeres que puede decidir cuándo vivir el magnífico esfuerzo que significa ser mujer y madre en este país, de ser ciudadana de segunda clase y además con la solitaria responsabilidad de otra vida, porque a la derecha y a la iglesia les encanta defender la vida de un feto o como dicen ellos “el niño que está por nacer”, pero no les interesa construir una vida digna para la infancia y las mujeres. Solo les interesa darnos bonos y subsidios, para así perpetuar el sistema de doble explotación que viven muchas dueñas de casa y trabajadoras.

Bajo esa misma vulnerable y precarizada maternidad obligatoria que viven muchas mujeres, no es coincidencia que la mayoría de los embarazos adolescentes no provienen de comunas privilegiadas como Las Condes, Providencia y Vitacura que solo tienen el 3% de ellos, sino de comunas como San Ramón, Padre Hurtado y Cerro Navia que poseen el 20% de los embarazos de mujeres menores a 18 años.

Ya somos muchas y muchos quienes somos conscientes de la violencia de este sistema, la competencia y la poca solidaridad que son pan de cada día. Para nosotras las mujeres que no somos de la elite de este país es peor aún, ya que nos hacen competir entre nosotras, entre quienes tenemos el clandestino derecho a decidir y las que no. Vemos como algunas por haber nacido en ciertas comunas tenemos distintos destinos que nos determinan brutalmente, siendo la maternidad obligatoria la herramienta más eficaz de la violencia machista estructural e institucional.

No quiero desmerecer a mis compañeras que decidieron ser madres, las admiro a cada una de ustedes por asumir el espléndido rol maternal y por cómo lo llevan a cabo con alegría y convicción las veinticuatro horas de cada día del año. Gracias a ustedes y mi propia madre, me he dado cuenta que la maternidad no es solo una foto en Instagram, una salida al cine o un paseo por el fin de semana, es mucho más que eso y las mujeres somos más que un útero, prestamos más que el cuerpo, prestamos nuestra vida entera para la formación de nuevas vidas.

Ante tantas y diversas causales, las mujeres abortamos y seguiremos abortando con o sin el permiso del Estado, lo que potenciará aun más la diferencia entre mujeres por su condición socio económica y geográfica. De más está decir que aquellas que son de región o áreas rurales poseerán menos redes y contactos para llevarse a cabo un aborto.

En esta realidad es brutal cómo el Estado niega un servicio igualitario de salud. Peor aún es ver cómo parlamentarios y dirigentes de derecha continúan hablando de religión y moral sobre problemáticas médicas que involucran a la mitad de la población chilena. Sistemáticamente se nos violenta solo por el hecho de ignorar realidades que ocurren cotidianamente, por negar e ignorar las condiciones de abuso sexual en los nichos familiares y por las distintas causales que pueden llevar a una mujer a realizarse un aborto.


Concejera Fech