Soy mujer, soy feminista y estudio medicina. Quizás todo esto hace que personas me cuenten sus historias o me contacten para encontrar información de cómo realizarse un aborto, ya sea para ellas, para una amiga, una hermana, una prima o para muchas mujeres. Por eso, y en medio del debate parlamentario me pregunto: ¿objetar qué?

En mis años de estudiante y de feminista he escuchado historias horribles de mujeres que se practican abortos: las hay hospitalizadas por complicaciones y sin compañía, ya que temían la estigmatización de sus cercanos; están las que les cobraron enormes cantidades de dinero por misoprostol, las que les vendieron uno falso; hay a quienes les ofrecieron fármacos inexistentes, a las que les dieron algunos muy dañinos para su salud; a las que enviaron a hacer horas de ejercicios para así abortar; mujeres que temieron que su pareja se enterase que estaba embarazada y que abortaría, ya que les podían hacer daño. En definitiva, muchas mujeres solas, intentando defender sus decisiones y vida, en un país que las condena y estigmatiza.

A esas mujeres, lo único que en Chile hoy se les puede ofrecer es el apoyo de organizaciones activistas feministas que brindan información sobre el uso correcto del misoprostol, y confiar que de alguna u otra manera podrán conseguir el dinero para comprar el medicamento. Y, por cierto, ojalá sea el correcto y antes de las 12 semanas, tiempo límite para un aborto con menos complicaciones.

En estos días ha estado en discusión la ley de despenalización del aborto en tres causales, insuficiente por muchas razones, pero el único avance que actualmente podría existir en el país en materia de aborto. En el marco de restricción de este proyecto surgen dudas sobre su aprobación, su implementación, sobre la seguidilla de condiciones que se han ido sumando y que, de considerarse, harán todo más difícil. Que si la denuncia, que si el tribunal, que si especialista, que si se contará con profesionales de la salud dispuestos a realizar los procedimientos.

Mucho se está hablando de la objeción de conciencia. Respecto a esto, como mujer y como profesional de la salud, tengo y tenemos una responsabilidad con las mujeres que quieren o necesitan abortar.

Las y los médicos no podemos hacernos a un lado del problema, no podemos ser cómplices por omisión de situaciones de violencia e injusticia, menos cuando tenemos las herramientas técnicas para impedirlo, de no hacerlo les estaríamos negando la atención de salud. Debemos considerar a las mujeres como sujetas morales, con derechos, con derecho a la salud, cualquiera sea la situación en la cual la requiera.

Todo lo anterior cobra más sentido porque el aborto es un problema de justicia social, ya que son las mujeres con menos recursos las que no logran acceder a él, juntar el dinero a tiempo. Son ellas las más expuestas a la violencia de género en todo el sistema. Son ellas a las que más estafan. Son ellas las que viven el proceso más solas. Son ellas las que tienen más complicaciones por exponerse a abortos inseguros. Y son ellas también las que son condenadas por la sociedad y el Estado. Situado así el daño y la desigualdad, no parece casual que algunos parlamentarios se nieguen a una ley de aborto.

En todo este contexto, no hay nada que objetar.


Estudiante de Medicina, feminista e integrante del Frente Estudiantil del Movimiento Salud para Todxs