Cuando el doctor Roberto Hoppmann, médico cirujano de la Clínica Tabancura de Las Condes, le ofreció la intervención para sacarle el útero a bajo costo no lo podía creer. El camino hasta entonces había sido de todo menos fácil. No estaba acostumbrado a que le llegaran ese tipo de oportunidades. Pero pareciera que después de tanta discriminación, soledad y silencio, algo bueno estaba por llegar.

Damian San Martín llevaba cinco años pololeando en aquel entonces. Como parte de su proceso de tránsito hacia la masculinización se inyectaba dosis de testosterona y también se había extirpado los pechos. Estaba satisfecho con los resultados y, por primera vez, cómodo con su cuerpo: la regla había desaparecido, la voz le había cambiado, afloró el bello en su piel y aumentó la masa muscular.

Por fin se sentía bien, tenía proyectos y ganas de salir. Cada vez más su apariencia coincidía con su género y la histerectomía que le proponían podía contribuir a potenciar esto definitivamente. Además, hasta el momento, la única información que tenía al respecto –como muchos otros chicos trans– era que conservar su útero mientras se aplicaba testosterona podía provocarle un cáncer. Eso había aprendido de los documentales y vídeos de Internet, las principales fuentes de (des)información en un país donde es evidente la ausencia de educación sexual y reproductiva en general, y en particular para las personas trans.

El convencimiento inicial duró poco. Al momento de empezar con los preparativos para la cirugía, las dudas lo abrumaron por completo: si se sacaba el útero, automáticamente quedaba estéril. Y ahí no había marcha atrás.

– Algo me pasó cuando me di cuenta de que no iba a poder ser papá. Me empezó a pesar mucho el tema de la continuidad familiar, no poder dar nietos y que quedemos sólo hasta acá. Entonces me planteé tener un hijo -, cuenta.

Invadido por su contradicción, Damian planteó sus cuestionamientos al doctor Hoppmann y le propuso una posible solución: congelar óvulos para que, cuando fuera el momento, implantaran uno fecundado en el útero de su pareja.

El proceso no era simple. Implicaba abandonar la testosterona y someterse a otro tratamiento hormonal para volver a feminizarse: que le llegara de nuevo la regla y que su cuerpo retomara el proceso de ovulación. Sin embargo, el costo era menor al lado de su profundo y ya apropiado deseo de ser papá.

Contra todo pronóstico, la propuesta fue muy buen acogida por el médico, quien derivó el caso al ginecólogo Jacobo Jankelevich, de la misma clínica.

“Pensé en algún momento que daba lo mismo el tener o no hijos, que la sangre me daba igual, que el amor es más grande que cualquier cosa. Sin embargo, habiendo forma alguna de hacerlo, no se imagina el fervor que agolpa mi sangre, el imaginar un pequeño que tenga características mías. […] Ciertamente no nací con testículos. Aunque viéndome incapaz de embarazar a mi novia, pero teniendo óvulos, ¡aún sigue siendo posible! Quiero decir, no he nacido infértil, si tengo la capacidad de crear vida -con ayuda de la ciencia, claro-, ¿por qué no querría hacerlo?”. La convicción del joven quedó plasmada en una carta que le mandó a su ginecólogo al inicio del tratamiento.

Las expectativas eran grandes, pero pasaban los meses y no se cumplían: la menstruación no llegaba, ni tampoco la confianza de los médicos en su decisión.

– Durante el proceso me encontré con una actitud del doctor un poco extraña. Desde el principio estaba incómodo con el tema, como reticente.

La sospecha se confirmó cuando Jankelevich lo citó a su oficina.

– Inclinó su silla hacia atrás, miró por la ventana hacia un centro de esquí que se veía a lo lejos y me empezó a hablar de lo rico que es vacacionar en la nieve. Me hablaba de cosas que eran totalmente ajenas a mí. Sentí que intentaba decirme que era una locura lo que quería hacer. No tan sólo porque era trans, sino también por un tema de clase.

Ni el doctor Jankelevich ni la psicóloga que lo acompañaba entendían como un hombre trans podía querer ser papá. Según ellos, eso era porque Damian, en el fondo, era mujer. Los hombres trans no tienen hijos. Y ¡qué extraño!, un cuerpo con pecho de hombre y genitales de mujer. Esos fueron sus argumentos, los mismos que entonces truncaron las esperanzas de Damian.

– La medicina decidió sobre mi cuerpo. A partir de la idea clásica del trans genuino que tiene que rechazar absolutamente todo su cuerpo anterior, toda mi feminidad.

Pero los deseos profundos de los seres humanos no suelen desvanecerse como humo. Persisten y perduran, en la mente y en el corazón. Por eso, a día de hoy, cuatro años después del periplo, este chico trans todavía conserva su útero.

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Desde que se definió como trans femenina, se demoró un año en empezar a tomar hormonas. Pero una vez aceptada su identidad, empezó a inyectarse estradiol con bloqueador de testosterona, un anticonceptivo para mujeres que agiliza y favorece el tránsito hacia la feminización.

Después de tan sólo seis meses, y angustiada por el miedo de no querer vivir más tiempo con pene entre sus piernas, entraba a quirófano de la mano del doctor Rodrigo Baeza, para someterse a una cirugía de modificación genital.

Pero el punto de inflexión para Magdalena Fabbri empezó durante los meses previos a la intervención. Fue entonces que se redescubrió, desde el placer, relacionándose con personas que validaron su identidad de género, su cuerpo y, con él, sus genitales. Aquellos que había tratado de esconder y disimular. Ahora los observaba de otra manera, porque por primera vez pensó que podían convertirla en madre. Acababa de activársele la cuenta atrás, una presión interna que le repetía: “Tengo seis meses para poder ser mamá, sino adiós a la maternidad biológica”.

Medio año no fue suficiente para embarazar a su pareja, pero la fecha era inamovible. Esa era la oportunidad. Pese a las dudas sobre su maternidad, Magdalena se operó. Desde entonces siempre pensó en adoptar.

“Congelar espermios o óvulos es muy caro para un colectivo que en su mayoría vive en círculos de pobreza y precarización. Nos cruza un tema de clase. Además, muchas mujeres trans excluyen esa opción por el hecho de tener que entrar en un centro lleno de hombres, sin que exista ningún protocolo de respeto y no discriminación”, argumenta la joven con resignación.

Transitar libremente

Chile no está dentro de los países que obligan a las personas trans a practicarse la modificación genital para poder realizar un cambio legal en su documentación. Pero al no existir todavía una Ley de Identidad de Género, hay un vacío legal en muchos de los temas que tienen que ver con los procesos de tránsito.

Hoy, el cambio de identidad de la cédula se aplica a través de la Ley de Cambio de Nombre, en un juicio cuya aprobación se inscribe en el Registro Civil. En 2006, el organismo inscribió nueve casos de cambio de sexo, mientras que una década después los registros llegan a 59. Aunque el escenario ha avanzado mucho en los últimos años, y a priori no es necesario pasar por quirófano, la última palabra la tiene siempre el juez.

El proyecto de Ley Identidad de Género, que ya lleva cuatro años tramitándose en el Congreso y acumula 14 períodos de indicaciones, quiere garantizar que la modificación legal pueda hacerse sin pasar por la cirugía ni por tratamientos hormonales obligatorios, relevando la autonomía de los cuerpos.

Y es que cada vez son más las personas transgénero que optan por autogestionar sus procesos de tránsito, experimentando con sus propios cuerpos, y dejando a parte los ritmos y pautas que dicta la medicina. Quieren transitar libremente, a su tiempo y estilo. Optan por hormonarse con dosis más bajas de las establecidas o rechazan la cirugía genital porque consideran que los genitales no hacen el género, y que pueden vivir tal y como se identifican más allá del cuerpo que tienen, sin tener que extirparse sus órganos reproductivos, en definitiva, sin esterilizarse.

La medicina y el “transexual genuino”

Los protocolos que hoy en día se implementan a nivel mundial están aún muy lejos del tránsito libre, y se enfocan más en la idea del “transexual genuino”. En Chile, uno de los pioneros en ese discurso es el doctor Guillermo MacMillan del Hospital Carlos Van Buren de Valparaíso. Desde 1976 realiza gineoplastías en este hospital porteño, el primero del país donde se practicó este tipo de cirugía.

Damian y Magdalena conocen de primera mano la retórica médica que recomienda a las personas trans hacer el tránsito completo. Ambos son activistas y coordinadores de la zona Sur de la Asociación Organizando Trans Diversidades (OTD Chile). Él, además, es tatuador. Ella, licenciada en Psicología.

“[MacMillan] Es de los que convence de que después de la cirugía genital dejan de ser personas trans y pasan a ser personas de género. Les dicen ‘ahora ya son mujeres y tienen que hacer su vida normal’”, explica Damian.

Estos discursos se reproducen dentro del movimiento trans provocan que muchos rechacen o no reflexionen sobre sus posibilidades de reproducción. “Aunque los órganos estén, se niegan las propias posibilidades físicas”, asevera.

Discípulo de MacMillan, el doctor Rodrigo Baeza es uno de los cuatro médicos que realiza cirugías de modificación genital en el país, y el único urólogo que trabaja en la zona sur del país. Lo hace en el Hospital Las Higueras de Talcahuano, donde le cedieron varios cupos para operar gratuitamente a transexuales usuarios de la red pública de salud. En 2016, a través del programa que él dirige se atendieron a 84 pacientes y se realizaron 13 cirugías de modificación genital.

Baeza, quien fue también artífice del primer Protocolo de Atención Trans, es partidario de no acelerar los ritmos de cada persona y respetar los tiempos para pasar de una etapa a la otra, sin apurar procesos. “Si hay dudas, es mejor hacer una pausa y esperar, hacer la masculinización o feminización cuando las cosas estén claras”, señala.

Es de la opinión que hay que asegurarse de que el paciente resolvió todas las dudas y contradicciones antes de iniciar el tratamiento hormonal por la alteración del proceso reproductivo que conlleva, en especial la extirpación de los órganos genitales.

El médico explica que a pesar de que no hay estudios a largo plazo en pacientes con útero que se inyecten testosterona, se cree que puede haber un aumento de riesgo de cáncer. Por eso, le parece “irresponsable” no extirparlo sabiendo que puede incrementar el riesgo oncológico.

Para él, la donación de óvulos y de espermios es la mejor opción a la hora de asegurar la capacidad reproductiva futura con material genético de la persona trans y, a la vez, poder hacer la cirugía de reasignación genital de forma segura.

Aunque no es partidario de “la medicina al gusto del consumidor”, reconoce que, de entrada, no se negaría ante la posibilidad, por ejemplo, de operar sin exigir un tratamiento hormonal previo, uno de los reclamos de los activistas de OTD. “Hay personas que no desean una modificación hormonal, pero sí extirparse los pechos u otras modificaciones”, señala Damian.

Sin políticas públicas

Pese a que la ciencia avanza a una velocidad vertiginosa en técnicas de reproducción asistida, su enfoque nunca se plantea desde una perspectiva trans, sino que claramente se dirige a satisfacer las necesidades de las personas cisgénero –aquellas cuya identidad de género coincide con la asignada al nacer– que tienen problemas para concebir hijos.

“Nuestra opciones no existen para la ciencia porque son formas disidentes de reproducirse”, lamenta Magdalena.

Además de técnicas y protocolos, otro gran déficit es la formación de los profesionales de la salud. Los médicos especializados critican que ni en el pre ni en el posgrado los estudiantes de Medicina reciben formación sobre transexualidad.

Una mención a parte merecen las políticas públicas. El colectivo denuncia que tanto el Ministerio de Salud como FONASA no se han hecho cargo de las necesidades de las personas trans. El ejemplo más claro es el del Hospital Las Higueras, que funciona gracias a los esfuerzos locales y a la deuda del servicio. Es decir, como el hospital no recibe recursos extra por operar a pacientes trans porque Fonasa nunca estableció códigos de prestaciones específicas para ellos, todo el costo de sus actividades se pasan con otros códigos dentro del sistema de salud pública. Eso permanece como una deuda para otras intervenciones o necesidades de salud.

Mientras el Minsal y Fonasa no reconozcan al colectivo trans como sujetos de derecho que tienen necesidades de salud específicas, seguirá siendo imposible mejorar su atención médica y la formación de los especialistas, reducir listas de espera, ofrecer más horas de atención médica, disponer de espacios donde practicar las intervenciones.

Tanto en este gobierno como en el anterior se anunció que las cirugías de reasignación corporal de las personas transexuales serían asumidas por el Estado, con cargo a Fonasa. Sin embargo, esto jamás se concretó en ninguna de las dos administraciones.

Una reproducción “satanizada”

Damian y Magdalena quieren ser padres. A pesar de las duras experiencias, la soledad y los reveses que ambos han vivido en sus procesos de cambio de identidad, no quieren desistir. Su deseo es más fuerte.

Hoy son pareja y proyectan un futuro compartido en el que planifican tener hijos, ojalá biológicos a través de la inseminación artificial de Damian.

damian y magdalena

Ambos denuncian la discriminación que tanto dentro como fuera del colectivo existe hacia las personas que quieren reproducirse “de forma contra hegemónica”, y critican que muchos trans se dejan convencer “por la idea heteronormada de que las mujeres tienen que llevar su hijo en el útero”.

Se preguntan cómo la reproducción de las personas trans está tan “satanizada” y reivindican que es posible cambiar la identidad de género y ser fértil. “Es como inválido para nosotros desear tener un hijo de forma natural. La sociedad ha sido tan dura que acaba todo relegado a la adopción”, reflexiona él. “Creen que los hombres trans no se pueden embarazar, que nada puede entrar en su vagina porque siempre ellos son los que penetran”, espeta Magdalena.

La pareja es consciente de que la imagen de un chico trans embarazado está cargada de estigma y socialmente muy castigada. Pero la ilusión de tener un pequeño puede cargar con eso. Convencido de que embarazarse no afectará para nada a su identidad de género, Damian quiere llevar adelante la gestación de su hijo. Magdalena lo apoya, lo acompaña y comparte su proyecto. Quiere hacerlo bien, con las máximas garantías de seguridad y profesionalidad.

Si su historia sale adelante, el vacío que tanto tiempo se llenó de frustración, en un futuro podría rebosar de ilusión y esperanza. La determinación, la fuerza y la valentía están, y por partida doble. Falta sólo lo más difícil: que la medicina se les ponga de cara.