En el taller de Marcelo Montecino (1943, Santiago), quien hace unos días recibió, de manos de la presidenta Michelle Bachelet, el premio a la trayectoria Antonio Quintana, descansa una serie de fotografías en blanco y negro, extendidas en una larga repisa. Destaca la repetición de ciertos motivos, no sólo en su espacio personal, sino también en los libros donde se revisa su trabajo: “Irredimibles” e “Invierno/Verano”, ambos editados por OchoLibros.

-¿Por qué esta fijación con las fuentes de soda?
-Eso tienes que interpretarlo tú.

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Montecino, antes de comenzar esta entrevista, se confiesa un hombre de muy pocas palabras. Es más: presenta algunos reparos sobre esta conversación pues, en su opinión, “no hay mucho que decir sobre mí”. No obstante, su obra como fotógrafo documental, desde 1962 hasta nuestros días, indica lo contrario. En sus fotos es posible apreciar con claridad continuidades y cambios en la historia de Chile y cómo éste ha sido vivido por sus habitantes, particularmente en las clases bajas.

-El premio a la trayectoria Antonio Quintana viene a coronar 54 años de arduo trabajo detrás del lente. ¿De dónde nace el interés por este medio al que, finalmente, dedicó casi toda la vida?
-Mi primera cámara me la regalaron a los 11 años. Durante la escuela secundaria, en Estados Unidos, era el fotógrafo del diario escolar y del anuario. En 1962 vuelvo a Chile y fue un impacto bien grande llegar a Santiago, en pleno invierno, y encontrar una desolación absoluta. Como tenía pocos amigos, me dediqué a vagar por la ciudad con mi cámara. Entonces fue cuando descubrí la fotografía desde otro ángulo, más allá de la superficialidad de cómo ejercí el oficio en mi adolescencia.

-¿Cómo podría explicar usted esta desolación a la que refiere? ¿Cómo es la asociación Invierno-Santiago-Desolación?
-La gente no recuerda que Santiago, en ese entonces, era muy pobre. Para mí, esa pobreza era desconocida. Ver a niños descalzos en las lluvias del invierno era algo de lo que no tenía referencia anterior. En ese tiempo, vivía en Plaza Italia y me largaba a vagabundear por calle Lira y Barrio Franklin. De este último, en particular, me llamaba mucho la atención la estación de ferrocarriles San Diego. Misma fijación tenía con las carreteras, la lluvia, la humedad. Todo ello se reflejaba en Santiago de 1962.

-Hablemos de años. 1988 es una fecha crucial, tanto en la historia de Chile, como en tu historia personal.
-Desde el ’62 en adelante que iba y volvía a Chile de manera intermitente. En 1988, sin embargo, el viaje se distingue porque mi intención era hacer mi último gran foto-reportaje: el Plebiscito. Desde 1973 estuve muy involucrado con el activismo solidario con Chile desde el extranjero y quería ver, personalmente, la caída de Pinochet.

-¿Y cómo puede observarse este Chile con ánimos contrarios, de la gente que desea un cambio radical en su vida, versus el de las instituciones que se niegan a romper el orden establecido, desde la fotografía?
-Con el corazón, no más. No puedo dar fórmulas para esto. Uno desarrolla intuiciones y no es posible verbalizarlas. La fotografía es justamente eso: mostrar cosas que son inefables. En “Irredimibles” (Ocholibros, 2011) hay un retrato de un conscripto que no parece tener más de 18 años, sosteniendo un arma de guerra en el Estadio Nacional, en el momento del Golpe. Cualquier persona se sorprendería al ver esta contradicción, sin poder explicarla. Una foto hace ese trabajo.

-¿Tienen que ver los procesos políticos de Chile con tu impresión inicial del país? El primer concepto que mencionas en esta entrevista es desolación y, al hojear “Irredimibles” es inevitable sacudirse esa palabra.
-Sí. Son cosas que se pegan. Cruzan tu vida. La desolación es un lente a través del cual veo Chile. Nunca saqué fotos del barrio alto. Siempre desde la Plaza Italia para abajo, pues lo demás no me parecía interesante. Los ricos tienen sus propios fotógrafos. Yo siempre me consideré fotógrafo documental y, dime tú: ¿qué se puede fotografiar en el barrio alto cuando lo que ahí hay son culturas prestadas, postizas?

-¿Hay en la cultura del barrio bajo algo más auténtico?
-Por supuesto. Son gente que vive muy precariamente y con lo que hay a mano. Ahí es donde nace el ingenio. Qué más chileno que la pobreza. Vuelvo a citarte lo que me pasó en 1962: la magnitud de la pobreza en Chile era terrible.

-¿Cambió algo el panorama en los años de la Unidad Popular?
-No estuve presente en el país en ese proceso, salvo en 1973. Alcancé a vivir 1969 y 1970 aquí, antes de irme a estudiar un máster en Literatura Hispanoamericana. Pero, de lo que pude ver, no sentí tanto cambio en las condiciones materiales de la gente hacia esa época. Hubo cierta movilidad social, pero en términos estrictamente visuales, no se notaba tanto. Sí había algo diferente en cuanto a la efervescencia política.

-Pero los niños tenían zapatos para el invierno en 1969.
-Ah, sí. Retracto todo lo dicho.

-¿Qué obra literaria podría ser un pariente, en ese código, de tus fotografías y lo que ellas capturan?
-“Residencia en la Tierra”, de Pablo Neruda. Es la desolación misma. De hecho, uno de mis últimos libros se llama “Walking around”, inspirado en el poema homónimo de Neruda.

-¿Cómo un fotógrafo, recién llegado de Estados Unidos, se reconcilia consigo mismo y su extrañeza al ir a fotografiar la miseria santiaguina?
-Una de las grandes disyuntivas de mi vida temprana, residiendo en Chile, era sobre si yo era gringo o chileno. Fue el ’73 el momento en que empecé a considerarme chileno. El Golpe tuvo mucho que ver ahí. La política de la época, también. Yo era simpatizante de la Unidad Popular, y la primera vez que voté en mi vida fue por los comunistas Gladys Marín y Volodia Teitelboim. En los últimos meses de la UP, mi impresión era que los comunistas eran los únicos que mantenían el bote a flote. El resto de la izquierda, para mí, estaba cometiendo harakiri.

-¿Qué era eso que tenían los comunistas que mantenían la integridad del proyecto de la Unidad Popular?
-Eran los únicos pragmáticos y constantes, aunque cueste reconocerlo. Algunos querían hacer la revolución primero y después ganar la guerra. No, pues. Los comunistas querían ganar la guerra [contra el fascismo] y luego, la revolución.

-Volvamos a la fotografía. ¿Algo que decir sobre la nueva forma de capturar imágenes? ¿A favor o en contra de la fotografía digital?
-Afortunadamente, esta técnica llegó en mi vida tardía. De otro modo, estaría debajo de un montón de fotos sin editar. Ese es su gran peligro: la cantidad. Yo también he hecho fotografía digital, durante el 2013 y 2014, y cuando vuelvo a ese registro me veo inundado de banalidades digitales. Paso más tiempo borrando fotos que eligiendo algunas que me gusten. La fotografía análoga tiene la ventaja de que impone cierto rigor. Cuando salía al centro con la cámara, salía con un rollo en ella y otro en el bolsillo. Sólo 72 oportunidades para disparar. Uno se cuida más con esa limitación. Con una tarjeta digital, donde te caben 500 fotos, es muy fácil perderse en ese maremágnum de imágenes. Además, su nitidez y contraste, las hace demasiado “bonitas”. Plásticas. No tiene la densidad de la imagen análoga.

-¿Qué significa para ti haber recibido el premio Antonio Quintana?
-Un gran honor. Tener mi nombre ligado al de Antonio, destacado fotógrafo y activo militante político, comunista, durante toda su vida, es muy preciado para mí. El gobierno se portó súper gentil conmigo. La presidenta, al dar su discurso, evidenciaba que conocía mis fotos. Soy la antítesis al “pago de Chile”

Santiago (Invierno/Verano)
Marcelo Montecino
Ocho Libros
214 páginas
Precio de referencia: $15.000