El título de la última novela del chileno Mauricio Electorat parafrasea uno de los polémicos ensayos del católico antifascista francés Georges Bernanos, quien a su vez, recordemos, fue autor de un par de novelas eternizadas a su modo por el genio de Robert Bresson con películas cruciales como Diario de un cura rural (1951) o Mouchette (1967). La novela de Electorat, por cierto, no posee mucho en común con la contención de esos triunfos del arte cinematográfico, pues Pequeños cementerios bajo la luna (Alfaguara, 2017) constituye un relato de ritmo más bien desbocado y a largos ratos trepidante que puede llegar a entusiasmar —y mucho—, de principio a fin, incluso al lector más prejuiciado.

Aspiraciones universitarias de postgrado así como diferencias con un padre abiertamente pinochetista, llevan a Emilio Ortiz a marcharse de Chile durante los años 80 para instalarse en París donde tiene lugar un conjunto de peripecias iniciáticas siempre regadas con buenas medidas de trago (whisky y cerveza corren parejo a lo largo de la novela) y poético color cosmopolita. Emilio establece precarias, aunque fructíferas amistades con hispanohablantes, asiáticos y europeos (Ryszard Kapuscinski incluido), descuida sus estudios, encuentra trabajo como portero de hotel y, por supuesto, se entusiasma con el amour fou de Chloé, espejeo fonético de Chile, la francesita equivocada y de doble vida abordada en la barra de un tugurio que, al son de Aznavour o Bécaud, pretende detener el tiempo.

No prospera demasiado la actividad sentimental ni ninguna otra (la estudiantil no aparece, la laboral funciona pero se disuelve al final), pues lo que está en juego en esta novela no es otra cosa que la desintegración familiar que ha seguido en Chile su curso paralelo. La vuelta a la democracia trae a Emilio el nefasto correo de las brujas: su padre no sólo había sido admirador del régimen, sino también compadrito de los conocidos gangsters de los servicios de inteligencia con los que habría compartido en clásicos bares y burdeles capitalinos, aquellos predilectos de los Corbalán o los Contreras. Y la guinda de la torta: el sótano de uno de los talleres mecánicos propiedad de Ortiz padre y su socio comercial, habría sido facilitado como centro de tortura. La súbita evaporación de Chloé servirá de preparatorio ejercicio detectivesco a Emilio Ortiz, quien tiempo más tarde arribará en distintas ocasiones a Santiago, primero para confirmar de primera fuente los horrores acaecidos en aquel macabro subsuelo, y luego para resolver el supuesto suicidio de un padre acosado por su pasado y la opinión pública.

Algo estrecho sería definir la novela de Electorat como negra, pues si bien tiene visos del género, gran parte de la historia es extraña a la fórmula. Más allá del encasillamiento promocional, Electorat construye el vertiginoso relato del hijo que, mientras intenta armarse una vida en el extranjero, se percata de que ignora la identidad del padre, en adelante no quedándole otra que averiguarla y despejarla para propia tranquilidad de su conciencia que, ya en el desenlace, devela tanto la turbiedad de las empresas patriarcales como las mezquinas complicidades de una burguesía que, está claro, busca asegurar el chancho a cualquier costo. Si bien consigue resolver cada uno de los cabos sueltos de su propia biografía, Emilio termina desencantado por obra y desgracia de descorrer el tupido velo. La investigación es liberadora pero el personaje desemboca, debido al peso de las desilusiones, en un agotamiento que, aunque cómico, resulta inevitablemente solipsista.

Los variopintos quiebres de cintura que Electorat demuestra a la hora de estructurar la narración, con capítulos cortos, frecuentes saltos temporales, relevos de persona y guiños cinemáticos, no constituyen una novedad considerando su producción, sin embargo tal vez aquí luzcan muchísimo mejor administrados que en ocasiones anteriores. El autor de La burla del tiempo (2004) siempre ha demostrado ser heredero de una prosa carnavalesca, y en ese sentido deudora del genio lingüístico y humorístico de Guillermo Cabrera Infante y, más recientemente, también emparentada con la agilidad barroca del mexicano Daniel Sada. No obstante, estos excesos latinos, en Electorat son moderados por el humor, a ratos ingenuo, a ratos negro, de una tradición que va ciertamente desde Balzac, cruza al belga Simenon y el cine de la nueva ola francesa (pasada la primera parte, la novela tiene algo de thriller a la Chabrol), para aterrizar en la fineza estilística de un Jean Echenoz.

Pequeños cementerios bajo la luna es un acierto fluido y entretenido de Mauricio Electorat quien, como su personaje principal enarbola par de veces, y pese a quien le pese, no teme en lo absoluto a la cursilería ni a los siempre riesgosos lugares comunes. Aquí el literalmente tortuoso pasado nacional se revisita para contar la historia del hijo que parece configurar una ética contraria a los tiempos que corren: al padre no se le mata sino que, antes, se le desenmascara. Y que luego venga toda la soledad y el esplín que tenga que venir.

Pequeños cementerios bajo la luna

Mauricio Electorat

Alfaguara

Precio de Ref.: $14000


Ensayista