José Vergara y José Huenante son los detenidos desaparecidos chilenos cuyos nombres volvieron a sonar tras lo ocurrido con el joven trasandino. En 34 días, los argentinos han hecho mucho más por Santiago Maldonado, que los chilenos en doce años por José y José.

Huenante y Vergara

José Huenante vivía en la población Vicuña Mackenna de Puerto Montt y tenía 16 años el día en que Carabineros lo detuvo, el 3 de septiembre de 2005. El adolescente se encontraba en estado de ebriedad junto a un grupo de amigos cuando fue apresado. Al día siguiente su familia fue a la comisaría a la que se lo habían llevado y les dijeron que no, que José no estaba, que nunca lo habían visto, ni menos detenido. Ahí comenzó el calvario.

José Vergara vivía en la población La Tortuga de Alto Hospicio y tenía 22 años el día en que Carabineros lo detuvo, el 13 de septiembre de 2015. Las crisis que sufría producto de su esquizofrenia lo volvían violento y agresivo. No era la primera vez que su familia debía llamar a Carabineros para calmarlo, pero sí fue la última. Esa mañana no volvió. Y cuando acudieron a preguntar a la comisaría, el procedimiento fue similar al de Huenante: Vergara no estaba; es más, ni siquiera lo habían sacado de su casa, fue lo que el mayor Mauricio Cardenas le dijo a Alicia, hermana del joven.

Esquizofrénico y Mapuche

Los casos de desaparición de ambos José tienen muchas vetas en común: ambas familias están marcadas por la pobreza, ambos jóvenes también. José Huenante es de origen mapuche y José Vergara sufre una enfermedad psiquiátrica que siempre lo mantuvo al margen de la sociedad. Desde el primer día, Carabineros le negó el paradero de los jóvenes a sus respectivos familiares y las autoridades no atendieron sus reclamos; ambos casos fueron tomados en primera instancia por Fiscalía Militar, y sólo se abrió una investigación en la justicia ordinaria luego de la insistencia de familiares y organismos de derechos humanos; aún así la institución se blindó detrás de un pacto de silencio; en el caso de Huenante, los funcionarios responsables continúan trabajando para la institución; y los procesos judiciales de ambos José permanecen estancados sin presión del Estado. ¿Por qué? Para ambas familias hay sólo una explicación: discriminación.

“Es impresionante el contraste brutal entre cómo se investiga la desaparición de una persona con plata y de una persona pobre y marginada” dice Nicolás Binder, periodista y autor del libro “La vida breve de José Huenante”, en el que plasmó la investigación realizada en torno al adolescente puertomontino. “Recuerdo que cuando estaba recopilando información sobre el caso de este chico, apareció el caso de un joven llamado Carlos Millán que desapareció en Valdivia un mes después que José Huenante. Un chico universitario que tuvo el respaldo en su búsqueda de su familia, de su federación de estudiantes hasta del rector de su universidad. Como si fuera poco, diputados de la provincia se plegaron a la búsqueda también. A la tercera semana de desaparecido, la familia Millán se reunió con el Presidente de esa época, Ricardo Lagos. Mientras que en el caso de José Huenante no habían reuniones, ni prensa y tampoco diputados reclamando agilizar la investigación”, dijo el comunicador en una entrevista con el diario UChile.

Opinión que también comparte Matías Ramírez, uno de los abogados abogados de José Vergara, quien denunció a The Clinic que las primeras denuncias impuestas por la familia “fueron desestimadas diciendo que éste andaba o en la calle o que estaba en otra parte o inclusive se le ha tratado de vincular a un eventual consumo de drogas, idéntica situación que pasó con las niñas de Hospicio”. 

Enzo Morales, también querellante de la familia Vergara, aseguró en radio UChile que “algunas personas se referían a él (José Vergara) como un joven enfermo que no valía la pena buscarlo. Además, su papá es albañil, José tiene tres hermanas y 12 sobrinos. Todas personas comunes y corrientes y trabajadoras: en ese sentido, ellos son permanentemente discriminados por el gobierno regional y en particular por la Intendenta Claudia Rojas, que nunca los ha escuchado. Si fuera un hijo de una persona con influencia política o de buen status económico, estarían buscando con mayor esmero”.

Los casos de ambos se mantienen sólo gracias a la lucha emprendida por sus familias y por organizaciones que han apoyado las búsquedas; búsquedas ya no sólo de sus cuerpos y de los responsables de hacerlos desaparecer, sino también la búsqueda de la visibilización, de espacios mediáticos, una búsqueda contra el olvido.