7 años pasaron, pero nadie dijo una sola palabra. ¿La excusa? No existía un protocolo para poder realizar una denuncia en estos casos. 7 años de dolor, de silencio, de esperar que la justicia hiciera lo suyo, tratando de encontrar alguna respuesta entre tanta incertidumbre. Los antecedentes dicen que el hermano Abel Pérez habría abusado de 14 alumnos entre la década del ’70 hasta los años 2000, confesando los delitos en el año 2010. ¿La reacción de la Congregación? Separarlo de sus labores y enviarlo a una residencia en Lima, Perú, porque tal parece, este es el mayor castigo para quien comete un acto delictual dentro del estamento eclesiástico. El clero tiene su propia protección, y todo indica que manejan una suerte de impunidad con respecto al resto de los mortales. Abel Pérez es un abusador, un agresor, un delincuente. Es la encarnación del rostro más inhumano y la imagen de todas las críticas que constantemente la Iglesia va recibiendo con el pasar de los años. Es una de las tantas representaciones de un cáncer social caracterizado por la posición de privilegio que detenta el hombre en sus cargos de alto poder. Sin embargo, lo más insólito es la reacción de una comunidad que no desvincula a un abusador de sus funciones, sino que solo lo traslada para que pueda desempeñar otras actividades (ahora ligado a lo administrativo), aún conociendo el caso.

¿Qué los hermanos profesores no sabían? Probablemente. Pero las cúpulas que manejan los asuntos de la Congregación Marista lo sabían bien, y lo que ahora intentan mostrar como un error, una falta grave en la que pudieron obrar mejor y un total arrepentimiento, es algo alejado de la realidad. Es lo ilusorio de creer que reconociendo los daños, estos se arreglan automáticamente, que ya hicieron su parte. Ni siquiera es un 1%. Es una burla y un chiste para quienes alguna vez estuvimos vinculados al proyecto educativo. ¿De qué nos sirve predicar la obra de Marcelino Champagnat si no somos capaces de hacernos cargo de los problemas que ocurren en los mismos colegios? 3 décadas de abusos que nunca vieron un juicio. Y qué diría el Hermano Fundador, que dio su vida por el cuidado de los niños y su enseñanza, ante hombres que lejos de hacer lo mismo, optaron por mirar hacia un costado, dejar que las cosas pasaran, y que cuando se dieron cuenta que el daño estaba hecho, se reconoció para intentar borrar lo pasado por arte de magia.

Pero no solo Abel Pérez hizo daño a esas 14 familias. Ese daño está en cada miembro de la Congregación Marista que conocía el caso, pero prefirió callar. Está en la decisión de quedarse de brazos cruzados y tratar de ocultar delitos que debían ver la luz y que debían ser juzgados. Está en las palabras Mariano Varona, vocero de la Congregación, y sus dichos de que “hay que tener misericordia con el agresor” y que “hay que dar un trato pastoral” al mismo, solo para coronar con la frase “Abel Pérez tiene todo el respeto a pesar de lo que ha hecho”. Está en cada segundo en que los Hermanos Maristas pudieron haberse parado contra la violencia, pero la imagen pudo más, mantener el prestigio y lo intachable fue más fuerte. El orgullo pudo más que la justicia. Está en la protección del agresor, que al contrario de lo que pudo haber dicho el Hermano Mariano, no se merece más que una larga estadía tras las rejas. El peso de la ley tarda, pero eventualmente, y de no ser condenado, la sociedad lo hará.

Y no solo condenará a un abusador sexual, sino que a todos los encubridores que son tan culpables como Abel Pérez.


Ex presidente Centro de Alumnos, Colegio Marista San Fernando. Estudiante de Derecho, Universidad de Chile