En «Tótem y tabú», texto de 1913, Freud admite un interés de larga data por la antropología social. Transitando las amplias relaciones entre sofocación pulsional y cultura, donde plantea la vida de los primitivos como un estado anterior a nuestro propio devenir pulsional. Se toma como ejemplo a los pobladores primordiales de Australia, quienes se rigen por estirpes o clanes, notando el totemismo como estructura social y religiosa. Su carácter es fundamentalmente colectivo y simbólico, logrando desterrar a un plano secundario los vínculos sanguíneos entre individuos. Impera la exogamia como norma regulatoria en los lazos de filiación, la cual va anexada al tótem particular de la estirpe. En torno a su génesis, Freud intenta –a modo de conjetura o especulación– una elucidación histórica donde se habría producido un hecho fundamental gatillante. El acontecimiento bebe de la hipótesis darwiniana, según la cual los monos superiores vivieron en hordas al igual que los primeros hombres, donde existía un jefe primordial que acaparaba a todas las hembras y expulsaba celosamente a los machos jóvenes. Los hermanos desterrados se habrían unido para asesinar al padre, estableciendo la división del poder y una obligación exogámica en la horda. Los hombres o miembros del tótem –otrora padre tiránico y protector–, ven en éste a su antepasado original, nace la ambivalencia y la explicación psicoanalítica recaba en la universalidad de Edipo, quien viola las dos leyes principales del totemismo; el incesto y el parricidio. Estos deseos estarían presentes en todos nosotros, y al no ser adecuadamente reprimidos, invocarían una psiconeurosis. Se consolida el lazo social entre los hermanos mediante un banquete totémico, donde se come y llora al padre –sentimiento de culpa–, estructurando la sociedad e hipótesis originaria de las religiones.

En «El malestar en la cultura» (1930), Freud enuncia un punto clave, atribuyendo a ésta la culpa por el displacer colectivo, miseria o infelicidad. La vuelta hostil hacia la cultura, se remontaría de manera histórica al triunfo del cristianismo sobre las demás religiones paganas, donde se constata una devaluación por lo vivo y mundano. Según el autor, el individuo se vuelve neurótico al no poder aguantar la frustración que la cultura le impone en relación a sus ideales universales y reglados. Ante esto, la opción de bienestar queda rezagada en la renuncia a dichos ideales o en la aceptación morigerada de estos impositivos. Estatuyéndose una falta fundamental que articula al sujeto y en cuya profundidad existe una dinámica inconsciente y pulsional que lo caracterizan por un fuerte componente agresivo. En este punto destaca la pulsión de destrucción como agente narcisista y desexualizado. Asimismo, Freud realiza la analogía entre proceso cultural y desarrollo libidinal en el hombre, subrayando la renuncia pulsional o sublimación para la emergencia de la cultura. Se esgrime el sentimiento de culpa como el problema más significativo de la evolución cultural, ya que el progreso es pagado por el individuo así como por la merma en la alegría que produce.

En «Moisés y la religión monoteísta» (1939), el autor realiza un paralelismo entre la historia del pueblo judío y el desarrollo de la neurosis individual. Moisés, no siendo judío sino egipcio, transmite al pueblo el monoteísmo de Atón, no de Yahvé. Esta religión sería rechazada por el pueblo liberado y Moisés asesinado. Cuando, ulteriormente, este recuerdo reprimido sale a la superficie, se da origen al pueblo judío y a su religión. Se destaca el fenómeno histórico y religioso como analogía al proceso psíquico del retorno de lo reprimido, su recorrido encadenado desde el trauma precoz en las neurosis y la culpa.

El concepto de populismo ostenta una definición imprecisa, siendo particularmente ambivalente y multívoco. Según la edición del tricentenario de la RAE (2014), se define como una: «Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares» y Ernesto Laclau parece ceñirla aún más esgrimiendo: «una parcialidad que quiera funcionar como la totalidad de la comunidad» (2005, p. 108). De esta forma, el populismo no buscaría representar a la totalidad de los individuos, sino señalar una particular separación social a partir de la cual se dibujan dos frentes contrarios. Concebido entonces como déficit representacional (Frei & Rovira Kaltwasser, 2008, p. 119-120) o intento de articular demandas sociales para alterar cierto orden político, se buscará un decir particular del psicoanálisis que pueda articularse con dicho fenómeno desde su propio lugar epistemológico.

Es de conocimiento popular el furor causado por el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, en estados sudistas como Ohio, Wyoming, Virginia y Oklahoma. Esto debido principalmente a un discurso plagado de identificaciones paternas y narcisistas que evocan a una figura primordial, tiránica y temida pero al mismo tiempo portadora de un ideal de protección y orden mundial.

De esta manera, el populismo divisorio e inconciliable del candidato republicano, podría atestiguar cierta sublimación desde un retorno de lo reprimido fascista y destructivo, inherente al discurso norteamericano extremista, ese que en 1865 fundaba el Ku Klux Klan en Tennessee. Si bien Trump es peligroso como portador de un discurso, es también la insignificancia de una ortopedia, fatuidad creada por identificaciones con los otros, un yo que se anuda a la violencia de una pulsión destructiva que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ha desatado 248 conflictos armados en 153 zonas del planeta. Los cuerpos son hablados por discursos e identificaciones predominantes; desde el odio del secretario de Defensa durante la guerra de Vietnam, Robert McNamara, hasta los bastiones exterministas del patriarcado Bush, en Irak y Afganistán.

La emergencia del magnate Trump es un síntoma de políticas violentas realizadas de forma sistemática en nombre de la paz; paradoja que justifica la masacre e impide la consolidación del relativismo cultural. Ahí el populismo eufemisa como contraivestidura el discurso hiriente del Amo, generando una retórica tragable pero enfermiza, como la Coca-Cola o el self-made man. Estados Unidos ha visto hipertrofiada su libido narcisista durante los últimos años, extremando la severidad superyoica hasta un estatuto megalomaníaco. Mientras Fukuyama había problematizado el fin de la historia en 1992 desde un prisma hegeliano, con el epílogo de la guerra fría y el triunfo de la economía liberal, el retorno de lo reprimido ha proseguido con sus embates desde lo inconsciente, condensando y desplazando con motivo de hacerse oír. No cabe más que escuchar las hipótesis freudianas sobre el destino de la especie humana, donde se hace necesario que el desarrollo cultural se sobreponga a la perturbación de la convivencia, a la agresión y el aniquilamiento. De no ser así, y considerando su dominio sobre la naturaleza, el genocidio será inevitable.