No es casualidad que, de la mano de un neoliberalismo radical, seamos el país más desigual de la OCDE y que además tengamos una de las tasas de suicidios adolescentes más altas, con niveles de depresión y adicción casi insuperables, además de una tasa de consumo de medicamentos única en el mundo, incluso en nuestros niños/as. Hay puentes que trazar. Hay eslabones que investigar y visibilizar a la comunidad.

Hace poco se organizó un conversatorio sobre salud mental promovido por el Frente de Salud (FreSa) del Movimiento Autonomista. En dicho encuentro, el destacado profesor Carlos Pérez manifestaba, según le entendí, dos estrategias: abrazar la visión comunitaria de la salud mental, pero antes de eso cuestionar el discurso imperante en Chile de la medicina estadística, clasificatoria y farmacológica institucionalizada que intenta dominar a cualquier inquieto que se salga de lo “normal” (lo que termina, por lo demás, provocando un tremendo malestar a muchos de los profesionales de la salud mental). Esto no desde un discurso alternativo y antagonista, sino que había que darse el trabajo de meterse en sus mismas bases y supuestos empíricos para agujerearlo (por ejemplo, ya el DSM IV que se utiliza para diagnósticos de patologías del AUGE está altamente criticado). Esto debido a que, a pesar de los avances legales orientados por la visión comunitaria, no logramos aplicar un enfoque sobre los derechos humanos en salud mental por la imposición del poder tecno-cientificista médico.

Me pareció muy interesante considerando el testimonio de una usuaria prácticamente torturada durante años por la violencia de este tipo de enfoque para tratar sus “crisis de pánico”. Dicha violencia la solemos escuchar cotidianamente en nuestra práctica clínica, por lo tanto, adhiero a esta estrategia, sin embargo, pretendo hacer algunas puntualizaciones.

La visión bio-médica, cuando se inmiscuye en temas de salud mental, termina reduciendo el sufrimiento de un sujeto a un diagnóstico de “enfermedad mental”  homogeneizado, inventado por la misma distorsión de un sistema que no quiere que el sujeto piense, frene, se tome un tiempo, reflexione, se permita tropezar o simplemente sufrir frente a una contingencia penosa de la vida, más bien lo quiere útil, sumiso y servible para vorágine del dominio hegemónico del rendimiento. Bueno, y también como es sabido, frente a la acumulación de capital de las industrias farmacéuticas.

Esta demanda del “otro” social, va de la mano con cierta racionalidad transmitida (por ejemplo, por Macri, Piñera, la publicidad, etc) por frases de libros de autoayuda que apuntan a la hiper-responsabilidad del individuo: “siempre se puede más”, “nada es imposible”, “vamos tú solo”, “tú puedes”. Es decir, un empuje narcisista a cumplir con el goce sin límites del placer individual: más dinero, más belleza, más orgasmos, más comida, más dietas, más autos, más drogas, más éxito, más seguridad, más felicidad, más gimnasio, más trabajo. Por supuesto un “más” que segrega algo que retorna con “no dar el ancho” a dicha exigencia exitosa, empoderada y proactiva, que nos lleva a lucir vergonzosamente aquellos índices señalados en el comienzo.

Esta noción del ser humano, se encarna en instituciones que intentan adelantarse a cualquier falla del sujeto y al resto los excluye. Pero no sólo ocurre en el campo de las instituciones de la salud mental; nos dijeron que los técnicos tenían que estar en la política haciendo los cálculos por el bien de nuestras vidas, que los economistas, doctorados, magísteres tenían que tomar las decisiones por nosotros, despolitizando terriblemente las clases sociales populares. Nos han dicho que nuestras vidas deben ser auto-reguladas, que todo depende de nosotros mismos, de nuestra capacidad de racionalizar autogestionadamente nuestro cuerpo, como empresa, sin el otro, fracturando el lazo social vecinal. Nos han dicho que en el fútbol se debe regular el error controlando ilusoriamente la injusticia, incluso la expresión máxima de éste deporte pasa a hacer un “coito interruptus” antes que la tecno-ciencia lo decida en una cabina de control (¡lo están matando!). Nos han dicho que la violencia se evita con el fortalecimiento de los alambres de púas que protegen a la familia, con cámaras y que la seguridad se promueve con drones en las plazas, un telón de fondo de un sistema mercantilizado salvajemente abusivo y obsceno. Nos han dicho que van a encontrar el gen del divorcio, del control de las emociones o de las orientaciones sexuales, o de las psicopatologías, como si los equívocos de nuestras historias, vidas y cotidianeidades fueran suprimibles y controlables.

La destitución de la subjetividad por lo programable y calculable, de lo distinto como algo a eliminar, normar o universalizar, como dice el psicoanalista argentino Guillermo Belaga, hace que el hombre se reduzca “a un organismo vivo, despojado de su relación con la palabra, con la letra, con la memoria, con la historia, con el enigma”. La lógica de la tecno-ciencia retorna con un discurso de promesa sobre el control de nuestros cuerpos y un equilibrio perfecto sobre la salud mental. Proponen una intervención sobre el tejido o la molécula cerebral, a través de un fármaco universal para cancelar conflictos únicos, históricos y singulares.

Queda obstruida entonces la vía más básica y potente frente a la cual se puede reducir lo destructivo de cada uno, la pulsión de muerte freudiana, la recomposición de la colectividad, del lazo social integrativo, la organización política participativa que canaliza el malestar pero no intenta anularlo. Es esta línea preventiva del enfoque comunitario donde creo que debiesen apuntar las políticas públicas de salud mental, dándole una perspectiva histórica, simbólica, con otro, que involucre un malestar menos sufrido que el actual.

Ahora bien, gracias al descubrimiento freudiano, sabemos que independiente de que esté presente o no la colectividad -claro que no es lo mismo-, se va a rebelar en el sujeto algo que falla, angustia, un deseo insatisfecho, un recuerdo inexacto, una incertidumbre, una preocupación, un dolor en el cuerpo, o un júbilo a partir del cual el sujeto construye su vida, sus amores, sus relaciones importantes, sus proyecciones. Pensar en salud mental, es dar espacio a eso también y la manera radical que tiene el sujeto de vérselas con aquello.

Claro que es importante la identificación colectiva -y acá me separo con otros psicoanalistas “puritanos”- o el “saber hacer” con cada uno de nuestros síntomas en algo común. Sin embargo, si bien las características comunes determinarán los síntomas de una época, éstas se construyen de manera única y singular en los cuerpos de los sujetos.

Esta última perspectiva suele estar ausente de la discusión (incluso en este conversatorio). Y cuando surge, aparece desde el lugar del discurso del amo, es decir, desde el “yo sé lo que te pasa”, como si desde una moral superior pudiésemos dirigir la vida de otro. O aparece desde prácticas post-modernas que no dejan de repetirle al sujeto “tú eres único y debes aceptarte” pero que no escuchan ni un carajo. Como si el síntoma de ese sujeto que no cesa de repetirse, insistiera solamente por los caprichos de la razón.

Esta repetición mortificante debiese ser alojada por el aparato de salud mental pública para ayudar al sujeto hacerse cargo de su historia. Es distinto hacerlo desde lo racional y desde una posición de poder clasificatorio que aplasta la singularidad. Y es distinto a que el Estado y sus políticas públicas considere que la salud es el resultado de esa hiper-responsabilidad individual de cada cual. Esto es distinto a que se familiarice la dirección de cada una de las curas de los sujetos, independiente de la historia clínica de cada uno.

En resumen, no solamente se trata de ir a agujerear el discurso médico desde el mismo discurso, sino también alojar al sujeto desde esta doble vertiente que no es una sin la otra. Lo comunitario y el restablecimiento del lazo social para apalear la angustia sobre las violencias, la mercantilización, la inmediatez, la superficialidad, el agobio, la paranoia, el utilitarismo y la desvitalización de la vida colectiva cotidiana chilena. Y la otra cara, la que viene de lo que uno ha logrado -o no- hacer con aquella pulsión destructiva que todos tenemos, no sin el Otro (que puede ser encarnado concretamente por la institución o por el profesional de la salud mental), pero que siempre tiene que ver con esa soledad humana, esa radical diferencia absoluta con cualquier otro, que todos conocemos y que nos obligar a ser responsables desde lo que actuamos hasta de lo que soñamos.

Esta apuesta no es sólo distinta, sino el polo opuesto al idealismo del individualismo neoliberal segregatorio de la visión bio-médica que comanda nuestra salud mental en la mayoría de las instituciones públicas y privadas.

Espero que en estas elecciones conozcamos (alguna vez) las posiciones de nuestros candidatos respecto a este tema que pareciera que sobra.


Psicólogo Universidad Católica de Chile. Psicoanalista.