-“Terriers” es tu segunda publicación. La primera fue “Incompetentes”, una novela.
-Una novela corta.

-¿Por qué ese apellido? ¿Cuál es la diferencia entre una novela y una novela corta, además de su extensión?
-Son las acciones, yo creo. En un cuento, sólo hay una acción, es decir, un cambio de estado. En una novela corta lo que se hace es profundizar en ese cambio de estado. La novela como tal es distinta porque pasan muchas más cosas: tres historias, por ejemplo, corriendo simultáneamente; hay dos o más acciones que intervienen la historia.

-Con “Terriers”, según me adelantaste, te mueves harto entre una y otra entrevista. Hay interés, desde la prensa, en saber más sobre tu obra. ¿Ocurrió igual al lanzar “Incompetentes”, el 2014?
-Cuando salió “Incompetentes”, en el momento del lanzamiento, ya existían copias disponibles para la venta. Di cinco entrevistas y sería. Ahora, el contexto es diferente. He tenido harta prensa, siendo que todavía no hay un lanzamiento oficial de “Terriers”. También noto que en redes sociales se le da harta cobertura, cuestión que no ocurrió hace tres años atrás. Considero que es porque antes yo no era nadie. Era el primer libro de una desconocida. Hoy, que existe ese antecedente, más gente sabe mi nombre y me imagino que desde ahí nace la curiosidad por “Terriers”.

-¿Tendrá que ver, además, con el alza de mujeres jóvenes en Chile escribiendo sobre Chile?
-Sí y no. Creo que cada autora está haciendo lo suyo. Dudo que sea parte de una movida intencionada, pero si nos quieren meter a todas en el mismo saco, para mí está bien. Todas estamos escribiendo en serio. Peor sería que nadie tuviera interés en nosotras.

-Por un lado, la mayoría de las obras lanzadas por escritores jóvenes remiten al espacio urbano capitalino. Son relatos que ocurren en calles céntricas, comunas periféricas, departamentos. “Terriers”, por otro lado, remite a territorios que están a más de 500 kilómetros de Santiago. Hay historias que se desarrollan en el desierto, el campo y pueblos chicos perdidos en el sur de Chile. ¿Por qué?
-No fue una decisión arbitraria que haya tomado antes de escribir los cuentos. Quiero decir, no lo pensé “ah, voy a escribir sobre todas las geografías que no son Santiago”. Llevo siete años viviendo en Santiago y todavía no se me ocurren cuentos que pueda localizar aquí. Mi imaginario todavía es muy campesino. Las historias que se me ocurren siempre remiten a la vida que viví en regiones. Y encuentro bacán tener esta mirada, en este lugar. Ahí reside el valor que puede tener mi literatura.

-¿En qué otras cosas se refleja este modo de pensar campesino al observar la ciudad?
-Hay asuntos que capturan mi atención de otra manera. Para darte un ejemplo, el cómo la gente trata a sus perros en Santiago es algo que despierta mi curiosidad. Las mascotas son una persona más. Al no tener patio en la casa o, derechamente, vivir en un departamento, los perros pasan encerrados entre cuatro paredes todo el día. Eso me sorprende harto. Además, hablamos de sólo un perro. En el campo, una familia puede tener cinco, seis o más, y corren todo el día, aleatoriamente, en jauría. Que a algunas personas les dé pena, en Santiago, dejar al perro afuera cuando hace frío me choca porque ¡Los perros son de afuera! ¡Tienen pelo! Están hechos para el exterior. O también, el luto por los perros. Esa actitud de “se murió mi perro, jamás podré tener otro” me es extraña. En el campo se te muere un perro, al rato llega otro, es tu amigo de nuevo. Es un vínculo distinto. Otra cuestión que constato en esta diferencia al percibir el mundo son las distancias. Los santiaguinos creen que todo está lejos, cuando la realidad es que no es para tanto. A veces alguien me dice “voy a tener que tomar la Línea 1 para llegar desde Moneda a Baquedano” y la verdad es que no están tan lejos. Se pueden caminar esas cuadras. Las estaciones de la línea 1 están todas pegadas.

-Convertirte en escritora, ¿era un proyecto? ¿Por eso estudiaste literatura?
-Me metí en literatura porque me gusta leer y escribir desde muy chica. La razón más pura de todas para perseguir una carrera. Sin embargo, también escribo desde siempre. Cuando leí Papelucho, hace muchos años atrás, creí que de verdad existía un niño cuyo diario de vida fue publicado y pensé “¡Yo también puedo hacer eso! También podría publicar un libro”, pero ser escritora fue algo que se dio, no más.

-Ya que citaste Papelucho, uno de los cuentos en “Terriers”, Marrón Glacé, está escrito de una forma que captura súper bien la mirada de una niña en una circunstancia adulta. Cuando lo terminé, de hecho, lo primero que dije fue “Esto es como un Papelucho”. Hay una candidez en “Terriers” que sorprende en comparación con obras escritas en el mismo tiempo, que tratan temas mucho más grotescos o tienen un carácter más serio. Escribir cosas más light, ¿fue meditado previamente?
-Depende del cuento. “Arizona” lo escribí a los 21 años y en el final, aun cuando ocurre una cuestión más o menos grave, da lo mismo y las vidas de los personajes siguen inalterables. Luego me di cuenta que todas las cosas que escribía tenían, más o menos, ese mismo tono. Más de la anécdota que del vuelco en la historia que lo cambia todo. En mis cuentos hay harto de las tonteras que hacía en la niñez, como repetir el nombre completo del chiquillo que me gustaba, o de las referencias pop de esa época. El mismo título de Marrón Glacé, que era una teleserie de gente que pasaba en matrimonios.

-¿Por qué escribir historias narradas, exclusivamente, desde la mirada de niños y adolescentes?
-En el proceso de elaboración de “Terriers”, pensé en algún momento en que podría cambiar de registro y salirme de este marco. Me pesó un rato, pero al final concluí que, estando “Terriers” en el mundo, ahora puedo enfocarme en explorar otras voces, otros narradores.

-¿Y por qué se llama “Terriers”?
-Una vez me pasaron un folleto en la calle sobre las razas de perro de Chile. El terrier es el perro chileno. En la descripción de ese folleto, decía que “el perro chileno es un animal de patas cortas y muy aguerrido”, y quería que el libro fuese de esa forma. Todos los personajes son niños. Patas cortas. Aguerridos.

-¿Muy difícil meterse en la cabeza de un niño desde la adultez para narrar sus historias?
-Súper difícil, pero tengo muy buena memoria y me recuerdo pensando cosas, de más chica, que están plasmadas en el libro. Hubo gente que, al leerlo antes, me decía “oye, pero esto no es algo que diría un niño de 9 años” y yo no estoy de acuerdo. La gente cree que los niños son hueones y no es así, se dan cuenta de todo. La diferencia con el pensar adulto está, más bien, en el valor que les dan a las experiencias. Cuando eres chico y te pasa algo, no le das tantas vueltas. Después suceden otras cosas y las anteriores dejan de ser tan importantes. El tiempo de un niño es diferente. Por eso los dramas empiezan en la adolescencia. Ese es el momento en el que tomas conciencia de que ciertas cosas que te pasaron son dolorosas, y te atrapas en ellas. Los niños, en cambio, las dejan pasar.

Terriers
Constanza Gutiérrez
Hueders/Montacerdos
104 páginas
Precio de referencia: $11.000