Me costó mucho tener una posición clara sobre el aborto. ¿A quién no le costaría? El debate fue llevado a un punto de discusión entre aquellos “santos” que defienden la vida, y las satanizadas “asesinas” que quieren abortar para no lidiar con las consecuencias de sus actos. Estar a favor implica estar a favor de la muerte. Esos son los términos en los que discutimos hoy en día, y no es fácil ver más allá de estos. La cuestión se esclareció cuando me di cuenta que estos términos son falsos.

Leí algo que finalmente aquietó aquellas nociones que ellos me habían dado, y me hizo ver que la discusión acerca del aborto no tiene nada que ver con el derecho a la vida. Me convenció un argumento de la feminista Judith Thompson. Trata de que un día, tras un secuestro, despiertas físicamente conectada a un famoso violinista que tiene un déficit renal. Tú no elegiste estar ahí y te dicen que, si te desconectas, él muere. Tú eres la única que puede mantenerlo con vida, y sólo tomaría nueve meses curarlo de su enfermedad. ¿Estás obligada a mantenerte conectada? No (a menos que consientas, claro). Más allá de lo fantasioso que es el ejemplo, lo importante es el principio que está detrás de esto: que el cuerpo de un individuo no puede ser empleado, sin su consentimiento, para sostener la vida de otro. El debate no se trata sobre la vida, como lo argumentan los senadores de derecha como el senador Espina o la senadora Van Rysselberghe, porque en ningún caso aceptaríamos que la gente fuese obligada a poner su cuerpo a disposición de mantener la vida de otro. La pregunta es sobre el consentimiento.

Los conservadores dirán precisamente que, si la mujer ha tenido relaciones sexuales, ha consentido al embarazo, como si en el caso del violinista hubiese consentido previamente a ser conectada. ¿Por qué creen que la mujer al consentir las relaciones sexuales consiente al embarazo? La idea de fondo (nunca explicitada, por cierto) es que una mujer sólo puede tener relaciones sexuales si el propósito final es la reproducción. Entonces, para los pro-feto, la mujer que aborta es una “suelta”. El tema no es el derecho a la vida del feto, sino las ataduras impuestas a la vida sexual de la mujer.

Aún si sostenemos esta tesis, en casos tan extremos como las tres causales resulta evidente que el aborto debiese ser una opción. En el caso de la violación, las relaciones sexuales claramente no son consentidas, por lo que no hay un consentimiento previo a ese embarazo. Este caso es precisamente el del violinista: te secuestran y te obligan a mantener la vida de otro, lo que es inaceptable. Las otras dos causales se caracterizan por ser embarazos que imponen a la mujer una carga muchísimo más pesada de lo normal. Por consiguiente, incluso si uno asumiera que la sola relación sexual implica consentimiento al embarazo, es obvio que este consentimiento no podría sino referirse a un embarazo normal. Por lo que estos dos casos quedarían afuera.

Por cierto, sin embargo, suponer que el simple hecho de tener relaciones sexuales implica consentimiento al embarazo es una intromisión inaceptable a la autonomía de la mujer. ¿Por qué la mujer no podría tener relaciones sexuales para otros fines? ¿Quién se cree que es el conservador para andar diciéndole a las mujeres con qué fines pueden tener relaciones sexuales? Es absurdo sostener esa tesis. Lo que nos lleva a preguntarnos, ¿cómo consiente la mujer al embarazo? La respuesta que es más razonable y que emplean la mayor parte de los países que sí tienen aborto legal es el sistema de plazos. Esto quiere decir que la mujer puede decidir abortar, por ejemplo, dentro del primer trimestre. Luego de ese tiempo se entiende que ha consentido al embarazo.

Esto parece ser bastante más razonable, al menos, si uno sostiene la revolucionaria idea de que las mujeres son, bueno, seres humanos, ¿o no?