Los artistas de la Nueva Canción Chilena en 1970 recorrieron Chile marchando al son de “Venceremos”, el himno de la campaña de la Unidad Popular. Era tal su compromiso con el proyecto, que ya había al menos tres versiones de aquella composición de Sergio Ortega con letra de Claudio Iturra, interpretadas por Víctor Jara, Inti Illimani y Quilapayún.

Precisamente el grupo de los ponchos negros paseaba en campaña por el mercado de Antofagasta cuando escucharon una voz de locutor de plaza o de bingo llamarlos a través de un megáfono: “Aquí vemos acercarse a este lugar al famoso conjunto Quilapayún, que esta noche va a actuar para todos ustedes. Señoras y señores, vengan a ver a este famoso conjunto: Quilapayún”.

Los miembros del grupo, desconcertados, se dirigieron al lugar del que provenía el llamado. Eduardo Carrasco, director del grupo, aún recuerda perfectamente quién era el locutor: “Como estaba lleno de gente nos acercamos para ver quién era, y ¡resultó ser el propio Allende que nos estaba leseando!”.

El cariño de Carrasco por Allende es especial. No solo lo reconoce como “el personaje más consecuente y heroico de la política chilena”, sino también como quien, indirectamente, terminó salvándole la vida.

Salvador Allende y el Grupo Cuncumen, donde participarían artistas como Víctor Jara y Rolando Alarcón.

Cantarle el programa al pueblo

La participación de los grupos en la campaña de Allende fue a pulso, sin ningún Escudo y con equipos de sonido paupérrimos. “Participábamos de todas las actividades en que nos convocaban, no solo en las grandes manifestaciones en la Alameda, sino que en centros de obreros, minas de cobre, las minas de hierro del Tofo, los sindicatos. Se veía que el Chicho podía ganar, entonces todos nos volcamos a esa utopía”, cuenta Horacio Salinas, director del Inti Illimani y actualmente del Inti Illimani Histórico.

El Canto al Programa, compuesto por Sergio Ortega y Luis Advis, con texto de Julio Rojas y musicalizado por Inti Illimani, fue grabado por petición del Partido Comunista en solo una semana. Su interpretación más emocionante, según recuerda Salinas, fue para un 10 de agosto, día del minero, en la Playa Blanca entre Coronel y Lota.

“Muy lejos del glamour del teatro, cantábamos al aire libre ante un público fundamentalmente obrero. Imaginábamos que la canción podía cambiar algo, cantábamos textos medios pedagógicos, uno escucha las canciones ahora y es muy chistoso porque era una traducción en rima de cosas muy técnicas”, recuerda Salinas.

“No hay revolución sin canciones”, decía Allende, quien disfrutaba a concho del trabajo de los artistas. Un día, Quilapayún llevaba horas rellenando en un escenario mientras lo esperaban para que diera un discurso en una oficina salitrera. Ya había sido tanta la espera, que se habían quitado sus clásicos ponchos negros. Al llegar, Allende se mostró sorprendido al verlos sin su vestimenta clásica. “¡Pucha y yo que me quería tomar una foto con ustedes! ¿Pueden ponerse los ponchos de nuevo por favor?”, les dijo y le dieron en el gusto.

Otro artista que mostró su compromiso fue el cantautor y poeta Patricio Manns, que tocaba junto a la peña folclórica “Chile ríe y canta” en las tomas de terreno. Si bien aún recuerda con alegría ese tiempo de campaña, no olvida otros hechos dramáticos, como el asesinato del ingeniero de la Reforma Agraria, Hernán Mery, durante la expropiación del fundo La Piedad en Longaví. “Un campesino, ya adiestrado, mató a garrotazos a Hernán Mery en el momento en que cortaba la cinta protocolar. El asesino huyó de Argentina en presencia de 200 carabineros que contemplaron la escena sin intervenir”, recuerda Manns.

El cantautor asegura que esos tiempos fueron fundamentales para la historia de América Latina: “Fue un período señero que marcó profundamente a las juventudes de Nuestra América Bolivariana. El significante interno de esos acontecimientos hoy no ha cambiado. Los absorbe la historia, los eleva como llamas intocables en los cielos de América y allí podrán leer las futuras generaciones”.

Consultado respecto a si hoy ve factible ver ese nivel de compromiso en los artistas jóvenes, Manns señala: “Hay que considerar que el Golpe fue brutal, y rompió con muchos sueños y proyectos que comenzaban a desarrollarse en el país. Además, y por mucho tiempo, dejó a la sociedad civil transida de miedos, de temores. Esa es una de las razones que alejan a los jóvenes creadores de los compromisos a ultranza, de ‘tomar partido hasta mancharse’, al decir del poeta español Gabriel Celaya”.

La campaña gráfica: El niño del Venceremos

“Se me venía la cualidad de fotografiar niños, tengo el carácter de tomarles la foto justo en el momento en que me den una expresión”, cuenta Antonio Larrea, coautor junto a su hermano Vicente y Luis Albornoz de las emblemáticas carátulas de la Nueva Canción Chilena.

Sin tener ninguna clase de estudio, pero aplicando lo que aprendía de la escuela de arte de la Universidad de Chile, se apasionó por la fotografía. En las faldas de la cordillera, tomó algunas de las fotos más famosas de Víctor Jara. Aún conserva en su casa un cuadro de esa foto procesada a contratipo del artista fumando un cigarro con el ceño fruncido mientras en su dedo lleva un anillo hecho con restos de aluminio de un avión derribado en la guerra de Vietnam. “Víctor tenía un ego con su rostro, ya que tenía rasgos aymara. Además, como tenía el tema del teatro, hacía buenas poses”, dice Larrea.

Pero hubo muchas otras fotos, una particularmente famosa.

Foto cortesía de Antonio Larrea, de su libro “33 1/3 RPM”, 1997.

En esa época, muy lejana a la de hoy con celulares con cámara y donde la televisión era aún un lujo de pocos, Antonio iba a fotografiar niños con su máquina Hasselblad. Ellos se sorprendían de verse en la pantalla pequeña de la cámara. “¡Juanito está acá! ¡Pero si está allá!”, decían sorprendidos. “Se producía una magia, por eso daban expresiones tan bonitas”, cuenta Larrea.

Un día fue con amigos a Pomaire con la Hasselblad, casi la única cámara antigua que conserva hasta el día de hoy. Estaban comiendo en un restorán cuando decidió salir y se le acercó un niño de ojos claros. “¿Te tomo una foto?”, le dijo Antonio.

El niño apoyó los brazos en una roca y la fotografía captó el momento de una sonrisa. “Yo la saqué como un retrato. No andaba buscando un niño para el afiche, pero como tenía el estudio gráfico en la cabeza, cuando componía una foto dejaba los espacios para el texto, acá estaba lista debajo de la roca”, dice Larrea.

Un tiempo después la foto estaría en formato afiche no solo en Pomaire, sino que en todo Chile con el mensaje “Por ti venceremos!! con Allende”, convirtiéndose en una de las imágenes más emblemáticas de la Unidad Popular.

Décadas más tarde y a propósito de la edición del libro “33 1/3 RPM”, que reedita y rescata la historia de 99 carátulas emblemáticas de su taller, el fotógrafo partió a Pomaire a buscar al protagonista de su foto. Ahí estaba en la misma esquina, ahí conservaban la misma roca.

Le llevó un cuadro con la foto de regalo, y se entrevistó tres veces con el personaje que ahora tenía un nombre: Luis González Quiroga. “Para mí fue sumamente emotivo encontrarlo de nuevo y que dejara de ser el ‘Venceremos’, como le decíamos. Me encontré con una persona neutra, artesano de la greda. Le hice unas fotos trabajando y una junto al cuadro. Luego le expliqué que esa foto para mí ya trascendió, que ya ni siquiera es mía. Sé que la saqué yo y tengo el negativo, pero ya no la puedo dominar. Se me escapó de las manos”.

Foto cortesía de Antonio Larrea, de su libro “33 1/3 RPM”, 1997.

La alegría más tensa

El día del triunfo de la UP, al enterarse de los resultados, Carrasco estuvo detrás de Salvador Allende durante su discurso en la Fech. Iba a cantar con Quilapayún, pero finalmente desistieron porque había solo un micrófono. Manns celebró como todos en ese lugar, y luego fue “a tomar un trago donde mejor pudiera”.

Horacio Salinas salió a celebrar con sus hermanos a la calle, rebosante de emoción. “¡Imagínate! Era la primera vez que veíamos coronar un esfuerzo tremendamente desprendido. Veía a los trabajadores que llegaban con sus cascos, a los obreros de la construcción, que lloraban de felicidad”, dice.

Unas horas después, llegó el rumor de que un grupo demócratacristiano estaba contramanifestándose en la sede del partido.  Se armó un piquete para combatir a los DC. “Íbamos decididos a terminar a puñetazos y agarrarnos a palos”, recuerda Carrasco.

Cuando llegaron, se quedaron un rato viendo al grupo. Después de unos minutos entendieron que estaban celebrando, tanto como ellos, el triunfo de Allende y la derrota de la derecha. “Ese era el clima, mucho malentendido, sectarismo exagerado. Por ejemplo, cuando cantábamos ‘El Pueblo Unido Jamás Será Vencido’, el pueblo no eran los demócratacristianos. De la DC hacia la derecha estaban todos excluidos. Era absurdo. Eso es lo que generó después el desastre, por eso se acabó el asunto”, dice el fundador de Quilapayún.

Desde el día del triunfo, había un clima de tensión. “Ya se había olfateado el carácter sedicioso de la derecha, sobre todo después de lo de Schneider” dice Horacio Salinas.

Los artistas ya intuitivamente predecían en sus canciones lo que ocurriría. “Hay varias canciones que relatan el sentir de la época —dice Patricio Manns— pero me inclino por el tema ‘No cierres los ojos’, grabado con Inti-IIlimani y la Orquesta Sinfónica de Chile, dirigida por Luis Advis en 1971 que dice: Cuida tu poder/No te dejes vigilar/No cierres los ojos, no vayas a despertar/Como ayer”.

El reencuentro que nunca se produjo

El 11 de septiembre Antonio Larrea iba pasando por la calle Alonso de Ovalle cuando fue el Golpe. Sin cámara en mano, se le quedó grabada en el álbum imaginario de las fotos que nunca pudo tomar la imagen de un Hawker Hunter pasando al frente suyo con La Moneda de fondo. “Fue shockeante, la verdad es que la reflexión viene después. En ese momento corrí a la casa, subí a la terraza y alcancé a tomar la última pasada de los aviones con un lente chico desde lejos y con un humo negro de fondo”, cuenta Larrea.

Antes del exilio, Ángel Parra pasó por el estudio de él y su hermano a despedirse con un abrazo. El fotógrafo rompió sus hojas de contacto y repartió negativos entre familiares que se atrevieron a guardarlos. Afortunadamente el estudio nunca fue allanado.

Horacio Salinas estaba visitando El Vaticano en Roma el día del Golpe. Había abandonado el país un tiempo antes. “Recuerdo haber conversado con mi madre y haberle dicho que me iba con una sensación de que no iba a poder volver, pues se respiraba una sedición increíble”, asegura Salinas, y luego agrega: “Lo que hicimos, lo hicimos y a veces nos equivocamos, pero la epopeya fue maravillosa y eso va a quedar por mucho tiempo más como una grandeza del pueblo de Chile, de la política chilena, de Salvador Allende, que nunca lo han podido bajar del pedestal en que quedó”.

Patricio Manns lo viviría en Chile para luego irse a Cuba. “Yo crecí como hombre y, sobre todo, como hombre cultural. El triunfo y la caída de Allende son dos fechas estelares de la humanidad, que hicieron tambalear al universo”, asegura.

Dos semanas antes del Golpe, Allende invitó a Quilapayún a una cita que nunca se concretó. “Quiero que me acompañen como parte de la delegación cultural para una conferencia de Países No Alineados en Argelia”, le había dicho a Eduardo Carrasco.

El grupo partió sin dudarlo, pero el Presidente nunca abandonó el convulsionado país que dirigía. Si bien era un viaje programado hasta el 21 de septiembre, Quilapayún terminó prolongándolo 15 años antes de volver a Chile.

Carrasco lo define así: “Allende, no conscientemente pero de hecho, fue nuestro Salvador”.

*Texto originalmente escrito para los 45 años de la Unidad Popular, en este especial de El Desconcierto.