El rap es una fuerza de la naturaleza de la música popular. Es una subversión, como todas las cosas grandes y bonitas que ha generado la cultura pop. Proviene del sufrimiento y del olvido. Como el blues y como el jazz, no responde a los tiempos usuales de la música como se concibió, pues carece de tiempos y espacios sociales aceptables y aceptados, y por lo tanto, late a su propio ritmo. Su propio beat. Como el tango, fue malevo y prohibido. Como el punk, fue perseguido y politizado. Como la cumbia, ha sido despreciado por las élites culturales, pues escucharlo, disfrutarlo y repetirlo es signo de mentes primitivas y de oídos mal educados. Marginalidad pura.

Sin embargo, en el transcurso de 44 años (sí, cuarenta y cuatro), el rap ha sabido pasar de fenómeno paria a convertirse en una cultura: el hip-hop. Ha ido añadiendo a sus iniciales manifestaciones estéticas sonoras, elementos del rock, del metal, de la balada, del folklore; avanzó radicalmente los procesos y los instrumentos que hoy enriquecen a la electrónica e hizo puentes entre pasados de vinilos de padres y madres con las nuevas generaciones, abriendo y reivindicando catálogos clásicos que de otra forma, quizás, no habrían sido sostenidos por el tiempo ni por la radio. Un centenar de canciones de otros lugares y culturas qué, cual red social, empezaron a entretejerse, como cuando los enormes Beastie Boys samplearon a nuestros gigantes Ángeles Negros.

En una fiesta cuasi-secreta celebrada en el barrio más “podrido” de La Gran Manzana, que costaba cincuenta centavos para hombres y la mitad de esa suma para mujeres, el DJ Kool Herc cambió el paradigma de la música disco, imperante en la pista de baile de las discoteques. Creó el “break”, técnica que consistía en “cortar” las secciones cantadas de las canciones, para sólo disfrutar las partes instrumentales, las que se iban mezclando de vinilo en vinilo gracias al uso de dos tornamesas y la habilidad del DJ, todo esto para extender el tiempo de baile.

Fue la primera piedra de una poderosa -y no menos polémica- forma de concebir la música. A esta subcultura break-beat de finales de los 70, que renegaba de las formas establecidas concebidas para la creación musical, a poco andar se le sumarían los maestros de ceremonia, o simplemente MC, poetas periféricos inspirados indirectamente por Gil Scott-Heron, que hablaban con el característico ritmo del habla de la población pobre afroamericana de El Bronx, sobre las pistas de canciones R&B y segmentos instrumentales del disco, con la crudeza del funk y la sensualidad del soul, conectada a la conciencia negra profesada por Malcolm X. Nacía el rhythm and poetry: RAP. Por supuesto, esta revolución no fue televisada.

Y con el rap nació el grafiti, como una vandálica y estética necesidad de apoderarse de las paredes ajenas y evoluciona en una expresión del colorido urbano que sin las latas de pintura no poseerían las moles de concreto en las que vivimos. Y penetró como una daga a finales de los años 80 y se metió a las corrientes comerciales, corrompiendo, como lo hizo en rock ‘n roll en su momento –música de negros, para negros– a las culturas urbanas blancas, que atemorizadas, intentaron demoler sus columnas, plagadas de violencia y autos, de mujeres y de joyas.

Fracasaron. El rap fue el gran motivo para que las casas discográficas, ansiosas y sedientas de dinero y de poder, empujaran con sus grandes maquinarias y accionistas a la cultura hacia lugares visibles: permeó a MTV y se convirtió en un negocio, que a su vez ha visto crecer a magnates como Jay-Z, Kanye West, Drake, y hasta a Eminem; y hacia los grandes imperios de entretenimiento.

Sus frases, desafiantes y pretensiosas de entonces, que pintaron el espíritu marginal de un New York que sigue dividido, segregado, y violento, son hoy proféticas. En los tiempos violentos del siglo XXI, donde Estados Unidos tuvo la primera presidencia afrodescendiente, el rap sigue teniendo una fuerza popular como ninguna otra, y ya no sólo en el país de las oportunidades, sino que a nivel planetario, incluso, desplazando al rock como estilo más popular. Curioso es, que 44 años después, el rap esté manejando los hilos de la evolución musical y social del hombre negro, que durante más de cien años, aún sigue luchando por aquel sueño de libertad por el cual mataron a Martin Luther King. Un sueño que, más de un siglo después, sigue viéndose opacado por un sector de la sociedad blanca obtusa, chovinista, racista, ignorante y radical hasta la estupidez.

PLAYLIST| 10 canciones que marcaron el inicio del rap en la industria discográfica:

Tanya “Sweet Tee” Winley – Vicious Rap

The Fatback Band – King Tim III (Personality Jock)

The Sugarhill Gang – Rapper’s Delight

Funky 4+1 – Rappin & Rocking The House

The Sequence – Funk You Up

Jimmy Spicer – Adventures of Super Rhyme

Grandmaster Flash & The Furious Five – Superrappin’

Kurtis Blow – The Breaks

Spoonie Gee & The Treacherous Three – The New Rap Language

Afrika Bambaataa, Zulu Nation & Cosmic Force – Zulu Nation Throw Down

Bonus: Gil Scott-Heron – Revolution Will Not Be Televised

 


Periodista, diplomado en estudios de música popular