Ese relato intimista, psicologizante tan propio de una política de pasillos, donde la política se juega en las personalidades, y sus habilidades, una telenovela de personajes grises oscuros que deambulan por el patio de las decisiones, los patios de la democracia elitaria que hemos construido.

Que a veces es un patio trasero lleno de clanes y transas, el que llega acá, paga peaje, y hay operadores, distribuciones de un poder donde todos son observados.

Las izquierdas construyen imaginerías aún tenues, hay una captura hayekiana en los efectismos. Estamos a años luz del  chavismo y nos creemos progresistas. Un poco de autocrítica, por favor.

Es difícil defender que Alberto Mayol, candidato presidencial, con un posicionamiento mediático, que se ha transformado en figura pública, no ocupe un puesto en el Frente Amplio como candidato parlamentario. No parece sencillamente verosímil, es un relato trunco, que solo podría ser descifrado en el lenguaje de las “maquinas”.

Y para pensar esto hace falta solo sentido común, algo que nuestra política, ha ido perdiendo, a manos de un ganancismo personalista a cualquier precio, al precio de sacrificar la “política”.

Lo de Giorgio podría ser interpretado en una clave antinómica, una especie de “gremialismo progresista”, una política sin política y un progresismo iconográfico. Es una transmutación generacional de la herencia de los consensos, o un new age de la posverdad posgeneracional.

Lo cierto es que defender a nombre del feminismo maniobras políticas le hace un flaco favor a tan honorable causa, ampararse en esa sensiblería, explotando la “fobia” parece de bajo cuño.

Un menosprecio a la inteligencia de la gente, un acomodo a los ratings siempre excluye la verdad, la sustancialidad y la trascendentalidad. La política debe tener esos fuegos, sin esos fuegos no se forja el hierro de algo sólido para Chile y los chilenos.

El Frente Amplio ha sido un aporte en la recreación de los bríos de la política chilena, es importante los aportes en identidades diversas a una culturización que tiene muchas posibles identidades.

Pero el capítulo de House of Cards pasado por la televisión nacional nos genera preguntas sobre la calidad de la política que se propone. Estas son las viejas nuevas máquinas dinosaurias que no generan una práctica creíble, se trata de un lenguaje al oído de los cálculos, y las conspiraciones.

En tiempos en que una política de izquierda tiene una difícil definición, cabe la pregunta, sobre el tipo de izquierdas que se reproducen en un neoliberalismo tan extremo. La tesis de las izquierdas hayekianas, que he mantenido en diversos análisis, parece reafirmarse una vez más, ahora a manos de una semiótica de personajes psicológicos, cuyas personalidades se roban las cámaras, y se cae en los guiones de la farándula.

Se utilizan luchas de reconocimientos sociales sentidos por los movimientos reivindicativos, para encubrir disputas de clanes al interior de colectividades, se reproduce la política que se crítica, y se enturbia, la representatividad de una colectividad a manos de la purga.

La política de pasillo, hace su gala de acomodos y prebendas, la intriga, y la maquina hacen su aparición antropomórfica.

Parece un viejo cuento con actores distintos, una semiología de izquierda ciudadana, que no es izquierda pueblo sino ciudadanía vulnerable. El robo de nuestra habla nos dejó sin arquitectura conceptual.

Este capítulo de House of Cards versión chilena, en la disputa del Distrito 10, descarna un retrato de la política fáctica, aquella que todos sabemos que existe, pero todos callamos un poco, para que siga siendo. Es bueno que se ventile, que se devele la trama, que se desenmascare a los “hijos de la concertación”, y sus prácticas, ya está bueno de transformismo.

La “anatomía” de este “rito”, ya no resiste más maquillaje, si se trata de “política”, se trata de cosas grandes, grandes alamedas, no del achique, ni de la trampa, ni del complot. Esa dimensión gramsciana, por los grandes asuntos de la política, esa que se olvidaron a manos de intentar declararla patrimonio del pasado, para instalar la política gestión, y la productividad de los cambios.

La reingeniería de los cosismos deja a la izquierda en representaciones blandas, donde no hacer política es una técnica, hacerla demasiado es compulsivo -y no recomendable- y hacerla a medias es más o menos el estándar, porque la política es una nueva ingeniería en la sociedad programada.

Dejemos la psicopolítica de la trama. Se trata de la necesidad de una política histórica, no descifrable por si sola en psicología de los individuos, sino en las aspiraciones de un pueblo.

Esa oscuridad de la política nos tiene en tiempos desregulados. Se requiere de moralidad, y sentido común. Los guiones de la psiquis solo alimentan el intimismo de pasillo en el que se quiere procesar los arreglos, la democracia y el buen juicio es la única ecuación posible


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