“Tía, ¿quiere ser mi mamá?”.

Es una de las frases recurrentes que a Marcela Concha le toca escuchar tanto en la aldea residencial de menores que apadrinó, llamada “Mis Amigos”, como en otras que ha visitado. En ese mundo, ya son varios los jóvenes que le llaman la “abogada de los niños”, un título que los medios adoptaron con aún más facilidad y que habla de la labor de una abogada que dejó una carrera estable y ascendente en la Corte Suprema para dedicarse a los temas de infancia.

Por estos días ha estado ocupada tanto en labores que le son propias, como la causa de Andrea M., niña de 15 años que fue violada y murió drogada por su agresor en Quinta Normal, así como en rubros que le son ajenos: una candidatura a diputada por el distrito 8, como independiente con apoyo del Partido Radical.

“En cierto momento empecé a darme cuenta de que nuestras autoridades no están entendiendo la problemática infantil. Una tardaría una vida entera en salvar niños uno por uno. Entonces creí que llegar al parlamento hoy, si bien era algo incómodo por el desprestigio actual de la política, era la forma de tener una solución más generalizada”, dice Marcela Concha en conversación con El Desconcierto.

El tema del Sename, donde recalca hasta el cansancio la importancia de las familias, la ha afectado de distintas maneras. Una de ellas queda en evidencia cuando, a pedido nuestro, empieza a revisar en su celular fotos que puedan aportar al reportaje. En medio de la búsqueda, aparece la imagen de un hermoso cuarto amueblado como para una niña.

La imagen responde a todos los preparativos que había hecho junto a su marido para adoptar a una niña de Sename de 5 años. Algo que no se produjo.

“Se nos dijo que no habían niñas para adoptar, y por burocracia y negligencia del Sename falló el proceso. Sentí que se me murió una hija sin conocerla. Hay una hija nuestra en el Sename a la que se le negó la opción de una familia”, asegura.

La cometita de los cucharones

“Cuando los niños cuentan sus cosas, los grupos poderosos de la política de este país se tratan de imaginar aunque sea para la campaña estas situaciones. Cuando a mí me cuentan, me toca recordar lo que se siente. Esa es mi gran diferencia”, dice Marcela Concha.

Nacida en el campamento Emergencia de Hualpencillo, octava región, y luego radicada en campamentos de Renca en Santiago, le tocó vivir una infancia al alero de la violencia intrafamiliar y el trabajo infantil.

Desde que tiene memoria, Concha salía a la calle a vender toda clase de cosas: peinetas, elásticos. ropa interior, lápices, joyas, perfumes, cosmética, libros. El único producto en el que tenía exclusividad eran los cucharones, ya que los fabricaba su tío.

El corazón le palpitaba cada vez que veía a Carabineros aproximarse. “Una vez me acuerdo que los dieron vuelta a una niña amiga mía que vendía en silla de ruedas. Nunca me imaginé que le harían eso. Ahí tú ves que la no consideración con los niños es un tema cultural”, recuerda Concha. Como a los niños que vendían en la calle les llamaban “cometitas” por cómo arrancaban de la policía, a ella le llamaron “la cometita de los cucharones”.

De vuelta a su casa, venía la pesadilla: “Con mi hermano rezábamos para que Dios nos llevara. Había mucha violencia en mi hogar. De aquí para allá. Muchos golpes. A mí me pegaban patadas, combos”.

Todo empeoró cuando en 1989, mientras Concha cursaba cuarto medio, unos asalatantes asesinaron a su hermano. “Él tenía 16 años. Tras esto, mi mamá se enfermó, se transtornó. Más de alguna vez nos trató de matar con pastillas… Yo aprendí a dormir muy poco, porque siempre vigilaba que no le fuera a pasar nada a mis hermanos”.

Tratando de escapar de ese ambiente, Concha iba a estudiar donde amigas e incluso dormía en la misma universidad antes de los exámenes. Se tituló de abogada con máxima distinción y llegó a trabajar durante años en la Corte Suprema. “Contar mi historia es como contar la de otra persona. No había forma de que yo fuera quien soy ahora”, dice.

-¿Imaginaste que alguna vez podrías haber llegado a los centros del Sename?
-A decir verdad, yo no sé si hubiese sufrido más en el Sename de lo que sufrí en mi casa. Después de una infancia así lo único que quieres es desquitarte. Si me preguntas, yo debería estar diciendo: “¿Sabes qué? Me olvido de eso, me voy a vivir a La Dehesa, que nadie sepa y vivo mi vida feliz. Para eso estudié, soy juez árbitro y llegué a estar durante años en la Corte Suprema”. Yo opté por darle a esto un propósito, pero la gente se suele a ir a las pailas. Mi paga es hacer mi entorno un poquito mejor.

-¿Qué casos de vulneración de infancia son los que más te han llegado?
-El caso de la niña Lissette Villa me dejó llorando como dos días. Morir en esas condiciones… ella empezó su vida muy mal y no hubo nadie que la rescatara. Vino a esta vida solo a sufrir. Hace poco también fuimos a inaugurar una plaza en San Bernardo del sobrino del Cisarro, Ismael López. A ese niño el padrastro lo violó y le sacó hasta los dientes, con cuatro años. Saber que naciste, viviste y moriste sufriendo es algo muy fuerte, que no puede volver a pasar.

-El año pasado te tocó ir a exponer a la Comisión Investigadora Sename II. Una de las críticas fue que la discusión terminó girando en torno a un párrafo referente a la ex ministra Javiera Blanco. ¿Crees que hay una cierta disociación de la política con este tema?
-Precisamente esa es la palabra, una disociación absoluta. Incluso en algún minuto yo casi desisto de esta lucha luego de aquella comisión donde expuso el ministro de Justicia (Jaime Campos) con la directora del Sename (Solange Huerta). De una indolencia… Si no entienden las autoridades que están a cargo del tema, ni los parlamentarios ni nadie, entonces ¿qué hago yo acá? Una raya en el agua. Incluso debo decir que esa intervención de ellos estuvo a minutos de que yo me rindiera. Cuando salió ese informe se me hizo una entrevista y me dolía el estómago, estaba muy avergonzada. Estamos hablando de más de 1300 niños. Salió el informe y después vuelve a morir otro niño en Temuco. Niños muertos y no estamos en guerra.

-El ministro Jaime Campos habló de las condiciones del CREAD Galvarino.
-Dijo que eran estupendas, mejores de las que él vivió. Obviamente había visto esto cuando no fue de noche, no vio el hacinamiento, no se sentó horas. Él ahora empezó a decir, pobre caballero siempre la embarra, que es culpa de la sociedad, y que los civiles no se involucran. Pero la responsabilidad nunca la tiene el Estado. Pero dentro de todo yo creo que mi trabajo ha valido un poco la pena porque ya entienden que la solución es con los niños fuera, devolviéndole el derecho a los niños que no tienen familia.

-¿Cómo ves el tema de los recursos? Por ejemplo en el caso de las OCAs, donde hay recursos millonarios bajo el incentivo de la subvención por niño.
-Lo que pasa es que yo creo que si nosotros estamos siempre planteándonos el darle más recursos al Sename, seguimos con la postura de “niño adentro”. Los niños se merecen, como cualquier país, estar en familia. Los recursos no debieran gastarse, sino invertirse, en habilitar a familias que quizás no tienen los recursos. A esas mamás que vienen de allegadas y las maltrata el marido, les pagaría un arriendo. Te aseguro que se ahorra plata, claro que las OCAS salen perdiendo con este negocio. Pero bueno, reinvéntense. El sufrimiento de miles es el emprendimiento de otros.

La abogada, viendo nuevamente las fotos que puedan servir para este tema, ve una imagen que le refuerza su tesis de la importancia de la vida en familia. Se trata de una imagen de su hijo junto al primer niño que apadrinó de la aldea, Nicolás. “Cuando me hicieron madrina de él, me entregaron un niño que era un mueble. No sentía nada por nadie, no se conectaba. Parecía estar vacío. Después de unos meses cambió completamente. Empezó a decirme ‘mami ¿vamos a la casa?’, a tener sentido de pertenencia, a sentir que era importante”, dice.

Luego agrega: “Cuando se fue con otra familia, entregamos un niño feliz. Mi hijo se lo lloró todo, pero lo reconfortaba saber que él no iría nuevamente a un hogar de menores. A corta edad entendía ciertas carencias de los niños. Esta imagen es súper simbólica, porque los muestra vestidos iguales y, como a Nicolás le daba miedo ese puente, lo cruzaron juntos tomados de la mano”