En medio de la vorágine de las velocidades mega y de los torbellinos de gigas, el nuevo Chile se perfila como una sociedad tecnológica, conformada por ciudadanos globalizados y con horas de conexión a la red computacional mundial, a la altura de un europeo o de un norteamericano sajón cualquiera. La globalización ha significado la democratización de las identidades subjetivas. El anhelo altruista de la igualdad soñada y nunca alcanzada, ni por economistas, ni por los ilustrados, ni por los seguidores de Marx, lo ha venido a lograr la tecnología de la fibra óptica. La “aldea global macluhiana” nos aplana por igual a todos en el campo electrónico de la realidad virtual.

Lo privado se extiende hacia lo público y nos sobre exponemos a nosotros mismos y nuestras pasiones íntimas se dispersan en sistemas binarios de electrones configurados en forma de bites, o sea, ceros y unos. Tendemos a convertirnos en electrones de una corriente alterna. Y el sistema es la placa madre donde todos nosotros, no somos más que circuitos integrados y transistores bipolares.

En el nuevo devenir de imágenes fluyendo, todo es consumible y desechable. La nueva mercadería es la información digital de un capitalismo cognitivo y el marketing es el nuevo edén de la publicidad icónica, omnipresente y todopoderosa.

En esta nueva democracia inalámbrica, anti participativa, nuestra identidad es como el último jirón de las ropas de un ciudadano vestido de una modernidad que se saltó quince siglos, desde una Antigüedad protocristiana, una Edad Media Inquisidora, hasta un Renacimiento clasicista antropomórfico. Ahí aparecimos nosotros, hace apenas quinientos años.

La admiración del navegante europeo, por la salvaje fuerza indómita del pueblo araucano y por la belleza de la mujer nativa, lo obligan a permanecer y hacerse conquistador de esta tierra idílica, contra las penas del infierno mismo si es preciso, naciendo así, el pueblo chileno. Ese es nuestro origen: aventurero, aguerrido, arrojado, heroico, épico. Ahí yace oculta nuestra identidad.

La identidad chilena, desintegrada en esta modernidad trasplantada, aún se mantiene viva, en símbolos socioculturales que son cada vez más escasos y difícil de ubicar geoespacialmente: la bandera; un partido de la “roja”; los chistes de la rutina de un humorista en el Festival de Viña.

Las nuevas generaciones bailan al ritmo incandescente del reggaeton, indiferentes al colapso de las tradiciones, con los sentidos obnubilados bajo el monopolio solipsista que impone el teléfono inteligente. La apatía envuelve su falta de motivación y la debilidad de una sociedad que no ha sabido defender su memoria y ejercer la justicia que la historia demanda, para superarse a si misma, les carcome por dentro.

Recuperar esa entropía perdida de valores y principios, no se logra con un libro, ni con un artículo, ni de un día para otro. Ese tomar conciencia no es fácil, porque hay un sistema detrás, confabulado en boicotear la libertad de pensar por sí mismos. La maquinaria hardware instalada a nivel mundial, no da tregua a las mentes juveniles y las captura desde temprana edad, coartándoles la posibilidad de despertar.

La eficacia implacable del sistema, en sobornar y seducir a la voluntad, la que cae presa del entretenimiento fácil y de la distracción permanente, es más fuerte, mientras más imperceptible.

La delincuencia es una salida inevitable en una sociedad que cultiva las condiciones para que aflore la marginalidad y en donde se instaura una ideología económica que solo intensifica la brecha insalvable entre ricos y pobres y las diferencias palpables, en cuanto a la calidad de los recursos y oportunidades, están a la vista y no hay como soslayarlas.

La diferencia de clases no existe en la red, donde todos accedemos a ella en iguales condiciones, en una integración simbólica. Pero en el diario convivir las clases sociales siguen operando más delimitadas y demarcadas que nunca.

La segmentación en la ciudad opera irrefrenable y los traslados diarios de personas en el tren subterráneo muestra sucesos urbanos que denotan, claramente, esas diferencias.

Los mercenarios abordajes a los carros del Metro en las horas punta de mañana, o los resignados recorridos del Transantiago, movilizan a la gran masa trabajadora empleada, desde la periferia hacia el centro y oriente de la ciudad, es decir, hacia los sectores de concentración de la actividad civil y comercial, donde esta el capital. En ese mismo horario punta, el tren en dirección contraria, lleva notoriamente menos público en sus carros.

Fenómeno opuesto se produce en las tardes, en que se invierten los flujos de tránsito pedestre y los carros hacia el poniente viajan repletos de chilenos, con sus sueños tan apretujados como sus traseros. Sujetos alienados que vuelven desesperados a sus hogares a sentarse a ver televisión y poder descansar para recuperar fuerzas y agallas, cargar la batería del celular y del alma, para el siguiente día laboral.

Tenemos dos países conviviendo dentro de una misma ciudad.

La política está secuestrada, tomada como rehén por un sistema que colude y corrompe al que no tiene verdaderos principios de honestidad, de honradez, de honor, de confianza en la justicia, en el desarrollo social, en el sueño de un país para todos.

El hombre es un animal político, en palabras del filósofo estagirita Aristóteles. La política es el arte de gobernar. Así sea. Pero también es un derecho, una necesidad, un deber social, de todos, de cualquiera.

Cualquier estudio de las últimas décadas, confirma que la abstención va en aumento y el mayor porcentaje de abstención está en los jóvenes.

Limpiar la política es tarea de todos, pero principalmente de los jóvenes. Ellos tienen el poder y no lo saben, no lo usan. Se lo ceden a quienes ya han tenido el poder por mucho tiempo y no han sabido ejercerlo más que en beneficio propio.

El derecho a voto en la antigua democracia griega no era universal, sino solo para aquellos ciudadanos nacidos en la Hélade. Esclavos, mujeres y extranjeros no tenían participación en la administración de la polis.

Hoy ese privilegio es un derecho no ejercido por los jóvenes. Ojala pudieran entender que no participar es como decidir no tomar ninguna decisión, tomando una decisión. Decir soy apolítico es tomar una posición política. Cada día somos políticos representantes de nuestras propias vidas frente a los demás. Pero también debemos hacernos cargos de la política de nuestra ciudad y de nuestro país.