Cuando se acerca septiembre y se reavivan las memorias del Golpe y la dictadura, se ha estrenado en Chile el documental “El color del camaleón” de Andrés Lübbert.

A través de la historia de los años postgolpe que vivió su padre en Chile, Lübbert nos lleva por caminos difíciles, tanto por lo ocurrido en esa época, como por la forma en que casi desesperadamente intenta adentrarse en la memoria del padre.

El documental revela una historia escasamente conocida, pero de la cual muchas personas tuvieron indicios durante la vida cotidiana en dictadura: los civiles que participaron de las acciones represivas, ya sea por voluntad propia o porque fueron forzados a ello a través de amedrentamientos, torturas y amenazas. Este último es el caso de Jorge Lübbert, padre de Andrés, cooptado cuando apenas tenía 21 años mientras trabajaba en la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC).

Digo que hubo indicios porque en la memoria de personas comunes y corrientes está la imagen del “sapo”, aquel que vigilaba a sus vecinos, compañeros de trabajo y del liceo, miembros de organizaciones comunitarias, comunidades cristianas, entre otras, y que por lo que narra el padre de Andrés, habrían tenido la oportunidad de escalar a más, incorporándose a los espacios de instrucción hacia los cuales los organismos represivos los comenzaban a empujar para iniciar una carrera en los crímenes de sangre. Su padre no pudo dar ese salto, y huyó a Alemania.

De primera mano se nos narran las estrategias de deshumanización que el Ejército puso -¿o aún pone?- en práctica para adoctrinar e instruir a sus miembros en la comisión de aberraciones. La destrucción del sujeto moral, para transformarlo en un individuo leal a una escala invertida de valores.

Lo que narra le película son pasajes difíciles de escuchar, porque no se hace como víctima de violaciones a los derechos humanos, sino desde un lugar difuso, que no dispone de un habla reconocida oficial o públicamente. Hay vergüenza, dolor y daño. Es una zona gris de la que poco sabemos, pero a la cual, de una manera más banal, la dictadura empujó incluso a personas que no se vieron involucradas al nivel que describe la película, que fueron adiestradas en la indolencia cotidiana hacia el drama ajeno. Prefirieron la indiferencia y la ignorancia activa, así como la irreflexividad hacia la anormalidad de la vida diaria.

El trayecto hacia la memoria que busca Andrés Lübbert es también complejo por la forma en cómo éste se despliega en la relación con su padre. Evasivas, monosílabos, lagunas y un silencio autoimpuesto, resultan angustiantes ante la constante demanda de recuerdo, que no es tanto una demanda por saber qué hizo el padre durante la dictadura, sino por deconstruir una especie de vacío que impide la cercanía y la intimidad. Sin quererlo, ese vacío se ha transformado en un peso, con el cual el hijo debe cargar y que ha decidido afrontar.

“El color del camaleón” llega en un momento en el cual cierta generación de hijas/os ha comenzado a tomar la palabra, me refiero a aquellas que además de H.I.J.O.S (Hijos por la identidad y la justicia contra el olvido y el silencio), se han alzado como voces “desobedientes” que nos llegan desde el otro lado de la cordillera y que se aproximan críticamente a la memoria de sus padres victimarios, pero también las de hijas/os y nietas/os de perpetradores que en Chile, muy por el contrario, conciben la justicia como venganza y a sus padres y abuelos como víctimas del Estado de derecho.

En este escenario, la obra de Andrés Lübbert es valiente, pues abre una puerta hacia lo desconocido y lo extremo, que él prefirió mostrar en vez de ocultar o negar. Tal vez esta película sirva para que otros como él volvamos al pasado en un gesto interrogativo hacia las memorias de nuestros padres, que es también nuestra memoria.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.