¿Cómo fue que al principio del gobierno de Bachelet resultaba imaginable un “cambio constitucional” y hacia su final, se esté intentando imponer la noción de “crecimiento”? Ese ha sido el periplo durante estos cuatro años. Entre medio, “ley maldita” no explicitada, pero realizada que expulsó a las ideas más progresistas (cambio del sistema de salud y de educación sobre todo) de la toma de decisiones. Escena primaria: Jorge Awad –en ese entonces presidente de la Asociación de bancos– saliendo de una reunión con Bachelet para discutir sobre la “Reforma Tributaria” y diciendo que él era el “padre de la criatura”. Y nadie le llamó la atención, mientras Zaldívar hacía gala de ser un gran “cocinero”.

Como es costumbre en Chile, el empresariado hizo su propia reforma tributaria y la promesa que auguraba a un gobierno premunido de un ciclo de reformas comenzaba un agónico ocaso. Siendo el “padre de la criatura” no sólo trajo estabilidad a los mercados, sino que mantuvo el mentado FUT, pero bajo otros medios, privilegiando al empresariado pequeño-burgués aferrado a su idea “rentista, en el que los impuestos han de ser nada. Las fuerzas de izquierda recién incorporadas a la amplia coalición que ahora se denominaba Nueva Mayoría prometían vitalizar a una coalición cuyas izquierdas habían sido vaciadas por la hegemonía neoliberal, para terminar siendo ellas mismas vaciadas y arrasadas por la misma hegemonía que se había pretendido desplazar.

En eso consistió la nueva “ley maldita” de esta nueva versión del Frente Popular de los años 30 en versión farsa, lejos del desarrollismo promovido por dicha coalición. Sin prescripción de partidos políticos, ni campos de concentración en Pisagua, ni asesinatos ni exilios, la reedición de dicha “ley” se hizo de facto, sin la épica de esos años. No habrá poeta que acuse la traición de un “Gonzales Videla”, ni movimiento obrero que pudiera ser diezmado mas de lo que ya está gracias al actual soporte neoliberal. La “escena primaria” protagonizada por Jorge Awad es decidora en este sentido: se trata del modo en que funciona el poder en el escenario neoliberal que impone al banco por sobre el gobierno, el mercado por sobre el Estado.

Pero la posibilidad de una restitución de la fuerza de una “madre” fue, en ese instante, asesinada erigiendo en su defecto, a un “padre” que actuó de garante del “orden de las cosas”, aquello que los antiguos llamaban “cosmos”. Era el orden de las cosas el que debía ser resguardado. Y sus fuerzas se presentaron como “naturales” y, por tanto, como inmodificables. A su vez, las fuerzas progresistas fueron poco a poco expulsadas del poder acusadas de no saber gobernar como siempre alguien que se cree padre reprocha a su hijo. Y, entonces, la cuestión constitucional, un asunto que sigue vigente como problema, pero invisibilizado por las coyunturas se resolvió en un tenue mecanismo que, no obstante su alta participación, no adquirió ni un carácter vinculante.

El cambio a la Constitución politica sigue siendo la prioridad para cualquier política progresista. Y, sin embargo, hoy día, el bombardeo a La Moneda ejecutado alguna vez por los Hawker Hunter en medio del humo y del golpismo militar sobre el presidente Allende, se traduce en el incondicionado bombardeo mediático que nos tiene repitiendo el cliché impuesto por la derecha económica de que el gran problema de Chile es el “crecimiento”. Si los movimientos populares plantearon la radicalidad política de un cambio en la Constitución a través de una “asamblea constituyente”, ésta consigna fue tomada por el gobierno de Bachelet y transformada sólo en un “cambio de Constitución” al interior de un procedimiento que no sólo negó la celebración de una “asamblea constituyente” sino además neutralizó la fuerza de la potencia popular estableciendo un mecanismo de “atención al cliente” que, sin embargo, tuvo una participación mucho más allá de lo esperado. Tal mecanismo fue rebasado por la participación. La potencia popular canalizó su imaginación política en un mecanismo que quedará perdido en algún archivo de algún ministerio o empresa de consultoría, mientras el mecanismo institucional hará cada vez más engorroso la posibilidad de cambiar la constitución. Se trata de cambiar una firma, es decir, de desactivar su fuerza soberana, no de “consensuar” el mejor país para proponerlo en un participativismo optimista que alaba la participación al tiempo que neutraliza su fuerza.

La disolución del problema constitucional en un juego técnico-procedimental vació mucho más a los sectores más progresistas dentro de la Nueva Mayoría y terminó por neutralizarle al punto de encontrar hoy día, en el rechazo al proyecto de minera Dominga, su última expresión. “Crecimiento, crecimiento, crecimiento” es la consigna esclavizante de un proyecto que favorece el rumbo del capitalismo corporativo financiero y que aceita la llegada de quien coincide enteramente con esa imagen: Piñera.

De otro modo: si bien, el rechazo de Dominga constituye una buena señal, sin embargo, tuvo un alto precio a pagar: la llegada de Eyzaguirre y Rodriguez Grossi en el gabinete y el sepultamiento de la agenda “ecológica” por la tripleta del crecimiento. La “escena primaria” del gobierno con Jorge Awad reconociendo al “hijo” se repite. Mantiene el curso de las cosas. Y el cambio de gabinete tan sólo viene a confirmarlo. Awad terminó el paraíso de Bachelet como la imposición del problema del crecimiento terminó con el paraíso de un cambio constitucional al interior de la clase política. Los técnicos –que siempre creen que su fortaleza reside en su supuesta “neutralidad”– repetirán clichés como que se “puede caminar y mascar chicle”, mientras el sistema financiero chileno continuará y profundizará su delicado trabajo de rapiña, su guerra enteramente “silenciosa” para usar un término “lavinista” (recuérdese: La Revolución silenciosa).

Pero todo este proceso, sucedió también, porque el apoyo a la candidatura de Bachelet se hizo sin construcción de fuerza política, pensando que la integración del Partido Comunista bastaba para eso, y acentuando exclusivamente a la camarilla bacheletista que poco a poco adquirió independencia de la camarilla laguista que culmina hoy en la fractura de Hacienda a propósito de Dominga (pero que antes tuvo a su haber la renuncia de Jorge Burgos al ministerio del interior).

La cuestión políticamente relevante es la presencia de dos proyectos neoliberales al interior de la Nueva Mayoría: el primero, es uno que anhela a la transición política y a la figura de Lagos como expresión de una política cupular; el segundo, es el que recupera dicha transición, pero tiene conciencia de que la modalidad cupular debe dar paso a un diálogo con la “ciudadanía” (que asume la forma de un mecanismo técnico de “atención al cliente” como lo fue aquél que se privilegió en la cuestión constitucional). De hecho, en el programa Estado Nacional de TVN el ex -ministro de Bachelet, Francisco Vidal decía que frente a la consigna de Eyzaguirre sobre “crecimiento” había que oponerle un “con música-con música-con música”. En ello, no sólo se distancia de Lagos, sino que además, no ofrece más que lo de siempre: un neoliberalismo “ciudadano”, que lleve la música, la voz de la calle atomizada y circunscrita al SERNAC para su “reclamo”.

En el fondo, entre Lagos y Bachelet se juega una relación análoga a la que hay entre catolicismo y protestantismo. El carácter cupular laguista cree en sacerdotes (partiendo por el propio Lagos) e instituciones políticas fuertes (las “instituciones funcionan” fue la consigna), el carácter ciudadano bacheletista pone en segundo lugar a las instituciones políticas pues las des-sacraliza a favor de la ciudadanía (el “gobierno ciudadano” fue eso). Una Nueva Mayoría católica versus una protestante, una “neoliberal” y otra medianamente “ordoliberal” si se quiere. Pero la diferencia entre el catolicismo laguista versus el protestantismo bacheletista, no puede plantear alternativa alguna al sistema actualmente vigente, no puede responder a la demanda contra las AFPs, el sistema de salud y la privatización total de la educación en Chile. Basta mirar la nefasta ley de educación superior enviada al congreso nacional que despoja a las Universidades estatales de su autonomía, las conmina a mantener un aparato jerárquico de tipo tecnocrático que no privilegia la democracia interna y, peor aún, las obliga a implementar lógicas corporativo-financieras que juegan en orden a destruir no sólo a dichas universidades, sino al país completo, para darse cuenta que la “musica” que reina en el gobierno ciudadano es tan autoritaria como la anterior.

“Crecimiento” versus “música”, es la extraña división que prima entre las fuerzas católicas y las protestantes al interior de la propia Nueva Mayoría y que, sin embargo, tienen la tragedia de no poder dejar de convivir juntos para supuestamente contrarrestar “a la derecha” mientras le aceitan el camino al profundizar su sistema económico y su Constitución política (que ahora es también de la camarilla “laguista” pues goza de su firma). Y, seguramente, si el alza de la candidatura de Beatriz Sánchez no es una simple “inflación” simulada por la encuesta CEP para dividir a las fuerzas progresistas (tal como la derecha lo hizo con MEO hace años atrás), significa que parte del electorado “bacheletista” parece estar orientado a votar por Sánchez antes que por Guillier. En esa jugada, el Frente Amplio estará perdido si pretende constituir una nueva versión de la Nueva Mayoría.

Para cualquier proyecto anti-capitalista que comúnmente se llama de “izquierdas”, es septiembre el que llama a la puerta: el día 4 de 1970 Allende gana la presidencia de la República y el 11 de 1973 es derrocado por los militares para imponer la renovación del pacto oligárquico vigente hasta el día de hoy. Cualquier proyecto anti-capitalista que pretenda la impugnación del dicho pacto debe volver a la Unidad Popular no para repetirla como si fuera una receta pre-establecida, sino para imaginarla otra vez, bajo otras condiciones históricas y nuevas articulaciones políticas. Ni “renovar” a la izquierda contra el mito (adaptándola al neoliberalismo) ni su “adhesión” acrítica (trayendo una imagen ideal del pasado para “aplicarla” al presente), mas bien, una izquierda que desactive al mito y libere a su pasado en virtud de la historicidad del presente. Unidad Popular no es un pasado enterrado bajo una tumba, sino el de un pasado alojado en lo por venir.


Académico, Universidad de Chile