Excelentísimo tribunal

Presente

Les escribo para contarles, brevemente, mi historia. Una historia que comenzó hace casi una década, cuando yo recién cumplía 22 años y viví mi primer embarazo. Me sentía feliz y con ansias de vivir una maternidad, que, aunque no fue planificada, fue deseada desde un principio.

Por desgracia, el 25 de agosto de 2008 mi vida cambió para siempre. Una vez iniciada la ecografía de la semana 12°, la cara de mi ginecólogo cambió drásticamente. Fueron momentos eternos, hasta que él, con todo el tacto que pudo, me dijo que había detectado una malformación cerebral severa incompatible con la vida, llamada Holoprosencefalia. Quedé en shock. El mundo se me vino abajo. No creo que se puede explicar con palabras lo que una mujer siente en estos momentos.

Por esta razón, a ustedes, hombres y mujeres de mundo del derecho, les pido que honestamente reconozcan los hechos: En la causal de inviabilidad[1], nada se puede hacer por el ser en gestación. Es otras palabras, me parece necesario que se reconozca, sin medias tintas, que al ser en gestación no se le puede, en términos estrictamente terrenales –esto es, más allá de nuestras creencias religiosas– ni hacer el bien, ni hacer el mal. Es decir, forzar a la mujer a terminar su embarazo inviable, no beneficia al ser en gestación desde ningún punto de vista; mientras que permitir un aborto en esta causal, no daña ni perjudica ninguna vida. Estos son hechos, no opiniones.

Lo que también es un hecho, es que a mí me obligaron a llevar a término mi embarazo. Y esa imposición me dañó profundamente. Mi cuerpo comenzó a prepararse para la vida, pero mi mente estaba todo el día en la muerte. Ese simple hecho es una tragedia en sí misma. No quería más ecografías. No quería que nadie me preguntara nada. No quería que mi embarazo comenzara a notarse. Me preguntaba día tras día: ¿Qué sentido tiene obligarme a perseverar con un embarazo que está condenado? ¿Porque el Estado me está exigiendo continuar con un embarazo que no beneficia a nadie? ¿cuándo se acabará esta pesadilla? Me sentía (y aún me siento) invisibilizada, violentada y pisoteada en mis derechos fundamentales. Mi dignidad fue ultrajada. Nadie me escuchó. A nadie le importé. Me trataron como un medio ¡Aun cuando nadie se vería beneficiado con esta imposición!

Finalmente di a luz a mi amado hijo, quien nunca tuvo conciencia de sí mismo (pues no tenía la capacidad para aquello). Y su (sobre)vida fue horrible. No podía comer. Ni siquiera dormir. Su sufrimiento fue algo sumamente duro. Y mi familia y yo, ahí. Experimentando toda clase de sensaciones de desesperación e impotencia. Ver a un hijo sufrir día y noche, sin poder hacer nada por remediar la situación, es la tortura más grande que puede experimentar un ser humano. Y todo esto -les pregunto nuevamente- ¿para qué?

Pero eso no es todo. Porque la imposición significa algo más terrible aún. Significa que no solo se obliga a las mujeres a ser madres a la fuerza, ¡sino que se les obliga a tener que soportar la muerte de un hijo(a)! ¿Habrá algo más doloroso para una madre o un padre? Les pido que lo piensen y mediten honestamente, por unos minutos.

A estas alturas, había perdido totalmente el sentido y rumbo de mi vida. Mi hijo murió y una parte de mí murió para siempre con él. Toda esta experiencia me quitó las ganas de vivir. Por eso intenté quitarme la vida en varias ocasiones. Luego, intermitentemente tuve que internarme en clínicas psiquiátricas porque no podía seguir. No tenía fuerzas ni ganas. Mi vida se detuvo ese 25 de agosto. Mis sueños de juventud me fueron arrebatados para siempre.

Por todo esto, creo firmemente, señores ministros y señoras ministras, que es la imposición lo que convierte esta tragedia en una verdadera tortura. Una tortura que implica actos crueles, inhumanos y degradantes, según ha sido reconocido por el derecho internacional. Algo que ustedes, de seguro, ya saben.

Hoy, ya pasados cerca de 10 años desde ese imborrable 25 de agosto, aún tengo mucho trauma. Hace solo unos meses retomé mi terapia psicológica y psiquiátrica, la que en su momento abandoné porque mi extremo estado de depresión no me dejaba pensar con claridad. Recién este año he podido retomar, paulatinamente, parte de mi vida. Pero el daño que el Estado me hizo, al imponerme una determinada conducta, es algo que siempre estará en mí. No hay nada que pueda borrar la profunda afectación que debí soportar a mis derechos, mi autonomía y mi dignidad.

Por todo esto, ya no hay vuelta atrás para mí. Pero hoy, ustedes tienen la posibilidad de impedir que una historia como la mía se vuelva a repetir. Podrían ser sus hijas, nietas o sobrinas. Podría ser cualquiera.

El proyecto que democráticamente aprobó nuestro Congreso Nacional no solo debe ser refrendado por todos ustedes porque representa un clamor de la gran mayoría de los chilenos y chilenas, sino porque es total y absolutamente constitucional, tal como lo reconocen todos los países del mundo y las más altas organizaciones internacionales.

No le den la espalda a las mujeres. No nos nieguen lo nuestros derechos y hagan justicia. Ese es su deber republicano.

Karen Espíndola.

[1] En mi concepción, las tres causales que se discuten son absolutamente constitucionales, y se basan en reflexiones, hechos y razones de diversa índole y naturaleza. En esta carta, y debido a mi traumática experiencia, solo me refiero a la causal de inviabilidad.


Activista y vocera del candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami. Autora del libro " Mi Testimonio, Aborto, Estado e hipocresía en Chile"